Marina Abramović: El Arte, el Riesgo y las Demandas por Lesiones

El Contrato no escrito del Espectador
Parece una revelación de sobremesa de domingo, pero resulta que llevar el cuerpo al límite tiene consecuencias. En el universo de Marina Abramović, el cuerpo no es solo un vehículo, es el lienzo, la materia prima y, a veces, el campo de batalla. Su obra nos invita, con una seriedad casi litúrgica, a presenciar o participar en actos de resistencia física y mental. Desde latiguearse hasta permanecer inmóvil durante horas, la artista ha hecho de su propia vulnerabilidad un espectáculo. Y acá, che, empieza el quilombo conceptual y, cómo no, el legal. El espectador que cruza el umbral de una galería para ver a Abramović no va a ver un óleo. Firma, sin saberlo, un contrato tácito de incomodidad. Acepta ser testigo de algo que pone a prueba las convenciones. Pero, ¿qué pasa cuando la performance exige más que la simple mirada? ¿Qué pasa cuando el arte te puede lastimar de verdad? La fina línea entre la participación artística y el accidente laboral o la lesión personal se vuelve peligrosamente borrosa. El aura de trascendencia que rodea su figura a menudo nos hace olvidar que detrás del mito hay una persona de carne y hueso, operando en un mundo con abogados que, créanme, tienen muy poca paciencia para las metáforas sobre el sufrimiento.
Cuando la Performance Termina en Tribunales
La abstracción del riesgo se hizo dolorosamente concreta con la demanda interpuesta por el director de teatro Jay Scheib. Durante los ensayos de la obra “The Life and Death of Marina Abramović” en 2011, Scheib sufrió una lesión en la pierna. Según la demanda, una pared escenográfica mal asegurada cayó sobre él. El director no solo demandó al Manchester International Festival, donde se presentaba la obra, sino también a la propia Abramović. Este caso es una joya para entender la encrucijada del arte performático. No se trataba de un espectador exaltado, sino de un colaborador profesional. La defensa podría argumentar “riesgo asumido”, ese concepto tan querido en los deportes extremos y, por extensión, en el arte extremo. Sin embargo, un tribunal no analiza el valor simbólico de una pared que cae; analiza la negligencia, los protocolos de seguridad y las responsabilidades contractuales. La demanda de Scheib, que pedía más de 250.000 libras, arrastró la performance desde el pedestal del arte elevado hasta el prosaico banco de los acusados. De repente, el debate ya no era sobre los límites del arte, sino sobre la cobertura del seguro y las normativas de seguridad laboral. Una verdad incómoda: el laburo más conceptual del mundo sigue siendo, a los ojos de la ley, un laburo.
Rhythm 0: La Invitación al Caos y sus Ecos Legales
Retrocedamos a 1974. Abramović realiza Rhythm 0, una de sus obras más emblemáticas y aterradoras. Durante seis horas, permaneció pasiva mientras el público podía usar contra ella cualquiera de los 72 objetos dispuestos en una mesa. Había una rosa, miel, tijeras, un látigo y, sí, una pistola cargada con una bala. Ella asumió toda la responsabilidad. La gente, previsiblemente, pasó de la caricia al corte, llegando a ponerle el arma cargada en la cabeza. La performance terminó cuando alguien intervino. Ahora, pongamos esa misma obra en el siglo XXI. Es un escenario que haría transpirar a un batallón de abogados. Hoy, la “responsabilidad” que ella asumía sería despedazada por conceptos como el deber de cuidado y la incitación a la violencia. Sería imposible realizarla sin una pila de descargos de responsabilidad que, probablemente, ningún juez consideraría válidos ante un daño grave. Rhythm 0 expone la cruda realidad de que la libertad artística total es una utopía legal. Su poder radicaba en una confianza (o una temeridad) que el andamiaje legal y social actual simplemente no permitiría. La única razón por la que no terminó con una montaña de demandas fue porque ocurrió en un momento y un contexto donde las cosas, para bien o para mal, eran distintas. Hoy, el mayor riesgo no sería la bala, sino la inevitable notificación judicial.
El Arte como Producto y el Artista como Marca Asegurable
Y así llegamos a la ironía final, la que cierra el círculo de manera perfecta y un poco triste. Marina Abramović ya no es solo una artista de vanguardia; es una marca global. El “Método Abramović” se enseña, sus performances más famosas son recreadas por otros artistas bajo su estricta supervisión. Y esto, claro, requiere una estructura. Contratos, seguros, protocolos. El Instituto Marina Abramović (MAI) no es un happening anárquico, es una organización con responsabilidades legales. La artista que una vez ofreció su cuerpo al caos ahora gestiona el riesgo como una corporación. La performance, que nació como un grito contra la mercantilización del arte, se ha convertido en un producto de lujo, perfectamente empaquetado y, sobre todo, asegurado. El riesgo ya no es una fuerza existencial impredecible, sino una variable calculada en una póliza. La transgresión está permitida, siempre y cuando esté contemplada en la cláusula 4, apartado B. No es una crítica, sino la constatación de una evolución inevitable. El arte que coquetea con el peligro, para sobrevivir y expandirse, tuvo que aprender el lenguaje de los actuarios y los corredores de seguros. La mayor performance de Abramović, quizás, sea esta: haber transformado la vulnerabilidad más extrema en un activo cultural blindado. Un auto de alta gama que parece diseñado para chocar, pero que viene con todos los airbags y el mejor seguro contra todo riesgo.












