Hermann Nitsch: Juicios por maltrato animal en su Teatro de Orgías

El escenario de la carne y la sangre
Hay que tener cierta pila para concebir un proyecto de vida artística y llamarlo ‘Teatro de Orgías y Misterios’. Hermann Nitsch la tuvo. Como uno de los pilares del Accionismo Vienés, un movimiento que decidió que el lienzo era una limitación burguesa y que el cuerpo y la acción directa eran el verdadero medio, Nitsch se dedicó durante décadas a orquestar performances que eran una cachetada a la sensibilidad promedio. Imaginen la escena: personas en túnicas blancas, crucifixiones simbólicas, música de órgano atronadora y, como protagonista indiscutido, un diluvio de sangre, vísceras y carcasas de animales.
El objetivo, al menos en la teoría, era noble. Se trataba de una forma de arte total, una ‘Gesamtkunstwerk’ que buscaba estimular todos los sentidos hasta el punto del agotamiento y la revelación. Nitsch no quería que vieras una pintura de la crucifixión; quería que la olieras, la sintieras, que te mancharas con la sangre simbólica del sacrificio. Era, en su visión, un ritual de purga. Una manera de sacar a la luz todos los impulsos violentos y reprimidos de la psique humana para confrontarlos en un entorno controlado. Claro que, para el espectador casual que se topaba con las fotos, la primera impresión no era la de una compleja sesión de psicoanálisis, sino la de un quilombo monumental.
La Justicia entra en escena
Como era de esperarse, la cosa no tardó en pasar de la galería de arte al juzgado. A lo largo de su carrera, especialmente en su Austria natal, Nitsch se convirtió en un cliente frecuente de los tribunales. Las acusaciones iban desde la ofensa a los símbolos religiosos hasta, por supuesto, el maltrato animal. La performance de 1998, su famosa ‘6-Tage-Spiel’ (Obra de 6 Días), fue un punto de inflexión. El despliegue de un buey desollado y el uso masivo de sangre generaron una ola de protestas de grupos por los derechos de los animales y derivaron en un proceso legal.
La defensa de Nitsch siempre fue la misma, y hay que admitir que tenía una lógica a prueba de balas, al menos desde lo técnico. Él y sus colaboradores sostenían, y demostraban, que los animales utilizados en sus acciones —vacas, cerdos, corderos— no eran sacrificados para la performance. Eran adquiridos en mataderos, ya muertos y faenados, listos para entrar en la cadena de consumo humano. El argumento era simple: si este animal iba a terminar en un plato, ¿cuál es la ofensa en usarlo primero para un ritual artístico? Nitsch no mataba, resignificaba. Interceptaba el cadáver en su viaje del matadero al supermercado para insertarlo en una liturgia pagana. Para la ley, la pregunta era si la manipulación del cuerpo, aun después de muerto, constituía una profanación o un acto denigrante que caía bajo la figura del maltrato.
¿Catarsis o simple provocación?
Para entender por qué alguien dedicaría su vida a un proyecto tan controversial, hay que mirar más allá del charco de sangre. Nitsch hablaba de ‘abreacción’, un término tomado del psicoanálisis que describe la liberación emocional que se produce al revivir una experiencia traumática. Él creía que nuestra sociedad, tan limpia y ordenada, reprime sus instintos más básicos: la violencia, el éxtasis, el miedo a la muerte. Su teatro era un intento de crear un espacio seguro para que esa energía reprimida explotara de forma simbólica. Al sumergir a los participantes en una experiencia visceral y abrumadora, buscaba provocar una catarsis, una purificación similar a la que prometían los antiguos misterios dionisíacos o incluso el sacrificio cristiano.
El uso de la sangre y las vísceras no era, desde su perspectiva, un capricho para shockear. Era el material crudo de la existencia. La sangre como símbolo de vida y muerte. El animal sacrificado como eco de milenios de rituales religiosos. Nitsch se veía menos como un provocador y más como un sumo sacerdote de una religión atea, un chamán moderno que utilizaba los elementos más tabú para sanar una neurosis colectiva. Es una explicación que suena impecable en un catálogo de museo. En la práctica, sin embargo, la línea entre un ritual profundo y un espectáculo de gore para un público de nicho siempre fue peligrosamente delgada.
El espejo incómodo de la sociedad
Lo más fascinante del caso Nitsch no es tanto su obra, sino la reacción que genera. Nos revela una verdad que preferiríamos no mirar. Una sociedad que ha industrializado la muerte a una escala inimaginable, donde millones de animales viven y mueren en condiciones atroces para que tengamos nuestro bife de chorizo en el plato, se rasga las vestiduras porque un artista usa la carcasa de un animal ya muerto. La indignación es selectiva. El buey de Nitsch, expuesto en un castillo y cubierto de flores, nos parece una aberración. El mismo buey, procesado, empaquetado y exhibido bajo la luz fluorescente de una góndola, es simplemente la compra del súper.
El problema, entonces, quizás no sea el presunto ‘maltrato’ a un cadáver, sino la obligación de confrontar el origen de lo que comemos. Nitsch nos quitó el envoltorio de plástico. Nos obligó a oler la muerte que preferimos ignorar. El verdadero escándalo de su teatro no era la sangre, sino el espejo. Nos mostró, de la forma más cruda posible, que nuestros rituales cotidianos de consumo se basan en un sacrificio que hemos decidido volver invisible. Quizás la ofensa no era contra el animal, sino contra nuestra propia y muy cómoda hipocresía. Tal vez el único auto que realmente chocó fue el de nuestra conciencia anestesiada, y eso, como es sabido, suele doler bastante.












