Clausura 2009: el día que le robaron la corona a Huracán
Argentina, país generoso. Tierra donde los asados son religión, el dólar tiene más personalidades que Susana Giménez y los títulos se definen con una sutileza arbitral digna de un reality show conducido por el Chiqui Tapia. En este paisaje tan pintoresco, se escribió uno de los capítulos más surrealistas del fútbol criollo: el Vélez-Huracán del Clausura 2009, o como se lo conoce popularmente, «el día que la justicia fue al baño y se olvidó de volver».

Corría una tarde templada del 5 de julio. Huracán llegaba con el torneo prácticamente en la mano. Solo le faltaba firmar la entrega. Pero claro, eso hubiera sido demasiado aburrido. ¿Qué sentido tiene un campeonato sin polémica? Ahí entró en escena Gabriel Brazenas, árbitro y, a partir de esa tarde, leyenda involuntaria del absurdo.
El partido transcurría con normalidad, dentro del margen permitido para un final de campeonato argentino (o sea: patadas, tensión, gente puteando al que vende gaseosa). Huracán, con su fútbol lírico y utópico, intentaba sobrevivir en la jungla de Liniers. Y Vélez, con más oficio que arte, hacía lo suyo. Hasta que ocurrió: minuto 83, centro al área, Monzón va a cortar y Larrivey decide practicar lucha grecorromana. Resultado: arquero desparramado, pelota suelta, gol de Vélez. Y Brazenas, emocionado hasta las lágrimas, valida el tanto como si hubiera sido obra del mismísimo Messi.
Sí, porque en este país no se necesita tecnología para arruinar un partido. Se necesita coraje, personalidad y un ojo clínico que pueda confundir una falta con un desayuno continental. ¿Falta al arquero? Nah. En la Argentina, si el arquero no pierde un diente o no se le sale una rótula, siga siga.
¿El VAR? No existía. ¿La cordura? Menos. ¿Brazenas? Al parecer, estaba en otro plano espiritual, probablemente diseñando su retiro, que –coincidencias de la vida– ocurrió justo después de ese partido. Nada como despedirse con una obra maestra de la controversia.
Lo curioso es que, mientras Vélez levantaba la copa entre papelitos y abrazos, el resto del país se preguntaba si ese título valía doble o si venía con certificado de origen trucho. Porque si algo quedó claro, es que Huracán fue perjudicado con la delicadeza de un ladrón en sandalias. Las patadas no se cobraron, los fouls tampoco, y el gol… bueno, el gol fue una hermosa alegoría del “vale todo”.
Y así, Vélez fue campeón. Y Huracán, ese equipo de ensueño que jugaba como si la pelota tuviera sentimientos, se fue a su casa con el corazón roto y la certeza de que en el fútbol argentino, a veces la AFA tiene más peso que el gol.
En fin. Dicen que el fútbol da revancha. Lo que no dicen es cuándo ni si va a haber árbitro para cobrarla.












