Zanele Muholi y la polémica del dinero público en el arte explícito

Cuando la Fotografía Incomoda al Poder
Surge, cada tanto, una situación de una previsibilidad casi reconfortante. Una artista, Zanele Muholi en este caso, decide usar su cámara para algo más que paisajes amables o retratos corporativos. Decide, en cambio, crear un archivo visual, un testimonio de existencia para una comunidad sistemáticamente empujada a los márgenes. Y en este proceso, algunos de los cuerpos retratados aparecen desnudos. Aquí es donde el guion se vuelve fascinante. Un funcionario de alto rango, cuya apreciación del arte parece detenida en el siglo XIX, declara que las obras son inmorales, una ofensa, y lo más grave de todo, que fueron financiadas con dinero público. La indignación es mayúscula.
Se desata una tormenta en un vaso de agua, pero una que revela con una claridad meridiana las verdaderas tensiones. El problema nunca es la obra en sí, sino a quién representa y qué mirada desafía. El Estado, al parecer, se siente cómodo financiando el arte siempre y cuando este no le devuelva una imagen de la sociedad que prefiere ignorar. Se espera del artista una función decorativa, un servicio de embellecimiento de la realidad. Cuando el arte se convierte en espejo, y el reflejo es crudo, honesto y sin filtros, la reacción no es la reflexión, sino el intento de romper el espejo. La queja no es sobre la estética, sino sobre la política de la presencia.
El Cuerpo como Manifiesto Político
Para entender la supuesta ofensa, hay que observar el trabajo de Muholi. No con los ojos del censor, sino con un mínimo de inteligencia visual. Tomemos sus series fotográficas. No son instantáneas casuales. Son composiciones meticulosamente estudiadas, herederas de una larga tradición retratista. El uso del blanco y negro, por ejemplo, no es un capricho estético. Es una decisión que despoja a la imagen de toda distracción cromática para concentrar la atención en la forma, la textura de la piel, la luz y, fundamentalmente, la mirada del sujeto. Le otorga una cualidad monumental, casi escultórica, a personas a las que la historia les ha negado esa dignidad.
Cada retrato es una confrontación directa. Los sujetos miran a la cámara, y por extensión, al espectador. No hay sumisión, no hay una pose que invite a la objetivación. Hay una afirmación rotunda: “Estoy aquí. Mírame”. Esta devolución de la mirada es, quizás, el verdadero acto subversivo. Durante siglos, el arte ha utilizado el cuerpo, especialmente el cuerpo disidente o femenino, como un objeto pasivo para el consumo visual. Muholi invierte esa dinámica. La persona retratada tiene el control, tiene la agencia. El espectador ya no es un consumidor anónimo y poderoso; es un interlocutor que debe enfrentarse a la humanidad directa de quien está del otro lado de la lente.
¿Pornografía o Documento? Una Falsa Dicotomía
La acusación de “pornografía” es el recurso más predecible y perezoso del repertorio censor. Es una etiqueta que se arroja sobre cualquier representación del cuerpo que no se ajuste a los cánones comerciales o que genere una pizca de incomodidad. Es una simplificación grosera que busca anular cualquier debate. La pornografía, en su definición funcional, reduce al individuo a un mero objeto de estímulo sexual, despojándolo de su subjetividad. El trabajo de Muholi hace exactamente lo opuesto: utiliza el cuerpo y la desnudez para construir y afirmar una subjetividad que ha sido negada.
La desnudez aquí no es una invitación al deseo, es una declaración de vulnerabilidad y, a la vez, de una fuerza inmensa. Es mostrarse sin las armaduras sociales, sin los significantes de la ropa, para revelar una verdad humana fundamental. La ironía es que quienes gritan “pornografía” viven inmersos en una cultura visual saturada de imágenes que sí objetivizan y comercializan el cuerpo de forma explícita. Pero esa imaginería es aceptable, porque vende desde un auto hasta un yogur y refuerza, en lugar de cuestionar, las estructuras de poder existentes. Parece que el cuerpo solo es aceptable cuando genera ganancias o se mantiene dócil.
El Precio de la Visibilidad
Y así llegamos al corazón financiero del asunto: el dinero público. La queja no es solo moral, es fiscal. “¡No con mi dinero!”. Es un argumento que presume que los fondos públicos deben destinarse únicamente a proyectos que generen un consenso masivo y complaciente. Una idea profundamente equivocada sobre el propósito de la cultura en una sociedad que se pretende abierta. El rol del mecenazgo estatal no es producir obras inofensivas que decoren las paredes sin molestar a nadie. Su función es, precisamente, financiar las exploraciones que el mercado no haría, apoyar las voces que no tienen espacio en los circuitos comerciales y catalizar conversaciones difíciles pero necesarias.
Pagar por un arte que nos confronta es una de las mejores inversiones que una sociedad puede hacer. Es el costo de la autocrítica, el precio de la memoria y la visibilidad. Al final del día, toda la controversia no hizo más que darle la razón a Muholi de una manera espectacular. La reacción virulenta de ciertos sectores del poder político y mediático fue la prueba en vivo y en directo de la existencia de los prejuicios y la hostilidad que su obra denuncia. Los críticos, en su intento por silenciarla, se convirtieron en los protagonistas involuntarios que confirmaron la tesis de la artista. Hay que tener una pila de coraje para crear una obra así, y los resultados demuestran que, a veces, el arte más necesario es precisamente aquel que algunos preferirían no haber visto jamás.












