Cabello/Carceller: Crítica institucional más allá de la controversia

La obra de Cabello/Carceller trasciende la noción de controversia para articular una profunda crítica a las estructuras de poder y representación.
Un plato de espaguetis con diferentes colores y formas, algunos perfectamente cocidos y otros crudos o rotos, servido con un tenedor torcido. Representa: Cabello/Carceller han explorado la diversidad sexual en su obra lo que puede generar controversia

Más allá del escándalo prefabricado

Resulta casi conmovedor, en su simpleza, el impulso de etiquetar la producción de Helena Cabello y Ana Carceller bajo el rótulo de «controversial». Es un atajo mental, un cómodo refugio para evitar el trabajo, ciertamente arduo, de pensar. La premisa de que su obra genera polémica por abordar la «diversidad sexual» es una falacia tan extendida como perezosa. Supone que el dúo de artistas se dedica, desde los años noventa, a una suerte de activismo de shock, agitando banderas de colores para escandalizar a una burguesía que, a esta altura del partido, necesita estímulos bastante más potentes para levantar una ceja. Reducir su laburo a eso es, francamente, no haber entendido nada. La verdadera incomodidad, la genuina fricción que proponen, no reside en el qué, sino en el cómo. No se trata de mostrar un beso entre dos mujeres, como en su ya mítica pieza de video Un Beso de 1996. Cualquiera con acceso a un noticiero puede ver eso. El punto de quiebre conceptual en esa obra no es el beso en sí, sino su repetición en bucle, su estiramiento hasta el agotamiento. Cabello/Carceller no nos dicen «miren, dos mujeres se besan, qué transgresor». Nos obligan a mirar hasta que el acto pierde su carga de evento y se convierte en otra cosa: en un signo vaciado, en la representación de una representación. Critican el mecanismo por el cual los medios y la cultura fagocitan un gesto de disidencia para convertirlo en un producto de consumo más, tan inofensivo como un aviso de gaseosa. La «controversia», entonces, no es para el espectador que se tapa los ojos, sino para el que los abre y se da cuenta de que le están mostrando los hilos del teatrito.

El guion como dispositivo de control

Una de las «revelaciones» más obvias para quien se toma el mínimo trabajo de investigar su método es el uso recurrente del guion, la partitura o las instrucciones. Lejos de buscar una expresividad espontánea o una «autenticidad» del sujeto retratado, Cabello/Carceller introducen un dispositivo de mediación que pone todo en jaque. Este es el motor conceptual de una pila de sus proyectos más significativos. En series como Archivo T, iniciado en 2002, el mecanismo es de una lucidez brutal. Personas trans leen ante la cámara relatos de vida que no son los suyos, sino los de otras personas trans. ¿Qué ocurre ahí? Se dinamita la expectativa voyeurista de acceder a una «verdad» íntima y confesional. El espectador, que llegó buscando el morbo de la historia de vida, se topa con un cortocircuito: la identidad no se presenta como una esencia interior, sino como una narrativa construida, intercambiable, performada. El guion funciona como una jaula y a la vez como una herramienta de liberación, exponiendo que toda identidad, en el fondo, se articula a través de guiones sociales preexistentes. No celebran la diversidad como un carnaval de identidades fluidas y felices; más bien, nos sientan en una silla y nos obligan a contemplar la maquinaria social que produce y regula esos cuerpos y esas vidas. Es un laburo quirúrgico, casi forense. Desmontan el auto para que veamos que el motor de la «autenticidad» está hecho de piezas fabricadas en serie.

La coreografía del poder institucional

Si la crítica a los guiones sociales es un pilar, el otro es, sin duda, la interpelación directa a la institución que los acoge: el museo, la galería, la bienal. Sería de una ingenuidad pasmosa creer que Cabello/Carceller simplemente «usan» el espacio de arte para «dar visibilidad» a ciertas temáticas. Lo que hacen es mucho más corrosivo: exponen las reglas de ese mismo espacio. Su obra es un caballo de Troya. Pensemos en Autorretrato como fuente (2001), una pieza que no puede ser más explícita en su diálogo con la historia del arte. Al reinterpretar la obra de Bruce Nauman, a su vez una relectura de Duchamp, introducen un cuerpo femenino que escupe agua, alterando una genealogía artística patentemente masculina. No es un capricho. Es una declaración sobre quién tiene el poder de inscribirse en la historia, quién es el «sujeto» del arte y quién es el «objeto». Su proyecto para el Pabellón Español en la Bienal de Venecia de 2015, titulado Los sujetos, fue la culminación de esta estrategia. En lugar de llenar el pabellón con obras vistosas sobre la «identidad española» (otro guion absurdo), lo dejaron prácticamente vacío. El protagonismo recaía en una publicación y una pieza sonora, obligando al visitante a cuestionar la misma noción de representación nacional y el rol del artista como productor de símbolos patrios. Dejaron en evidencia el quilombo que supone representar a «un país». No llevaron la disidencia al museo; demostraron que el museo es, en sí mismo, un aparato de poder con su propia coreografía de inclusión y exclusión. Y ellas decidieron no bailar la música que les ponían, sino cambiar el disco.

Una poética de la indefinición

Sumando las partes, el panorama que emerge es el de una poética de la ambigüedad y la indefinición. El objetivo final de Cabello/Carceller no parece ser el de ofrecer respuestas claras o moralejas edificantes sobre la tolerancia. Por el contrario, su trabajo se regodea en la pregunta, en la suspensión del juicio. Crean situaciones y dispositivos que generan más dudas que certezas, y esa es precisamente su potencia política. Piezas como Bailar en la oscuridad (2005), donde un grupo de personas baila en un espacio apenas iluminado siguiendo instrucciones dispares, o la serie fotográfica Off-Scene (2008), que captura momentos fuera de campo, de preparación o descanso en contextos de protesta, apuntan a ese lugar intermedio. Les interesa el «entre», el «casi», el «fuera de». No buscan la imagen icónica y empoderada, sino la imagen que revela su propia construcción, su fragilidad. Le ponen una pila de pensamiento a evitar la clausura de sentido. Por eso, volver a la idea inicial de la «controversia» por motivos de «diversidad sexual» es quedarse en la puerta del boliche. Es el equivalente a decir que Moby Dick es un libro sobre pesca. La obra de Cabello/Carceller es un complejo andamiaje conceptual que lleva tres décadas desafiando no nuestros prejuicios morales, que a esta altura son casi irrelevantes, sino nuestra comodidad intelectual. Nos piden que trabajemos, que conectemos los puntos, que desconfiemos de lo que vemos y, sobre todo, que nos hagamos cargo de nuestra propia posición como espectadores. Su proyecto no es polémico; es exigente. Y en un mundo que prefiere el eslogan al análisis, quizás esa sea la verdadera y única provocación que importa.