Paul McCarthy y el árbol inflable que ofendió a una ciudad

La instalación ‘Tree’ del artista Paul McCarthy generó una violenta controversia pública por su ambigüedad formal y su parecido con un juguete sexual.
Una gran rosquilla inflable, con una muesca en el centro, siendo empujada a la fuerza hacia un agujero en el suelo. Representa: Paul McCarthy fue agredido y denunciado por su escultura inflable 'Tree' en París, percibida como un plug anal

El arte como espejo incómodo

Uno podría pensar que, a estas alturas de la civilización, una forma abstracta no debería causar más que indiferencia o, con suerte, una pizca de curiosidad. Sin embargo, en una de las plazas más ostentosas del mundo, apareció un día un objeto inflable de 24 metros de altura, de un verde tan intenso como ambiguo. El artista, Paul McCarthy, lo tituló ‘Tree’. Un árbol. Una interpretación, si se quiere, minimalista y festiva de un pino navideño. Pero una pila de gente, aparentemente muy observadora, vio otra cosa. Vieron, con una claridad que asustaría a cualquier psicoanalista, un juguete sexual de proporciones épicas.

El escándalo no se hizo esperar. De repente, el debate público no giraba en torno a la pertinencia del arte contemporáneo en espacios históricos, ni sobre la relación entre lo efímero y lo monumental. No. El debate era sobre si esa cosa verde era, efectivamente, un consolador gigante. McCarthy, un veterano de la provocación artística, no es ningún ingenuo. Su obra entera es un comentario ácido sobre la cultura de consumo, los íconos infantiles y las represiones de la sociedad occidental. Por supuesto que la forma era deliberadamente ambigua. La pieza funcionaba como un test de Rorschach a gran escala: el artista propuso una mancha verde y abstracta, y una parte del público proyectó en ella sus propios tabúes. El problema, claro está, nunca fue el árbol. El problema fue el espejo.

La delgada línea entre provocación y agresión

La disconformidad, que podría haberse quedado en columnas de opinión o en acaloradas discusiones de café, dio un salto cualitativo hacia la barbarie. El propio McCarthy, un hombre que por entonces se acercaba a los 70 años, fue abordado por un transeúnte que, tras increparlo por su nacionalidad y la supuesta “humillación” que su obra representaba, le dio tres bofetadas. Un acto de una elocuencia brutal. La respuesta física ante una idea. La agresión como única herramienta crítica frente a aquello que no se comprende o, peor aún, que se comprende demasiado bien.

Este incidente revela una verdad incómoda sobre las expectativas que se depositan en el arte público. Pareciera existir un contrato no escrito según el cual el arte en la calle debe ser, ante todo, decorativo. Inofensivo. Un fondo agradable para las fotos de los turistas. Una pieza como ‘Tree’ rompe ese pacto de mediocridad. No pide ser admirada, sino interpretada. Y al hacerlo, obliga al espectador a confrontarse con sus propios prejuicios. La violencia contra el artista no fue más que la manifestación más primitiva de ese cortocircuito mental: la incapacidad de procesar un símbolo que perturba la calma chicha de lo cotidiano.

Cuando el símbolo se desinfla

La obra, ya convertida en epicentro de una tormenta mediática, tuvo un final tan predecible como simbólico. Durante la noche, manos anónimas cortaron los cables que mantenían erguido al inflable, que colapsó sobre sí mismo en un montón de plástico inerte. El gran falo verde, el árbol de la discordia, yacía vencido. Pero es en este punto donde la genialidad del artista, o quizás del puro azar, completó la obra. McCarthy, en lugar de insistir, luchar y volver a inflar su creación, decidió retirarla.

Declaró que no quería convertirse en parte de una dinámica de confrontación violenta. Con esa decisión, el acto de vandalismo y la agresión previa dejaron de ser un ataque a la obra para convertirse en su clímax. La pieza ya no era el objeto, sino todo el suceso: la instalación, la indignación, el sopapo, el colapso y, finalmente, el vacío. El espacio que dejó ‘Tree’ en aquella plaza se cargó de un significado mucho más potente que el que jamás tuvo el objeto físico. La ausencia se volvió la verdadera declaración.

Una verdad de perogrullo sobre la forma y el fondo

Analizar lo que pasó es casi un ejercicio de obviedad. Cualquiera con dos dedos de frente y un mínimo conocimiento de la trayectoria de Paul McCarthy sabe que su trabajo consiste precisamente en esto: tomar símbolos de la cultura popular —Santa Claus, los enanitos de Blancanieves, un árbol de Navidad— y retorcerlos para exponer su lado oscuro, su conexión con el consumismo desaforado, la violencia latente y el sexo reprimido. ‘Tree’ no fue una excepción, fue una confirmación de su método.

El verdadero espectáculo no fue la escultura, sino la reacción. Una sociedad que se precia de su sofisticación cultural y su liberalismo se rasgó las vestiduras por una forma. No por una declaración explícita, no por una imagen pornográfica, sino por una silueta abstracta que resonó con una idea considerada tabú. La obra funcionó a la perfección, quizás incluso mejor de lo que el propio McCarthy esperaba. Demostró, con hechos, que bajo la superficie de las buenas costumbres y la corrección política, subyacen ansiedades y una moralina sorprendentemente frágil. No se vandalizó un inflable; se intentó acallar un reflejo que resultaba insoportable. Al final, la obra de arte más interesante que surgió de todo esto fue el retrato involuntario de una comunidad ofendida por sus propias asociaciones mentales. Un auto-sabotaje cultural en toda regla.