Deprecated: ¡La función WP_Dependencies->add_data() ha sido llamada con un argumento que está obsoleto desde la versión 6.9.0! Los comentarios condicionales de IE los ignoran todos los navegadores compatibles. in /home/l0071076/public_html/wp-includes/functions.php on line 6131Ana Segovia: La sexualidad implícita y sus reacciones - Se busca justicia a diario

Ana Segovia: La sexualidad implícita y sus reacciones

La obra de Ana Segovia reinterpreta la iconografía de la masculinidad, generando una tensión que cuestiona las narrativas tradicionales sobre el deseo.
Una piñata con forma de corazón, llena de caramelos de diferentes colores, siendo golpeada con un bate. Algunos caramelos salen intactos, otros rotos y esparcidos. Representa: Ana Segovia ha abordado la sexualidad en sus obras lo que puede generar reacciones diversas

El charro desmontado: una masculinidad bajo la lupa

Uno podría pensar que, a estas alturas, ya está todo dicho sobre la deconstrucción de la masculinidad. Sin embargo, llega Ana Segovia y, sin hacer mucho ruido, nos demuestra que todavía queda tela para cortar. Y vaya si la corta. Su materia prima son los charros del cine clásico mexicano, esos personajes que son la quintaesencia del macho: valientes, estoicos, de una pieza. Parecen inmunes a la duda o a la debilidad. Lo que Segovia hace es poner a estos íconos bajo una lente de aumento, pero no para engrandecerlos, sino para encontrar sus grietas.

Su método es casi forense. Toma escenas de películas, las congela y las disecciona. No le interesa el plano general del héroe cabalgando hacia el atardecer. Le interesa el detalle: la forma en que dos manos se rozan al pasarse un objeto, la postura de un cuerpo recostado, la tensión de la ropa ajustada. Al aislar estos fragmentos, los despoja de su contexto narrativo heroico y los deja flotando en una ambigüedad cargada de potencial. De repente, el gesto viril se vuelve delicado; la camaradería, íntima; el poder, vulnerable. Es una revelación que estaba a la vista de todos, pero que requería de alguien que apagara el audio de la película y se pusiera a mirar de verdad. Una tarea para la que, parece, no todo el mundo tiene pila.

El color como comentario (y la pincelada también)

Hablemos de técnica, ese refugio seguro para quienes temen hablar del contenido. La paleta de Segovia es una declaración de principios. Abandona el blanco y negro documental de sus fuentes cinematográficas para sumergirse en colores vibrantes, a veces ácidos, casi sintéticos. Un pantalón de charro puede ser de un rosa incandescente, o el cielo de un atardecer puede tener tonos lilas y naranjas que desafían cualquier pretensión de realismo. Este uso del color no es un capricho decorativo. Es un acto de traducción y, sobre todo, de traición. Es como si la artista nos dijera que la supuesta verdad monocromática de esas películas era, en realidad, una versión censurada y lavada de una realidad mucho más compleja y colorida.

La pincelada cumple una función similar. No es una pincelada hiperrealista que busca mimetizarse con la fotografía. Al contrario, es visible, gestual, a veces deliberadamente torpe. Deja rastros, texturas, evidencia del proceso. Es la mano de la artista interviniendo activamente en la imagen, recordándonos que lo que vemos no es un documento objetivo, sino una interpretación, una reescritura. Es un acto de apropiación que subvierte la autoridad de la fuente original. No está copiando un auto, está desarmándolo para ver cómo funciona el motor y, de paso, pintarle las puertas de un color que al dueño original le parecería de pésimo gusto.

La incomodidad del encuadre fragmentado

Otro de los recursos, llamativamente obvio en su efectividad, es el encuadre. Segovia rara vez nos da un rostro completo o un cuerpo entero. Prefiere los torsos, las piernas, las manos, los traseros. Este acto de fragmentación es crucial. Por un lado, convierte a los personajes en objetos parciales, despojándolos de su identidad de héroes para reducirlos a su pura fisicalidad. La anatomía se vuelve protagonista. Por otro lado, genera una tensión erótica innegable. La mirada del espectador se ve forzada a recorrer estas partes del cuerpo, a detenerse en detalles que la narrativa original pasaba por alto.

Este enfoque selectivo crea una atmósfera de voyeurismo y deseo latente. Lo que en la película era una simple escena de acción o camaradería, en el lienzo de Segovia se transforma en un ballet de cuerpos cargados de una sensualidad implícita. La incomodidad que esto puede provocar en cierto público es reveladora. No se muestra nada explícito, no hay desnudos ni actos sexuales. Simplemente se sugiere. Y es esa sugerencia, esa invitación a completar la escena con la propia imaginación, lo que resulta perturbador para una mirada acostumbrada a que le cuenten el cuento de principio a fin, sin ambigüedades ni dobles lecturas.

Reacciones diversas: cuando el arte pincha donde duele

Llegamos así al meollo de la cuestión: las ‘reacciones diversas’. Una expresión tan elegante para describir el hecho de que hay gente a la que estas pinturas le generan un escozor particular. ¿Por qué? No es por una ofensa directa. Es por algo mucho más profundo. La obra de Ana Segovia no grita, susurra. Y lo que susurra es que la masculinidad hegemónica, ese monolito cultural que nos han vendido como natural e inmutable, es en realidad una construcción, una performance llena de códigos y posturas aprendidas. Y como toda construcción, se puede desarmar.

El arte de Segovia expone la fragilidad de ese modelo al evidenciar su homoerotismo latente, la ternura reprimida y la vulnerabilidad oculta tras el ceño fruncido del héroe. Al hacerlo, no ataca la masculinidad en sí, sino la rigidez de su representación canónica. La reacción adversa no es más que el reflejo de una incomodidad ante el espejo. Es el desconcierto de quien ve su castillo de certezas, construido sobre cimientos de blanco y negro, de repente invadido por colores, texturas y formas que no sabe cómo clasificar. Resulta, a fin de cuentas, casi tierno. Demuestra que, a veces, la estructura más imponente puede tambalearse con algo tan inofensivo como una nueva manera de mirar un viejo par de pantalones.