El Juicio de William Calley y la Masacre de My Lai

Un día cualquiera en la aldea
Hay mañanas que parecen destinadas a la rutina. La del 16 de marzo de 1968, para la Compañía Charlie del 1er Batallón, 20º Regimiento de Infantería del ejército estadounidense, no era la excepción. El plan del día era una operación de ‘búsqueda y destrucción’ en un conjunto de aldeas conocidas como Son My. La inteligencia militar, siempre precisa y fiable, sugería que allí se escondía un batallón del Viet Cong. Se esperaba una fuerte resistencia. Los soldados, bajo el mando del capitán Ernest Medina y con el teniente William Calley al frente de uno de los pelotones, llegaron esperando una batalla.
Lo que encontraron fue algo muy distinto. No había combatientes enemigos, ni armas, ni resistencia. Solo había civiles: campesinos, mujeres, niños y ancianos ocupados en las tareas mundanas de empezar el día. Ante esta desconcertante ausencia del enemigo prometido, los soldados de la Compañía Charlie tomaron una decisión práctica: si no hay enemigos, hay que crearlos. Durante las siguientes horas, procedieron a ejecutar metódicamente a casi todos los seres vivos de la aldea de My Lai 4. Las cifras oficiales varían, pero se estima que entre 347 y 504 personas desarmadas fueron asesinadas. Las agruparon en zanjas y les dispararon. Las mataron en sus propias casas. El teniente Calley participó activamente, según testimonios, no solo dando órdenes sino también disparando él mismo. Una jornada de trabajo muy productiva.
El arte de barrer bajo la alfombra
Una operación tan exitosa merecía, por supuesto, un informe acorde. El reporte oficial habló de 128 enemigos muertos en combate y un puñado de bajas civiles, convenientemente catalogadas como ‘daños colaterales’. La cadena de mando celebró la victoria y la maquinaria de relaciones públicas del ejército siguió girando sin contratiempos. El asunto parecía destinado a convertirse en una simple nota a pie de página en los anales de una guerra ya de por sí confusa. Pero siempre hay alguien que no entiende cómo funcionan las cosas.
En este caso, fue un soldado llamado Ron Ridenhour. Él no estuvo en My Lai, pero escuchó relatos de primera mano de sus compañeros. Perturbado, y tras dejar el ejército, Ridenhour emprendió una cruzada personal y envió cartas a una treintena de funcionarios, incluyendo al presidente Nixon y a varios congresistas. Al principio, sus cartas fueron ignoradas, como debe ser. Sin embargo, la insistencia, combinada con el trabajo del periodista Seymour Hersh, finalmente logró que la historia explotara en la cara del público a finales de 1969. El Pentágono, forzado a actuar, inició una investigación formal, la Comisión Peers, que no solo confirmó la masacre sino que también desveló el esfuerzo sistemático por encubrirla, implicando a una pila de oficiales de alto rango.
El hombre del momento: William Calley
Con la verdad sobre la mesa, se necesitaba un responsable. El sistema judicial militar, en un despliegue de sabiduría, decidió que la culpa de una masacre y su posterior encubrimiento recaía, casi en su totalidad, sobre los hombros de un solo hombre: el teniente William L. Calley Jr. De los 26 hombres inicialmente acusados, solo él sería condenado. Parecía la elección perfecta. Calley no era un estratega brillante ni un oficial de carrera condecorado; era un joven mediocre que había abandonado la universidad, un engranaje pequeño y fácilmente reemplazable en la gran maquinaria bélica. Su perfil lo convertía en el chivo expiatorio ideal, alguien en quien se podía personificar el mal sin salpicar a las altas esferas.
‘Yo solo cumplía órdenes’ y otras excusas de manual
El juicio de Calley, que comenzó en noviembre de 1970, se convirtió en un espectáculo nacional. La fiscalía lo presentó como un asesino a sangre fría que había masacrado a civiles indefensos. Su defensa, por otro lado, recurrió a un argumento con una larga y distinguida trayectoria, popularizado en los juicios de Núremberg: la obediencia debida. Calley testificó que actuó bajo las órdenes directas de su superior, el capitán Medina. ‘Mi trabajo era obedecer’, afirmó. Una lógica impecable que plantea una pregunta terriblemente incómoda: si un soldado no es responsable por seguir una orden ilegal, ¿quién lo es? ¿Su superior? ¿Y el superior de su superior? La cadena de responsabilidad amenaza con extenderse hacia arriba hasta volverse etérea, disolviéndose en la burocracia del alto mando.
El jurado militar, compuesto por oficiales veteranos, no compró del todo la excusa. En marzo de 1971, encontraron a Calley culpable del asesinato premeditado de al menos 22 civiles y lo sentenciaron a cadena perpetua. La sociedad estadounidense reaccionó de forma curiosa. Lejos de un repudio unánime, Calley se convirtió en una especie de héroe popular para un sector que lo veía como un patriota sacrificado en el altar de la corrección política. La Casa Blanca recibió una avalancha de cartas pidiendo su liberación. El presidente Nixon, siempre atento al pulso de la opinión pública, intervino rápidamente. La sentencia de Calley fue reducida drásticamente. Al final, de la cadena perpetua solo cumplió tres años y medio, y ni siquiera en una celda, sino bajo arresto domiciliario en su departamento. Una vez libre, se dedicó a la joyería de su suegro. El auto de la historia siguió su marcha, dejando atrás una aldea borrada del mapa y la reconfortante certeza de que, cuando las cosas se ponen feas, siempre se puede encontrar a un teniente a quien culpar.












