Aniversario de la Ley de Matrimonio Igualitario 26.618

Cuando el fin del mundo tenía fecha
Hay aniversarios que invitan a la nostalgia y otros que obligan a una arqueología de nuestros propios miedos. El de la sanción de la Ley 26.618, de Matrimonio Igualitario, pertenece decididamente a la segunda categoría. Allá por mediados de 2010, una parte considerable de la sociedad estaba convencida de que el Apocalipsis tenía fecha y venía en formato de boletín oficial. Se vivieron jornadas de un dramatismo extraordinario, donde se debatía con la seriedad de un concilio ecuménico si dos personas del mismo sexo podían firmar un papel con valor legal.
Los argumentos en contra componían una sinfonía del espanto. Se hablaba de la destrucción de la familia, del fin de los valores, de una inminente desintegración del tejido social. Era como si la estabilidad de un país entero dependiera de mantener intacta una definición decimonónica en un código legal. La televisión y la radio se llenaron de expertos en pánico moral, de profetas de la catástrofe que, con el ceño fruncido y voz grave, nos advertían sobre el abismo al que nos asomábamos. Fue un momento notable, donde el debate público adquirió una densidad casi metafísica. El futuro de la civilización occidental, al parecer, pendía de un hilo semántico. Viéndolo a la distancia, con la calma que da el tiempo, todo ese despliegue de pavor colectivo adquiere un tono casi cómico, como mirar una foto vieja y no poder creer que esa ropa alguna vez estuvo de moda.
La revolución de cambiar dos palabras
Lo más fascinante de todo aquel debate era la desproporción entre la magnitud del escándalo y la naturaleza técnica de la reforma. Si uno despojaba a la Ley 26.618 de toda la retórica incendiaria, lo que quedaba era un cambio de una simpleza casi ofensiva. El corazón de la ley, su núcleo duro, consistía en una operación de ‘buscar y reemplazar’ en el Código Civil. Donde antes decía ‘marido y mujer’, el nuevo texto pasaba a decir ‘cónyuges’ o ‘contrayentes’. Eso era todo. Esa era la formidable amenaza.
Una modificación de léxico. Una actualización terminológica. Se trataba, en esencia, de un acto burocrático, una corrección de estilo sobre un documento para que reflejara una realidad que ya existía. Miles de personas ya convivían, armaban proyectos y se cuidaban mutuamente sin el amparo de la ley. La norma no venía a inventar nada, sino a reconocer. Pero, para sus detractores, esas simples palabras eran una suerte de conjuro maligno que iba a desatar fuerzas incontrolables. Era un testimonio increíble del poder que le atribuimos al lenguaje oficial, como si el Estado, al nombrar algo, no solo lo legalizara sino que lo creara de la nada. La realidad es que el Estado siempre llega tarde. Simplemente, esta vez decidió ponerse al día.
Profecías autocumplidas (de la manera incorrecta)
El catálogo de predicciones agoreras de aquella época es una pieza digna de estudio. Se dijo que la gente dejaría de casarse. Que la institución matrimonial, pilar de la sociedad, se desmoronaría por completo. Que se abriría una caja de Pandora de consecuencias impredecibles. Se pintó un futuro distópico donde la familia, tal como la conocíamos, desaparecería. Y, en cierto modo, los profetas tuvieron razón, pero no como ellos esperaban.
Efectivamente, algo se desmoronó: la idea de que un único modelo de familia era el válido. Lo que se cayó no fue la institución, sino el monopolio sobre ella. La familia no desapareció; se hizo más diversa, más visible y, por ende, más real. El matrimonio no colapsó; al contrario, recibió una inyección de vitalidad de miles de parejas que tenían una pila de ganas de acceder a él, con todos sus derechos y sus tediosas obligaciones. La profecía se autocumplió al revés. La amenaza no era la igualdad, sino el privilegio. La verdadera revelación incómoda no fue que dos hombres o dos mujeres pudieran casarse, sino la constatación de que los argumentos para impedirlo eran de una fragilidad alarmante, basados en prejuicios y no en razones. El gran temor no era la ley, sino la evidencia de que el mundo seguía girando exactamente igual.
El día después que nunca terminó
¿Y qué pasó al día siguiente de la sanción? ¿Hubo terremotos? ¿Se abrieron grietas en el asfalto? No. Hubo gente haciendo colas en los registros civiles. Personas que, después de décadas de amor clandestino o alegal, por fin podían acceder a cosas tan poco glamorosas pero tan fundamentales como compartir una obra social, solicitar un crédito en conjunto, heredar los bienes del otro o simplemente poder decir ‘es mi cónyuge’ en la sala de espera de un hospital. El gran cambio revolucionario fue, en última instancia, la normalidad.
El mayor legado de la Ley 26.618 no es solo el derecho al matrimonio en sí, sino el principio que instaló: que los derechos no son un recurso escaso que se agota si se comparte. Ampliar derechos para un sector no se los quita a otro. De hecho, a menudo crea las condiciones para nuevas ampliaciones. No es casualidad que, poco tiempo después, se sancionara la Ley de Identidad de Género, otra norma que se apoyaba sobre la misma lógica de la autodeterminación y el reconocimiento. El matrimonio igualitario demostró que la igualdad no es un juego de suma cero. La institución matrimonial, lejos de debilitarse, se volvió más robusta al ser más justa. Y la sociedad, lejos de desintegrarse, simplemente se hizo un poco más decente. Quizás esa sea la lección más seria y, para algunos, la más irónica de todas: la temida revolución consistía, simplemente, en un poco más de justicia cotidiana. Un final bastante decepcionante para los que esperaban el fin de los tiempos.












