Pobre el petizo orejudo, quizo crecer y no pudo.
Corría el año 1896, y en una Buenos Aires que todavía no sabía si quería ser París o Nápoles con subte, nacía Cayetano Santos Godino. Un bebé con orejas tipo parabólica y una mirada que decía que aterraba al mismisimo lucifer.
Lo apodaron “El Petiso Orejudo” porque en este país si matás gente no importa, pero si sos petiso con orejas grandes, eso sí se comenta.

Desde pibe mostró un gran talento… para todo lo que no deberías hacer: mataba pajaritos, torturaba gatos, prendía fuego cosas porque sí y tenía más violencia que la epoca misma.
Tenía 7 años y ya era más temido en el barrio.
Ya a los 10 años, Cayetano decidió que el bullying escolar no era suficiente y que era momento de nivelar para arriba: empezó a atacar y matar chicos, así como quien prueba un hobby nuevo.
Su especialidad: golpear pibitos, estrangularlos, prenderles fuego….
Pero claro, como era menor de edad, la policía lo soltaba como si fuera un pobre pibe que cayó en el delinque por la marginalidad, porque en Argentina siempre fuimos pioneros en la impunidad juvenil.
El pibe no era solo violento, también era creativo: le encantaba prender fuego cosas. Escuelas, galpones, lo que venga.
Cuando lo interrogaban, decía que le gustaba “ver trabajar a los bomberos”. Un pibe curioso y proactivo a experimentar, un hombre que resuelve.
Entre 1904 y 1912, mató a 4 chicos, intentó matar a otros 7, y nadie lo frenaba. No porque fuera escurridizo, sino porque cada vez que caía, lo largaban por “problemas mentales”.
Y sí, problemas mentales tenía… pero también una sociedad que miraba para otro lado mientras el Petiso armaba su propio historial de horror.
Finalmente, después de encontrar el cuerpo de un nene en un baldío (spoiler: adiviná quién fue), lo agarraron.
Fue condenado en 1912 y lo mandaron a Ushuaia, a la cárcel más austral, fría y desquiciada del país. Ahí duró unos años hasta que otros presos lo mataron, aparentemente por matar al gato del penal.
O sea, el asesino serial de chicos muere por un gato. Irónico, poético… y 100% argentino.
La historia del Petiso Orejudo no es solo sobre un asesino, sino sobre un país que siempre tuvo talento para minimizar lo importante y exagerar lo irrelevante.
Lo que hoy sería una alerta temprana con psicólogos, asistentes sociales y programas de intervención, en 1900 fue un “¡Eh, che, que el pibe está medio loquito nomás!”












