Nuevas imputaciones en la causa de la «mafia de los juicios»

La sorpresa, ese bien tan escaso
Enero de 2025 nos encuentra con una noticia que, en un mundo con memoria, no debería sorprender a nadie: una nueva ronda de imputaciones en la célebre causa de la «mafia de los juicios» laborales. La fiscalía, en un rapto de productividad, ha decidido ampliar el círculo de sospechosos, incluyendo a una nueva pila de abogados, peritos médicos y expertos técnicos. Se los acusa de asociación ilícita, estafa procesal y otros delitos que suenan tan graves como, lamentablemente, habituales.
Lo verdaderamente notable no es el hecho en sí, sino la coreografiada reacción de asombro que genera en algunos círculos. Como si se descubriera por primera vez que el agua moja, se habla de un “duro golpe a las mafias”. La realidad, menos espectacular, es que la investigación simplemente sigue el rastro de migas de pan que estaba a la vista de todos hace años. El sistema judicial, con su característica lentitud, apenas está llegando a conclusiones que el sentido común había alcanzado hace una década. Estas imputaciones no son un punto de llegada, sino la confirmación de que el auto, efectivamente, tiene el motor fundido y recién ahora alguien se digna a levantar el capó para mirar.
El mecanismo: una obra de ingeniería social
Para quien no esté familiarizado con esta fina artesanía delictiva, el mecanismo es de una simpleza que hasta enternece. Un trabajador sufre un accidente laboral, a menudo de carácter leve. Antes de que la Aseguradora de Riesgos del Trabajo (ART) pueda siquiera enviar un telegrama, aparece un abogado, un “especialista”, que le promete la luna y las estrellas. Es el primer eslabón de una cadena perfectamente sincronizada.
El trabajador es derivado a un circuito médico paralelo, donde profesionales de la salud con una asombrosa flexibilidad diagnóstica convierten un esguince en una incapacidad del 30%. Se adjuntan informes psicológicos que detectan un “estrés postraumático severo” por haberse tropezado con un escalón. Cada documento, cada firma, está pensado para construir un relato verosímil ante un juez que gestiona miles de expedientes. Es una industria aceitada y eficiente, una línea de montaje que produce damnificados como si fueran tornillos, con la diferencia de que estos facturan millones.
La aritmética de la incapacidad
El corazón de la estafa reside en la manipulación de los baremos, las tablas que utilizan los peritos para asignar un porcentaje de incapacidad a una lesión. Aquí es donde la medicina se cruza con la matemática creativa. Un perito “amigo” no solo evalúa la lesión principal, sino que empieza a sumar “factores de ponderación” con la generosidad de quien reparte caramelos en una fiesta infantil.
“Limitación funcional”, 15%. “Repercusiones en la vida diaria”, 10%. “Daño psíquico”, 20%. De repente, una lesión que objetivamente podría valer un 5% de incapacidad se transforma en un 45%. La diferencia, en términos de indemnización, es abismal. Se ha pervertido un sistema pensado para compensar un daño real, convirtiéndolo en una lotería donde el número ganador lo decide un perito con la calculadora en una mano y la ética en la otra… o más bien, ausente. El cuerpo humano se vuelve un catálogo de porcentajes a la carta, y la verdad, una variable de ajuste.
El sistema como cómplice necesario
Sería un error, y una simplificación cómoda, pensar que este entramado es obra de un puñado de individuos deshonestos. La verdad, siempre más incómoda, es que la mafia no podría existir sin un sistema que, por acción u omisión, se lo permite. La lentitud crónica de la justicia laboral es el mejor aliado de estos esquemas. Para una empresa o una ART, a menudo es más barato y rápido firmar un acuerdo extrajudicial por una cifra inflada que litigar durante años, aun sabiendo que el reclamo es fraudulento. El sistema incentiva el mal arreglo antes que el buen pleito.
La falta de controles cruzados, la digitalización a medias de los expedientes y una cultura donde la “avivada” es vista con cierta indulgencia, completan el cuadro. La corrupción no es una anomalía externa que ataca al sistema; es un parásito que ha aprendido a vivir dentro de él, alimentándose de sus debilidades. Estas nuevas imputaciones son un analgésico necesario para el dolor de cabeza, pero no curan el tumor. Mientras no se aborden las causas estructurales que hacen de este fraude un negocio tan rentable y de bajo riesgo, estaremos condenados a sorprendernos cíclicamente con la misma noticia, como si cada vez fuera la primera vez.












