El Caso Sacco y Vanzetti: La justicia y sus detalles

El proceso judicial contra Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti expone las tensiones sociales y la selectividad del sistema legal de principios del siglo XX.
Un balancín. En un extremo, una pequeña pesa de oro; en el otro, una enorme piedra rugosa. Representa: Juicio de Sacco y Vanzetti

El escenario perfecto para un malentendido

En el clima posterior a la Primera Guerra Mundial, el aire estaba cargado de un patriotismo denso y una paranoia casi tangible hacia cualquier cosa que oliera a extranjero o a radical. Era el llamado «Peligro Rojo», un estado de histeria colectiva donde el anarquista era el monstruo debajo de la cama de la nación. En este contexto tan propicio para la calma y la razón, aparecieron en escena Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti. Eran el arquetipo perfecto del enemigo: inmigrantes italianos, trabajadores manuales y, para colmo de males, anarquistas declarados que habían participado en huelgas y protestas.

El 15 de abril de 1920, en un pueblo industrial, se produjo un robo a mano armada a una fábrica de zapatos. El pagador y un guardia fueron asesinados, y los ladrones escaparon en un auto con poco más de 15.000 dólares. Sacco y Vanzetti fueron arrestados unas semanas después. ¿La conexión? Iban a buscar un auto para, según ellos, esconder literatura anarquista, y ambos llevaban armas de fuego, algo no del todo inusual en una época y un lugar donde la confianza en el prójimo no cotizaba en alza. Para la policía, estas coincidencias eran más que suficientes. Tenían a sus sospechosos. O, mejor dicho, a los sospechosos que necesitaban.

Una investigación a prueba de balas… ajenas

El juicio fue una pieza maestra de interpretación selectiva. La fiscalía presentó una serie de testigos presenciales cuyas descripciones de los asaltantes variaban de forma asombrosa, pero que, milagrosamente, coincidían en señalar a los acusados en la sala. Algunos, al principio, ni siquiera los habían reconocido. Pequeños detalles sin importancia. El pilar de la acusación era la balística. Un perito afirmó, con una seguridad envidiable, que una de las balas mortales había sido disparada desde la pistola Colt de Sacco. Otros expertos, incluso de la propia fiscalía, mostraron serias dudas y presentaron evidencia contradictoria. Pero en un buen relato, no hay que dejar que los hechos arruinen la trama principal.

Por su parte, la defensa de Vanzetti presentó una pila de testigos, la mayoría inmigrantes italianos como él, que juraron haberle comprado pescado a kilómetros de distancia el día del crimen. Testimonios que fueron descartados con una eficiencia notable, quizás por la sospecha de que los italianos tienden a cubrirse entre sí. El juez del caso, Webster Thayer, un hombre de convicciones firmes, no ocultó su desdén por los acusados fuera de los tribunales, refiriéndose a ellos en privado de formas que sugerían que su imparcialidad era, como mínimo, un concepto flexible.

El delito de pensar distinto

Lo más revelador del proceso fue el tiempo y la energía que la fiscalía dedicó a interrogar a Sacco y Vanzetti sobre sus ideas políticas. El fiscal Fred Katzmann, en un despliegue de lógica jurídica impecable, parecía más interesado en saber si amaban a su país de adopción o si creían en el gobierno, que en su posible coartada para el día del homicidio. Las transcripciones del juicio son un documento fascinante que muestra cómo un proceso por asesinato puede convertirse, sin disimulo alguno, en un juicio político. La lealtad a las ideas anarquistas, su pacifismo y su crítica al sistema capitalista se convirtieron en pruebas circunstanciales de su carácter criminal.

Sacco, con su inglés limitado, intentaba explicar sus creencias, mientras el fiscal retorcía cada palabra para presentarlo como un fanático peligroso y antipatriota. La estrategia era clara: si estos hombres odiaban los fundamentos de la nación, ¿no serían capaces de asesinar por dinero? La pregunta era retórica y la respuesta, para el jurado, parecía obvia. El verdadero crimen que se juzgaba no era el robo, sino la disidencia. Su culpabilidad ideológica precedió y determinó su culpabilidad penal. Cualquier intento de la defensa por centrarse en la falta de pruebas concretas era como intentar apagar un incendio con un gotero.

Un final predecible y una memoria incómoda

El 14 de julio de 1921, el jurado declaró a ambos culpables de asesinato en primer grado. La sentencia era la muerte. Lo que siguió fueron seis años de apelaciones, mociones y un clamor internacional que convirtió el caso en un símbolo mundial de la injusticia. Intelectuales, artistas y ciudadanos de a pie de todo el mundo protestaron, escribieron y se manifestaron. Irónicamente, esta presión global solo sirvió para endurecer la postura de las autoridades, que veían en la campaña una confirmación del peligro que representaban los movimientos radicales.

En 1925, un preso llamado Celestino Madeiros, ya condenado a muerte por otro asesinato, confesó haber sido parte de la banda que cometió el atraco, y juró que Sacco y Vanzetti no tuvieron nada que ver. La confesión fue desestimada por el juez Thayer por considerarla poco fiable. La maquinaria judicial siguió su curso inexorable. El 23 de agosto de 1927, Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti fueron ejecutados en la silla eléctrica. Su final era el corolario lógico de un proceso donde las conclusiones habían sido escritas mucho antes que los argumentos. Cincuenta años después, en 1977, el gobernador del estado emitió una proclamación reconociendo que el juicio había sido injusto y que cualquier «deshonra debería ser para siempre borrada de sus nombres». Un gesto administrativo impecable, un cierre burocrático para una historia que expone, con una claridad incómoda, que la justicia a veces es simplemente una cuestión de tener los prejuicios correctos en el momento adecuado.