Soberanía sobre islas: Disputas de recursos y poder estratégico

Las disputas por la soberanía de islas deshabitadas se centran en el control de recursos naturales y la proyección de poder geopolítico.
Dos perros, uno grande y uno pequeño, ambos tirando de un hueso roído en una balsa inflable en medio del mar. El hueso es grande, pero no hay suficiente para ambos. Representa: Controversias sobre la soberanía de una isla deshabitada en aguas internacionales lo que provoca un conflicto entre dos o más Estados que reclaman derechos sobre sus recursos naturales y su posición estratégica

El Peñasco de la Discordia: Más que Tierra, un Símbolo

Mire, seamos sinceros. Cuando dos o más Estados se pelean por un pedazo de tierra inhóspito, una roca en medio de la nada, uno podría pensar que es un capricho de cartógrafos o un exceso de nacionalismo. Pero no. Nunca es por la roca en sí. La roca es la excusa, el punto de apoyo, la llave que abre una puerta mucho más grande. Lo que importa es el mar que la rodea. Un islote, por más miserable que sea, si emerge en pleamar, genera derechos marítimos. Territorio. Y el territorio, en el derecho internacional, es poder. Así de simple y así de brutal.

La gente se imagina el derecho internacional público como un foro de caballeros discutiendo principios elevados. La realidad es más parecida a una partida de truco en un boliche de ruta. Se miente, se oculta, se fanfarronea. Y la carta más alta no siempre es el mejor argumento jurídico, sino la capacidad de sostener ese argumento en el tiempo. La soberanía no se declara, se ejerce. Es un hecho fáctico con consecuencias jurídicas, no al revés. Uno no es soberano porque un tratado lo dice; el tratado, en el mejor de los casos, viene a reconocer una realidad que ya existe sobre el terreno. O en el mar.

El problema arranca cuando esa realidad es ambigua. Cuando un Estado dice ‘esto es mío por historia’ y otro dice ‘esto es mío por geografía’ o, peor aún, ‘porque yo estoy acá ahora’. Ahí es donde entramos nosotros, los abogados. Nos contratan para vestir de seda jurídica lo que en el fondo es una puja de poder. Nos piden que encontremos ese mapa amarillento del siglo XVIII, esa bitácora de un navegante perdido, esa ley interna olvidada que mencionaba de paso unas ‘islas australes’. Cualquier cosa sirve para empezar a construir el relato. Y el relato, en estos casos, lo es todo. Es el andamiaje sobre el que se monta la pretensión.

En Argentina tenemos una larga, larguísima tradición de estas cuitas. Una sensibilidad particular, dirían algunos. Una herida abierta, dirían otros. Lo cierto es que nos ha obligado a ser creativos, a exprimir cada gota de la doctrina y la jurisprudencia. Hemos aprendido que la geografía es un argumento poderoso, sí, pero que la historia, bien contada, puede pesar más que la cercanía. Hemos aprendido que la protesta diplomática, esa nota formal que parece un gesto inútil, es en realidad un acto vital para que el silencio no se interprete como consentimiento. Es el arte de mantener viva una disputa, de evitar que el tiempo solidifique la posición del otro. Es un trabajo de hormiga, agotador y a menudo frustrante, pero indispensable.

Las Herramientas del Oficio: Mapas Viejos y Principios Elásticos

Para navegar este pantano, tenemos una caja de herramientas. Principios, doctrinas, fallos. Suenan imponentes, pero en la práctica son de una flexibilidad asombrosa. Todo depende de quién los interprete y para qué. El primer gran principio que se saca a relucir es el uti possidetis iuris. Suena complejo, pero la idea es simple: ‘como poseías, seguirás poseyendo’. Es el principio por el cual los nuevos Estados independientes heredan las fronteras de las antiguas divisiones administrativas coloniales. Un concepto que parece justo y ordenado, ¿verdad? Una forma de evitar el caos. Pero es una maravilla de la ambigüedad cuando se aplica a territorios que a la potencia colonial no le importaban en lo más mínimo. ¿Cuál era el límite exacto en un archipiélago perdido que solo figuraba como una mancha en un mapa? ¿A quién le correspondía? La respuesta, casi siempre, es: depende del mapa que usted elija mirar. Cada parte, por supuesto, presenta el mapa que le conviene. Y así, el principio que debía dar certeza se convierte en el origen de la disputa.

Luego viene la otra gran herramienta: la ocupación efectiva. El derecho internacional clásico, pragmático como pocos, decía que no basta con descubrir un lugar. Hay que ocuparlo. Hay que realizar ‘actos de soberanía’. Y aquí empieza el teatro. ¿Qué es un acto de soberanía en una isla deshabitada? Pues, plantar una bandera. Construir un faro que no necesita nadie. Enviar una patrulla naval cada seis meses. Publicar un decreto nombrando a un gobernador para un territorio sin habitantes. Realizar una expedición científica para estudiar el comportamiento de los líquenes. Todo suma. Cada pequeño acto es un ladrillo en el muro de la reclamación. Es una carrera por generar un ‘auto judicial’ más voluminoso que el del contrario. Una pila de papeles que demuestre que uno se ha ‘comportado como soberano’, mientras el otro, supuestamente, dormía la siesta.

La jurisprudencia internacional, desde el caso de la Isla de Palmas hasta disputas más recientes, ha sido un vaivén entre estos conceptos. A veces le da más peso a los títulos históricos, al uti possidetis. Otras veces, se inclina por las effectivités, por los hechos consumados. No hay una fórmula matemática. Un tribunal, como la Corte Internacional de Justicia, sopesa, valora, equilibra. Y en ese equilibrio entran factores que no están en los libros: la estabilidad regional, las consecuencias políticas de un fallo, la necesidad de encontrar una solución que, aunque no deje a nadie contento, al menos ponga fin al conflicto. Es un ejercicio de pragmatismo disfrazado de ciencia jurídica.

El Mar que Nos Rodea: Trazando Líneas en el Agua

Como decía al principio, la isla es la llave. La verdadera recompensa es el mar. Y acá la cosa se pone técnica, pero es donde está el dinero. Según la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (CONVEMAR), que es la biblia en esta materia, una isla genera una serie de espacios marítimos a su alrededor. No importa si es un paraíso tropical o un peñasco barrido por el viento. La regla es la misma.

Primero, el Mar Territorial. Son 12 millas náuticas medidas desde la costa. En esa franja, el Estado ribereño tiene soberanía casi absoluta. Es como el patio de tu casa. Pasan los barcos de otros países, sí, en ‘paso inocente’, pero las reglas las pones vos. Luego viene la Zona Contigua, otras 12 millas más, donde el Estado puede ejercer control para prevenir infracciones a sus leyes aduaneras, fiscales, de inmigración o sanitarias. Es como la vereda de tu casa.

Pero la joya de la corona es la Zona Económica Exclusiva (ZEE). Se extiende hasta las 200 millas náuticas. Aquí el Estado no tiene soberanía plena, pero sí derechos soberanos para un propósito fundamental: la exploración y explotación de los recursos naturales. Pesca, petróleo, gas, minerales. Todo lo que esté en la columna de agua y en el lecho y subsuelo marino en esa zona es, en principio, tuyo. Doscientas millas. Hágase una idea de la superficie que eso representa partiendo de una pequeña isla. Es una extensión gigantesca de poder económico y control. Por eso la pelea. Nadie discute por la roca, discuten por las 200 millas de riqueza que esa roca proyecta a su alrededor.

Y por si fuera poco, está la Plataforma Continental. Este es un concepto geológico con consecuencias jurídicas. Es la prolongación natural del territorio de un Estado bajo el mar. Como mínimo, se extiende 200 millas náuticas, coincidiendo con la ZEE. Pero si la geología acompaña, si la plataforma se extiende más allá, el Estado puede reclamar derechos sobre los recursos del lecho y el subsuelo hasta un límite de 350 millas o incluso más en ciertas condiciones. Esto es el sótano profundo de la casa, donde se guardan los tesoros más valiosos. En Argentina, el trabajo técnico y jurídico para delimitar el límite exterior de nuestra plataforma continental ha sido monumental, un ejemplo de política de Estado a largo plazo. Un trabajo silencioso, de décadas, que nos ha garantizado derechos sobre una superficie inmensa. Y todo, en última instancia, se ancla en tener soberanía sobre la costa, sobre cada isla y cada peñasco que nos pertenece.

Consejos para Sobrevivir al Litigio: Estrategia, no Justicia

Si alguna vez se encuentra asesorando a un Estado en una de estas controversias, olvídese de la justicia. Esto no es una cuestión moral. Es un juego estratégico. Y hay que jugarlo con frialdad. Permítame darle un par de consejos de trinchera, válidos para cualquiera de las partes.

Si usted representa al reclamante con títulos históricos (el ‘descubridor’): Su trabajo es el de un historiador obsesivo. Sumérjase en archivos, bibliotecas y museos. Necesita construir una narrativa coherente y continua. Cada mapa, por impreciso que sea, es una prueba. Cada mención en un documento oficial, un tesoro. Cada acto administrativo, por simbólico que fuera, debe ser magnificado. ¿Se dictó una ley de caza de lobos marinos en la zona en 1890? Perfecto. No importa si nunca se cazó un solo lobo. Es un acto de jurisdicción. Su lema es: ‘Estuve aquí primero y nunca he renunciado a mi derecho’. Debe protestar sistemáticamente cada acto del adversario. Cada nota de protesta es un clavo en el ataúd de la teoría del consentimiento tácito. La persistencia es su mejor arma. Haga del tiempo su aliado, demostrando que su reclamo ha sido constante a lo largo de los siglos.

Si usted representa al reclamante por ocupación efectiva (el ‘vecino’): La historia no es su fuerte. De hecho, debe minimizarla. Su argumento es el presente. La realidad fáctica. Su lema es: ‘Los títulos antiguos son irrelevantes frente a la realidad del ejercicio pacífico y continuo de la soberanía’. Su trabajo es generar hechos. Construya. Legisle. Patrulle. Realice estudios oceanográficos. Invite a científicos de terceros países. Otorgue concesiones de pesca, aunque nadie las use. Publique mapas oficiales que muestren la isla como suya. Cada acción debe ser visible, pública, notoria. Debe crear una situación en el terreno que sea tan sólida que para un tribunal internacional sea más fácil y estable ratificarla que deshacerla. La clave es transformar la posesión de facto en soberanía de iure. Tiene que demostrar que mientras el otro escribía notas de protesta, usted administraba el territorio.

Para ambos: la batalla no solo se libra en los tribunales. Se libra en los foros internacionales, en la prensa, en los ámbitos académicos. Hay que publicar artículos, organizar seminarios, convencer a terceros Estados. Es una guerra de desgaste en múltiples frentes. Y recuerde siempre la máxima que rige este juego: en el derecho internacional, a menudo es mejor tener una posesión precaria que un título perfecto guardado en un cajón.

Al final del día, uno se da cuenta de que estas disputas rara vez tienen una solución jurídica pura. El derecho provee el lenguaje y el marco, pero la solución suele ser política o económica. Se negocian zonas de explotación conjunta, se congelan las disputas de soberanía por décadas, o simplemente, el más fuerte impone su voluntad de a poco, con paciencia, hasta que el hecho se vuelve irreversible. Nosotros, los juristas, cumplimos nuestro papel. Aportamos los argumentos, damos la pelea técnica. Pero no nos engañemos. Somos actores de reparto en un drama cuyo guion final lo escriben la geopolítica y el poder. Y esa es, quizás, la lección más importante y más cínica que uno aprende en esta profesión.