Ley de alcohol cero al volante: la aritmética de la sobriedad

El proyecto de ley de tolerancia cero de alcohol al volante establece un nuevo paradigma en la seguridad vial, redefiniendo la responsabilidad individual.
Un coche de juguete intentando beber de una botella de leche, con una gran lupa apuntando hacia la botella. Representa: Debate sobre el proyecto de ley de "tolerancia cero" de alcohol al volante (enero 2025)

El cero: un número perfecto para una realidad imperfecta

Hay que reconocer el atractivo estético del número cero. Es limpio, definitivo, binario. No admite grises. O es cero, o no lo es. En el caótico universo de la seguridad vial, donde las causas de un siniestro se enredan como cables detrás de un escritorio —velocidad, distracción con el celular, fatiga, un pozo en el asfalto, una falla mecánica—, la idea de aislar un único culpable y aniquilarlo con la contundencia del cero es, cuanto menos, una genialidad legislativa. Es la máxima expresión del principio de que, si no puedes resolver un problema complejo, siempre puedes simplificarlo hasta que parezca solucionado.

La tolerancia cero al volante es precisamente eso: una obra de una simpleza conmovedora. Traslada la responsabilidad de un sistema entero a la última molécula de etanol en el aliento de un individuo. Ya no importa si uno maneja un auto de alta gama a 60 km/h en una autopista impecable o un cacharro sin frenos por una calle de tierra. El factor determinante, el que te convierte en un paria social y legal, es ese 0,01 en el alcoholímetro. Es una solución que no exige invertir en infraestructura ni en campañas de educación vial sostenidas; solo requiere comprar una pila de alcoholímetros y ponerlos a trabajar. La seguridad se vuelve una cuestión de aritmética, no de política pública.

La ciencia de la digestión y otras verdades incómodas

Aquí es donde la pulcritud del número choca con la desprolija realidad del cuerpo humano. Nuestro organismo no es una computadora que procesa datos con lógica digital. Es un sistema analógico, un laboratorio químico andante que metaboliza sustancias a su propio ritmo. La concentración de alcohol en sangre (BAC, por sus siglas en inglés) no es un interruptor de luz. Depende del peso, del género, de si comiste o no, de la velocidad con que bebiste y de una genética que a nadie le importa a la vera de la ruta a las tres de la mañana.

La ley de cero absoluto nos invita a reflexionar sobre fenómenos fascinantes. ¿Qué pasa con el alcohol residual de la noche anterior? ¿O con ciertos alimentos fermentados, o hasta un enjuague bucal con base alcohólica? La ciencia dice que podrían, en casos muy específicos y con equipos hipersensibles, generar un resultado positivo mínimo. Un resultado que no tiene correlato alguno con una disminución de las capacidades para conducir, pero que, ante la ley, es idéntico al de alguien que efectivamente bebió. La búsqueda de una pureza legal del 0,0 obliga al ciudadano a desconfiar de su propio metabolismo. La ley no distingue entre un peligro real y una anomalía estadística. Cero es cero. Y punto.

Estadísticas, la forma más elegante de contar una historia

Nadie en su sano juicio discutiría que el alcohol es un factor de riesgo en la conducción. Las estadísticas son claras al respecto y sirven como pilar para cualquier argumento. El punto, sin embargo, es más sutil. La narrativa de la tolerancia cero sugiere que el verdadero peligro reside en ese umbral mínimo, en el salto de un hipotético 0,49 g/L —antes, un conductor responsable para la ley— a un 0,51 g/L, el infractor. Pero un análisis menos apasionado de las mismas estadísticas suele mostrar otra cosa: los siniestros viales más graves, aquellos con consecuencias fatales, están abrumadoramente protagonizados por conductores con niveles de alcohol en sangre muy por encima del límite previo. Hablamos de valores de 1.0, 1.5 o incluso más.

La ley, en su celo por el cero, mete en la misma bolsa al que bebió una copa de vino con la cena y al que vació una botella de whisky. Ambos son infractores. Se crea una equivalencia legal que no se corresponde con una equivalencia de riesgo. Es una estrategia que puede tener un efecto disuasorio general, es cierto, pero que también diluye el foco sobre el verdadero núcleo del problema: el conductor temerario y con un consumo problemático. Al final, las estadísticas sirven para contar la historia que uno quiere contar. Y la historia del cero es una historia de villanos claros y soluciones simples, mucho más atractiva que la de un problema complejo y con múltiples aristas.

El conductor modelo 2025: un asceta al volante

Así, se perfila un nuevo ideal de conductor. Un ciudadano que no solo debe ser prudente, atento y respetuoso de las normas, sino también abstemio. Cualquier evento social —un casamiento, un cumpleaños, un asado de domingo— se convierte en un dilema logístico para quien deba volver manejando. La espontaneidad queda supeditada a una planificación rigurosa. El brindis, ese gesto social tan arraigado, se transforma en un acto de riesgo legal. No se pide moderación, se exige puritanismo.

Quizás ese sea el mayor triunfo de la tolerancia cero. Al concentrar toda la energía social, mediática y política en un solo número, nos permitimos el lujo de sentir que estamos haciendo algo fundamental por la seguridad vial. Hemos encontrado al enemigo, lo hemos aislado y lo hemos prohibido. Ahora podemos descansar tranquilos, ignorando cómodamente que las rutas siguen en mal estado, que la educación vial es deficiente y que la gente sigue usando el celular mientras maneja. Pero no importa. Hemos declarado la guerra al 0,01. Y en el papel, esa batalla ya está ganada.