Teresa Margolles: El arte que incomoda con sonidos de la muerte

Cuando el arte deja de ser decorativo
Hay una verdad bastante simple en el mundo del arte: se espera que sea, en mayor o menor medida, un objeto de contemplación. Algo que se cuelga, se admira, se discute con una copa de vino en la mano. Y luego está Teresa Margolles. Su trabajo es la antítesis de esa comodidad. No está hecho para combinar con el sillón. Formada en ciencias forenses y habiendo trabajado durante años en la morgue, Margolles decidió que el lenguaje más honesto para hablar sobre la violencia no era la pintura al óleo ni el bronce pulido, sino la materia misma que la violencia deja a su paso.
Su obra es un cachetazo de realidad en medio de la asepsia de la galería. Utiliza agua con la que se lavaron cuerpos, fragmentos de vidrios de parabrisas de autos estrellados, hilos con los que se suturaron heridas de autopsia. No representa la muerte; presenta sus restos, sus olores, sus texturas. Es una decisión que dinamita la distancia segura entre el espectador y el tema. De repente, la tragedia deja de ser una noticia lejana en la televisión para convertirse en una presencia física, tangible e ineludible en la misma habitación.
El sonido que nadie quiere escuchar
Dentro de su perturbadora y necesaria producción, la obra “Sonidos de la muerte” (1999) es quizás una de las más radicales en su simpleza. La pieza consiste, llanamente, en la transmisión de audio grabado durante autopsias reales. No hay música, no hay narración, no hay contexto visual que nos guíe. Solo el sonido crudo, mecánico y deshumanizado del procedimiento: el bisturí, la sierra, el agua, las conversaciones técnicas y frías de los forenses. Es un paisaje sonoro que pertenece a un lugar del que la sociedad prefiere no saber nada.
Al introducir estos sonidos en el espacio de un museo, Margolles ejecuta una operación brillante. Transforma un entorno diseñado para el placer estético en una antesala de la morgue. El espectador, que entró buscando una experiencia artística, se encuentra atrapado, confrontado con la banda sonora del final de la vida, despojada de todo drama y sentimentalismo. La violencia aquí no es un acto espectacular, sino una consecuencia administrativa, un cuerpo que se procesa. La obra nos obliga a escuchar, a prestar atención a lo que activamente elegimos ignorar cada día.
La controversia: ¿Ética o estética?
Como era de esperarse, la reacción no fue un aplauso unánime. Surgieron, con la puntualidad de un reloj suizo, las acusaciones de sensacionalismo, de explotación del dolor ajeno. Se planteó la inevitable pregunta sobre los límites del arte. ¿Es lícito utilizar el residuo más íntimo de una tragedia personal para una instalación artística? Es un debate válido, por supuesto. Pero también revela una hipocresía fascinante. Vivimos en una cultura que consume violencia de forma masiva y espectacular a través del cine y las noticias, siempre que esté bien empaquetada y a una distancia prudente.
El problema de Margolles no es que muestre la violencia, sino cómo la muestra: sin anestesia. Su trabajo es problemático porque nos niega la catarsis fácil. No hay buenos ni malos, no hay una historia con moraleja. Solo está el hecho bruto, material y sonoro. La controversia, en el fondo, no es tanto sobre la ética de la artista como sobre la incomodidad del espectador al que se le arrebata su rol pasivo y se le obliga a posicionarse frente a la materialidad de la muerte. Parece que preferimos la metáfora a la autopsia.
El espectador en el centro de la morgue
Al final del día, la obra de Teresa Margolles, y en particular “Sonidos de la muerte”, pone el foco no tanto en el fallecido como en nosotros, los vivos. El verdadero material de la obra no es solo el audio, sino nuestra reacción a él: el silencio incómodo en la sala, el nudo en el estómago, la necesidad de irse o la fascinación morbosa de quedarse. El arte sucede en ese espacio de tensión. Margolles no nos da un discurso, nos pone una pila de evidencia sobre la mesa y nos pregunta, sin emitir palabra: “Y ahora, ¿qué vas a hacer con esto?”.
La pieza funciona como un espejo acústico. Lo que escuchamos no son solo los ecos de la morgue, sino también los de nuestra propia indiferencia, nuestros miedos y nuestra complicidad silenciosa con un sistema que produce esos cuerpos de manera industrial. No es un trabajo que busque agradar ni ser coleccionado fácilmente. Su objetivo es inscribir una herida en la conciencia del espectador, una memoria sonora que persista mucho después de haber abandonado la galería. Y en un mundo saturado de imágenes, quizás un sonido crudo y real es la única herramienta que queda para sacudirnos de la apatía.












