El Juicio a los Siete de Chicago: Crónica de un Absurdo Legal

Un escenario para la discordia
Corría el año 1968. El aire estaba cargado, no solo de consignas y gases lacrimógenos, sino de un profundo quiebre social. Una guerra impopular en el sudeste asiático consumía recursos y vidas, mientras en casa la juventud se levantaba contra un sistema que consideraba anacrónico y opresivo. En este caldo de cultivo, un partido político debía celebrar su convención nacional para elegir a su candidato presidencial. El lugar: una importante ciudad del medio oeste, que se preparó para recibir a los delegados y, con bastante menos entusiasmo, a miles de manifestantes.
El gobierno de turno, observando el panorama con la sutileza de un elefante en un bazar, decidió que la protesta era, en sí misma, una amenaza que debía ser neutralizada. Tras los inevitables disturbios, en lugar de analizar las causas del descontento, optó por buscar culpables. Y los encontró, o mejor dicho, los eligió. Un grupo variopinto de ocho hombres fue acusado de orquestar el caos. Teníamos a los líderes del Partido Internacional de la Juventud (Yippies), Abbie Hoffman y Jerry Rubin, cuyo activismo era una performance continua; a los referentes del movimiento estudiantil, Tom Hayden y Rennie Davis; a un pacifista de toda la vida, David Dellinger; y a dos académicos, John Froines y Lee Weiner. El octavo era Bobby Seale, de las Panteras Negras. Su “crimen” colectivo: haber viajado hasta allí con la intención de armar lío.
La Ley y el (des)Orden
Para imputar a los acusados, el Departamento de Justicia desempolvó una normativa reciente, conocida como la Ley Rap Brown. Dicha ley, irónicamente parte de la Ley de Derechos Civiles de 1968, convertía en delito federal el cruzar fronteras estatales con la intención de incitar, organizar, promover o participar en un motín. Era una pieza legal de una flexibilidad admirable, que permitía al Estado juzgar no ya las acciones, sino las intenciones. De repente, tener malos pensamientos mientras uno cambiaba de estado en el auto era motivo suficiente para sentarse en el banquillo. La acusación era, en esencia, un intento de criminalizar la disidencia misma, presentándola como una conspiración foránea y no como una respuesta local y genuina al clima político.
El juicio comenzó en septiembre de 1969 y desde el primer día quedó claro que la solemnidad judicial iba a tener que competir con el absurdo. Al frente del tribunal estaba el juez Julius Hoffman, un hombre de 74 años que parecía disfrutar de su propio poder más que de la aplicación de la ley. Sus intercambios con los acusados y sus abogados, William Kunstler y Leonard Weinglass, fueron legendarios. Hoffman no ocultaba su desprecio por el aspecto, las ideas y la actitud de los hombres a los que juzgaba. Repartió cargos por desacato con una generosidad pasmosa, sancionando desde interrupciones y risas hasta el simple hecho de no ponerse de pie con la celeridad que él consideraba apropiada.
El Octavo Hombre: Un Problema de Protocolo
El caso de Bobby Seale merece un capítulo aparte. Seale, cofundador de las Panteras Negras, se encontró en una situación kafkiana. Su abogado principal no podía asistir por una cirugía de emergencia. Seale pidió entonces dos cosas muy razonables: o que se pospusiera el juicio para que su abogado pudiera representarlo, o que se le permitiera defenderse a sí mismo. El juez Hoffman, en una demostración de criterio legal que pasaría a la historia, le negó ambas. Consideró que ya estaba siendo representado por los abogados de los otros siete, a pesar de que Seale nunca los había contratado. Ante la insistencia de Seale por ejercer su derecho constitucional, la respuesta del tribunal fue una escalada de autoritarismo. Primero, advertencias. Luego, la expulsión de la sala. Finalmente, la infame decisión: ordenó que trajeran a Seale a la corte atado a una silla y amordazado. Durante varios días, el juicio continuó con un hombre encadenado y silenciado en el banquillo de los acusados. La imagen era tan brutal y contraproducente que finalmente el juez declaró nulo el juicio para Seale, separándolo del caso y sentenciándolo a cuatro años de prisión por desacato. Problema resuelto.
Veredicto y Legado: La Justicia es un Telón que Cae
Después de casi cinco meses de un espectáculo que tenía poco de legal y mucho de circense, el jurado emitió su veredicto en febrero de 1970. Froines y Weiner fueron absueltos de todos los cargos. Los otros cinco –Hoffman, Rubin, Hayden, Davis y Dellinger– fueron absueltos del cargo de conspiración, pero condenados por cruzar fronteras estatales para incitar a un motín. Las sentencias fueron de cinco años de prisión y una multa de 5.000 dólares para cada uno. Pero el juez Hoffman tenía una última carta: sentenció a los siete acusados y a sus dos abogados a largas penas de prisión por un total de 175 cargos de desacato al tribunal. Era su gran acto final.
Sin embargo, el guion todavía no había terminado. Dos años más tarde, un tribunal de apelaciones, con bastante más sentido común, revocó todas las condenas. Los motivos eran tan obvios que resultaban bochornosos para el sistema: la actitud abiertamente antagónica y parcial del juez Hoffman y los errores en el proceso, como la investigación ilegal del FBI sobre los jurados. Las condenas por desacato también fueron, en su mayoría, anuladas. Al final del día, nadie cumplió la pena por la que fueron juzgados. El Estado había gastado una pila de guita y energía en un montaje monumental que terminó en nada.
El juicio a los Siete de Chicago no fue realmente sobre la culpabilidad o inocencia de un grupo de hombres. Fue una manifestación del poder estatal intentando trazar una línea, un mensaje a cualquiera que pensara en desafiar el statu quo. Fue un intento de usar el martillo de la ley para aplastar ideas. El hecho de que fracasara de manera tan espectacular, convirtiendo a los acusados en íconos y al juez en una caricatura de la tiranía, es quizás la ironía más deliciosa de toda esta historia. Demostró que, a veces, ni siquiera con todo el peso del aparato judicial se puede evitar que la gente haga quilombo cuando siente que tiene razón.












