Causa contra el Opus Dei: la denuncia de una 'manipulación'

La Prelatura del Opus Dei califica como ‘grave manipulación con fines mediáticos’ la investigación judicial por denuncias de 43 exmiembros.
Un grupo de globos inflados (representando el Opus Dei) pinchando con alfileres un globo más pequeño y deformado (representando la investigación judicial). Representa: el Opus Dei denunció una "grave manipulación con fines mediáticos" en una investigación judicial

Un escenario inesperado para la fe

Hay historias que parecen escritas por un guionista con un particular aprecio por las vueltas de tuerca. En una esquina, una institución de alcance global, pilar de una fe milenaria, dedicada a encontrar la santidad en el trabajo cotidiano. En la otra, 43 mujeres que afirman que su ‘trabajo cotidiano’ se parecía bastante a lo que el Código Penal define como trata de personas, explotación laboral y reducción a la servidumbre. El escenario es una causa judicial que ha escalado, para sorpresa de nadie que preste un mínimo de atención, a una batalla narrativa de proporciones.

Las denunciantes son ex ‘numerarias auxiliares’ del Opus Dei. Su rol, según la propia organización, era dedicarse a las tareas domésticas de los centros de la Prelatura como un camino de entrega a Dios. Un apostolado. Ellas, sin embargo, describen un panorama distinto: reclutamiento sistemático siendo menores de edad, a menudo de familias humildes y lejanas; aislamiento de sus entornos; control sobre sus vidas; y, por supuesto, un trabajo sin remuneración ni derechos laborales. Una pila de acusaciones que suenan menos a vocación celestial y más a una pesadilla terrenal. El pequeño detalle es que la justicia ahora tiene que decidir si esa ‘entrega’ fue tan voluntaria como se dice.

La defensa como el mejor ataque: la ‘campaña mediática’

Frente a un auto que se viene encima, uno puede correrse o puede intentar convencer al conductor de que el auto no existe. La Prelatura ha optado por una versión sofisticada de lo segundo. En un comunicado oficial, denunció una ‘grave manipulación con fines mediáticos’. Según esta visión del mundo, no estamos ante un grupo de presuntas víctimas buscando reparación, sino ante una operación de desprestigio perfectamente orquestada. Las 43 mujeres, algunas de las cuales dejaron la institución hace décadas, serían meros instrumentos en esta supuesta campaña.

Resulta admirable la confianza en esta línea argumental. Implica creer que una de las organizaciones más estructuradas y con mayores recursos del planeta es, en realidad, la víctima frágil de un complot mediático montado por un grupo de extrabajadoras domésticas. Es un giro narrativo que exige del espectador una fe casi tan grande como la que la propia institución promueve. La estrategia es clara y efectiva: se traslada el foco del contenido de la denuncia a las intenciones de las denunciantes. No importa lo que dicen, importa por qué lo dicen. Y la respuesta, por supuesto, es que son parte de una ‘manipulación’. Fin del debate.

El delicado arte de llamar a las cosas por otro nombre

Aquí es donde la cosa se pone interesante. El lenguaje es un campo de batalla. Donde unas ven ‘explotación’, otros ven ‘santificación del trabajo’. Donde unas describen ‘aislamiento’, otros hablan de ‘vida en familia’. Donde la ley podría ver ‘servidumbre’, la fe propone ‘entrega vocacional’. Esta polisemia es el corazón del conflicto. ¿Cómo se mide el consentimiento de una adolescente de 15 años, reclutada con la promesa de una vida de servicio a Dios, en un entorno cerrado y jerárquico?

La justicia se enfrenta al desafío de traducir teología a derecho. Debe despojar a los hechos de su ropaje espiritual y analizarlos con la fría lógica de la ley. ¿Existió un aprovechamiento de la vulnerabilidad? ¿Se configuró una situación de dependencia económica y psicológica que anulara la voluntad? Son preguntas incómodas, que obligan a meter el bisturí en lugares que muchos preferirían mantener sagrados e intocables. Porque una cosa es un contrato laboral y otra muy distinta es un pacto con la divinidad. El problema es cuando el segundo se usa para encubrir la ausencia del primero.

Cuando la Justicia terrenal pide la palabra

Y al final, el expediente llegó a un juzgado. La denuncia, que primero se presentó ante el Vaticano, aterrizó en los tribunales seculares. La Prelatura manifestó su ‘sorpresa’ por este hecho, como si las acusaciones de ‘trata de personas’ fuesen un asunto que se resuelve exclusivamente con oraciones y derecho canónico. Es una sorpresa que denota, como mínimo, una profunda desconexión con la gravedad de lo que se está discutiendo. Los delitos, si existieron, se cometieron en este plano de la existencia, y es aquí donde deben investigarse.

La tarea del tribunal es hercúlea. Deberá reconstruir historias de hace años, a veces décadas. Tendrá que evaluar testimonios cargados de dolor y resentimiento, o de lealtad y negación. Deberá navegar las aguas turbias de la memoria, la fe y el poder. Probar la coerción en un ámbito donde la obediencia es una virtud es un desafío mayúsculo. Pero en el fondo, la situación expone una verdad tan simple como incómoda: las grandes instituciones, por más nobles que se declaren sus fines, no son inmunes a las miserias del poder. A veces, simplemente, pasaron cosas. Y ahora, alguien con un martillo y un código está pidiendo ver los papeles.