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Juicios de Salem: Crónica de una Histeria Colectiva

Los juicios por brujería de 1692 manifestaron las tensiones sociales, religiosas y económicas de una comunidad puritana a través de la persecución legal.
Un grupo de gatos, todos con sombreros de bruja puntiagudos, sentados en un círculo, apuntando con sus patas a un único ratón que tiembla en el centro. Representa: Juicios de Salem

El Cóctel Perfecto para el Desastre

Uno podría pensar que para desatar el infierno en la Tierra hace falta un plan maestro, una conspiración de mentes perversas. La realidad, como siempre, es mucho más mediocre. A veces solo se necesita una comunidad aislada, una pila de ansiedades no resueltas y un par de chispas para que todo vuele por los aires. Aquel infame pueblo de 1692 era el escenario ideal. Una sociedad puritana, convencida de su propia rectitud, pero carcomida por el miedo: miedo a la naturaleza salvaje que los rodeaba, a las incursiones de los nativos y, sobre todo, miedo a la ira de un Dios que exigía una pureza inalcanzable.

A este caldo de cultivo se le sumaron ingredientes más terrenales. Había una fuerte disputa económica y social entre la zona rural del pueblo y el área más próspera y comercial. Las familias se miraban con recelo por los límites de sus tierras. Y para coronar el cuadro, la comunidad estaba dividida por la elección de su reverendo, Samuel Parris, un hombre cuya rigidez doctrinal no hacía más que echar leña al fuego de la paranoia colectiva.

La chispa final llegó desde su propia casa. Su hija, Betty Parris, y su sobrina, Abigail Williams, comenzaron a sufrir unos ataques convulsivos que ningún médico lograba explicar. Gritos, contorsiones, estados de trance. Ante la ausencia de un diagnóstico científico, la comunidad recurrió al manual de siempre: obra del Diablo. La brujería era la única explicación que dejaba intacta su visión del mundo. Era más fácil culpar a un agente externo que admitir las fisuras profundas que estaban partiendo su sociedad en dos.

La Justicia se Toma Vacaciones

Una vez que se nombra al enemigo, lo que sigue es la cacería. Y para eso, se necesita un aparato legal que la legitime. Se estableció un tribunal especial, la Corte de Oyer and Terminer (“Oír y Determinar”), para encargarse de los casos. Su proceder fue un monumento a la arbitrariedad. Los magistrados, como John Hathorne, no actuaban como jueces imparciales, sino como fiscales convencidos de antemano de la culpabilidad del acusado. El interrogatorio no buscaba la verdad, sino la confesión.

La estrella del proceso fue la llamada “prueba espectral”. Según esta brillante teoría, una bruja podía enviar su espectro o espíritu a atormentar a sus víctimas, y el testimonio de la persona atormentada era prueba suficiente para condenar. Era un sistema perfecto: no requería evidencia física, era imposible de refutar y le daba todo el poder a los acusadores. Si una de las “chicas afligidas” gritaba tu nombre en medio de un ataque, estabas perdido. Tu reputación, tu vida de devoción, no valían nada. El espectáculo en la corte era dantesco: las acusadoras se retorcían en el suelo, afirmando ser pellizcadas y mordidas por los espectros de los acusados presentes en la sala. La defensa legal era, por supuesto, inexistente.

Confesar o Morir: Un Dilema Práctico

El sistema no solo era injusto, sino que creaba un incentivo perverso. La lógica puritana dictaba que una bruja que confesaba su pacto con el Diablo se arrepentía, y por lo tanto, podía ser salvada. Su alma quedaba en manos de Dios, pero el Estado le perdonaba la vida a cambio de información. Es decir, a cambio de más nombres. Así, la maquinaria se retroalimentaba. Los primeros acusados, como la esclava Tituba, entendieron rápido las reglas del juego: confesar, inventar historias de aquelarres y señalar a otros era la única vía de escape.

Quienes se aferraban a su inocencia, en cambio, estaban firmando su sentencia de muerte. Negar la acusación era visto como un acto de soberbia diabólica, un desafío a la autoridad de la corte y, por ende, a la de Dios. Personas como Rebecca Nurse, una anciana respetada por toda la comunidad, fueron declaradas inocentes por el jurado en un primer momento, pero la presión de los jueces y el clamor de las “afligidas” obligaron a reconsiderar el veredicto. Fue condenada y ahorcada. El caso más extremo fue el de Giles Corey, un granjero de 81 años que se negó a declararse culpable o inocente para evitar un juicio que sabía amañado y proteger sus bienes para sus herederos. La ley, en su infinita sabiduría, dictaba que se le aplicara la “peine forte et dure”: fue aplastado lentamente bajo el peso de grandes rocas durante dos días hasta morir. Sus últimas palabras fueron, según la leyenda, “Más peso”.

La Resaca Moral y el Olvido Conveniente

Todo sistema basado en la irracionalidad eventualmente colapsa por su propio peso. La histeria se detuvo no por un súbito ataque de lucidez, sino porque la lista de acusados empezó a incluir a personas demasiado importantes, incluida la esposa del gobernador William Phips. De repente, la “prueba espectral” ya no parecía tan fiable. El gobernador disolvió la corte y prohibió más arrestos. La maquinaria se detuvo tan rápido como se había puesto en marcha.

Lo que vino después fue una lenta y torpe resaca moral. Años más tarde, el gobierno anuló formalmente muchas de las condenas y ofreció compensaciones económicas a las familias de las víctimas. Algunos de los protagonistas, como el juez Samuel Sewall, pidieron perdón públicamente por su papel en los juicios. Pero este arrepentimiento colectivo esconde una verdad mucho más incómoda. Los juicios de Salem no fueron simplemente un episodio de locura masiva. Fueron también una herramienta. Una herramienta para saldar viejas cuentas, para deshacerse de vecinos molestos, para que ciertas facciones ganaran poder sobre otras. Las acusaciones siguieron patrones muy claros, afectando a quienes desafiaban las normas sociales o económicas de la comunidad.

Es más fácil recordar la historia como una fábula sobre los peligros de la superstición. Nos permite pensar que hemos superado esa etapa, que nuestro mundo racional está a salvo de tales desvaríos. Pero la lección real es otra. La lección es sobre cómo la naturaleza humana, con sus miedos, ambiciones y resentimientos, puede tomar el auto de la ley y la religión y conducirlo directamente hacia el abismo. Y esa es una verdad que, incluso hoy, preferimos no mirar demasiado de cerca.