Benedict Arnold: El Juicio al Héroe Devenido Traidor

El Héroe Impecable (Spoiler: No tanto)
Parece una regla no escrita que toda gran gesta necesita sus héroes y, por supuesto, sus villanos. La Revolución Americana no fue la excepción, y en sus albores, Benedict Arnold parecía destinado a un lugar de honor en el panteón de los primeros. Su historial era, francamente, impresionante. Un líder nato, con una audacia que rozaba la imprudencia, responsable de victorias clave como la captura del Fuerte Ticonderoga y su papel decisivo en la Batalla de Saratoga. En Saratoga, de hecho, desafió las órdenes de su superior, Horatio Gates, para liderar una carga que cambió el curso de la batalla, sufriendo una grave herida en la pierna en el proceso. Era el tipo de soldado que gana guerras, el general que las tropas siguen sin dudar.
Pero bajo la coraza del héroe bullía algo más. Arnold poseía un ego del tamaño de una catedral y una sensibilidad casi infantil ante cualquier afrenta a su honor. Consideraba que sus méritos no eran suficientemente reconocidos por el Congreso Continental, que en varias ocasiones lo pasó por alto en ascensos, prefiriendo a hombres con mejores conexiones políticas pero con un historial militar decididamente más mediocre. A esto se sumaba un gusto por el lujo que no se condecía con el sueldo de un general revolucionario. Mantenía un estilo de vida opulento, acumulando una pila de deudas que se volvían cada vez más asfixiantes. Resulta evidente que tener a tu general más brillante sintiéndose ninguneado y con problemas de plata es una combinación, digamos, poco recomendable.
El Camino a la Grandeza… Británica
Tras ser herido en Saratoga, y siendo incapaz de asumir un comando de campo, Washington le otorgó el puesto de gobernador militar de Filadelfia en 1778. Fue aquí donde las grietas en su lealtad comenzaron a ensancharse hasta convertirse en abismos. En Filadelfia, Arnold se movió en los círculos más altos de la sociedad, incluyendo a familias con abiertas simpatías lealistas. Se casó con Peggy Shippen, la hija de un prominente simpatizante británico, una mujer joven y carismática que sin duda facilitó sus contactos con el otro lado. Su afición por el gasto se descontroló, usando su posición para realizar negocios turbios y enriquecerse, lo que le valió acusaciones formales y una corte marcial. Aunque la corte lo absolvió de los cargos más graves, sí lo encontró culpable de un par de faltas menores y recomendó que Washington lo reprendiera. Para un hombre como Arnold, una reprimenda pública, por más leve que fuera, era una humillación insoportable. Fue la gota que rebalsó el vaso de su resentimiento.
West Point: La Oferta que No Podía Rechazar
Convencido de que su país era un nido de ingratos y que su genio militar estaba siendo desperdiciado, Arnold tomó una decisión que redefiniría su legado para siempre. Inició negociaciones secretas con los británicos a través de su esposa y el Mayor John André, jefe de espionaje del ejército británico. La oferta era simple y demoledora: a cambio de una suma considerable de dinero (20.000 libras, una fortuna en la época) y un alto mando en el ejército británico, Arnold entregaría la fortaleza de West Point, un puesto de vital importancia estratégica en el río Hudson. Consiguió que Washington, quien todavía confiaba en él, le diera el comando del fuerte específicamente para poder llevar a cabo su plan. El complot era meticuloso, casi una obra de arte de la traición. El plan se vino abajo por un detalle casi ridículo: la captura fortuita de André, quien llevaba en su bota los papeles que incriminaban a Arnold. Al enterarse de la captura de su contacto, Arnold no tuvo más opción que subirse a un bote y huir hacia las líneas británicas, dejando atrás su reputación, su honor y su país.
El Juicio que Nunca Fue y la Sentencia Eterna
Benedict Arnold nunca enfrentó un juicio formal por parte de las autoridades americanas. Su escape lo puso fuera del alcance de su justicia. Sin embargo, el veredicto fue inmediato y unánime en el tribunal de la opinión pública. Su nombre fue eliminado de los registros militares, sus hazañas borradas de la memoria oficial y su efigie quemada en pueblos y ciudades a lo largo de las colonias. De la noche a la mañana, el héroe de Saratoga se convirtió en el Judas de América. Su nombre pasó a ser un adjetivo, la definición misma de la traición. La sentencia no fue la horca, sino algo quizás peor: la infamia perpetua.
Su vida posterior fue un largo anticlímax. Los británicos le dieron su comisión de general y una compensación económica, pero nunca confiaron plenamente en él. Era el traidor, y un traidor es despreciado incluso por aquellos que se benefician de su traición. Vivió el resto de sus días en Inglaterra y Canadá, un hombre sin patria, un paria para los estadounidenses y una curiosidad incómoda para los británicos. Al final, la historia de Benedict Arnold no es tanto la de un monstruo, sino la de un hombre profundamente humano en sus flaquezas. Un hombre cuya soberbia y ambición superaron a su patriotismo. Su gran tragedia, y su involuntario servicio final a su antigua nación, fue proporcionar un villano tan claro y definido que hizo que todos los demás parecieran, en comparación, mucho más virtuosos. Un sacrificio, a su manera, bastante conveniente para la narrativa nacional.












