Habacuc: el perro, el arte y la polémica de la Exposición No. 1

La performance ‘Exposición No. 1’ de Guillermo Vargas Habacuc utilizó un perro callejero para confrontar la hipocresía social sobre la indiferencia.
Un plato vacío con un hueso roído en el centro, atado a una pata de una mesa. Representa: Guillermo Vargas (Habacuc) fue denunciado por su performance 'Exposición No. 1' que supuestamente incluía un perro atado sin comida

La Anatomía de un Escándalo Anunciado

Corría el año 2007 y, en una galería de arte, un artista llamado Guillermo Vargas, alias Habacuc, decidió que era una buena idea atar un perro a una pared y llamarlo arte. La obra, bautizada con la modesta grandilocuencia de ‘Exposición No. 1’, presentaba a un perro esquelético, capturado de la calle, amarrado con una soga en una esquina de la sala. Para completar la escena, digna de un manual de provocaciones para principiantes, en la pared opuesta se leía la frase ‘Eres lo que lees’, escrita prolijamente con alimento para perros. Como si el cuadro no tuviera ya suficiente sustancia, un incensario quemaba ceremoniosamente 175 gramos de crack y una onza de marihuana, un homenaje olfativo a un trágico suceso local.

Naturalmente, la noticia voló. El rumor, que pronto adquirió la certeza de un evangelio digital, era simple y brutal: el perro, llamado Natividad, moriría de hambre y sed a la vista de todos, como una metáfora viviente de la indiferencia. El público tenía la opción de liberarlo, pero nadie lo hizo. La indignación, por supuesto, no tardó en llegar. Una pila de gente que jamás había pisado una galería de arte contemporáneo se convirtió de la noche a la mañana en crítica experta y defensora de los derechos animales. La performance no era el perro famélico; la performance era la reacción perfectamente orquestada que estaba a punto de desatarse. Un dispositivo tan simple y, a la vez, tan eficaz.

El Artista como Espejo (Incómodo)

En el centro del huracán estaba Habacuc, un hombre que parecía disfrutar del caos con la calma de quien ve su plan desarrollarse sin fisuras. Sus declaraciones a la prensa fueron una obra maestra de la ambigüedad calculada. Nunca afirmó directamente que el perro hubiese muerto de inanición, pero tampoco se esforzó demasiado en desmentirlo. “La obra es la gente que vio al perro y no hizo nada”, soltaba, devolviendo la pelota con una serenidad pasmosa. Sugirió que el animal era un reflejo de cualquier indigente ignorado en la calle. ¿El perro estaba enfermo? Sí, como miles en la calle. ¿Tenía hambre? Sí, como cualquier perro callejero. ¿Murió? Él se encogía de hombros. La responsabilidad, parecía decirnos, no era suya, sino nuestra.

La genialidad de su postura, si se me permite el término, radicaba en su negativa a ofrecer consuelo. El público quería una confesión o una disculpa, un villano claro a quien dirigir sus antorchas. En su lugar, encontraron un espejo. Vargas no se presentaba como un sádico, sino como un mensajero que señalaba una verdad tan obvia que resultaba insultante: la empatía selectiva es una de las bellas artes de nuestra sociedad. Nos preocupamos por el perro que tiene un nombre y está bajo los focos de una galería, pero pasamos de largo junto a la jauría que vemos desde la ventanilla del auto.

La Hipocresía como Obra de Arte

Y así, la verdadera ‘Exposición No. 1’ comenzó fuera de la galería. Millones de personas firmaron peticiones online exigiendo que se le prohibiera a Habacuc participar en futuras bienales. Llovieron las amenazas de muerte. Activistas de todo el mundo se unieron en un coro global de repudio. Cada correo electrónico furioso, cada posteo indignado, cada debate en foros era una pincelada más en el lienzo de Habacuc. Él solo había atado a un perro; el resto lo hizo el público, de forma gratuita y con un entusiasmo admirable.

La obra funcionó como un catalizador. Expuso la facilidad con que la indignación se convierte en un producto de consumo masivo, una forma de sentirnos virtuosos sin mover un dedo. La frase ‘Eres lo que lees’, escrita con la misma comida que supuestamente se le negaba al perro, era una flecha directa al corazón del asunto. La gente no reaccionaba a un hecho, sino a un titular, a una versión de la historia que confirmaba sus prejuicios sobre el arte moderno como un circo de farsantes crueles. La histeria colectiva se convirtió en el verdadero material de la exposición, demostrando que a veces no se necesita un perro muerto para probar un punto. Solo la posibilidad de que muera.

Realidad, Ficción y el Legado de un Perro

Con el tiempo, la verdad, ese detalle tan aburrido y pedestre, intentó abrirse paso. La directora de la galería, Juanita Bermúdez, salió a aclarar que Natividad estuvo en la sala apenas unas horas durante la inauguración, que fue alimentado regularmente lejos de la vista del público y que, en un giro casi poético, se escapó al día siguiente. El perro, un ser pragmático y sin interés por las metáforas, simplemente se fue. Pero ya era tarde. El mito del perro mártir era mucho más interesante que la prosaica realidad de un perro callejero que siguió siendo un perro callejero.

La polémica persiguió a Habacuc durante años, convirtiéndolo en una especie de paria célebre en el circuito artístico. Sin embargo, su obra permanece como un caso de estudio fascinante sobre la viralidad, la posverdad y la mecánica de la indignación pública. Demostró que el arte más potente del siglo XXI quizás no sea el objeto en sí, sino el control y la manipulación de los flujos de información. La ‘Exposición No. 1’ no fue un acto de crueldad animal; fue un acto de crueldad sociológica. Un experimento que nos obligó a mirarnos en ese espejo incómodo y a preguntarnos por qué nos conmovió tanto un perro que probablemente estaba bien, mientras seguimos ignorando a los que sabemos que no lo están.

El Arte de la Provocación

En última instancia, el valor de la obra de Habacuc no reside en su calidad estética, un debate francamente estéril, sino en su duradera relevancia como comentario social. Logró, con recursos mínimos, hackear el sistema de valores de una cultura globalizada. Nos recordó que la indignación es una energía poderosa, pero a menudo mal dirigida, una llamarada que ilumina brevemente nuestra propia y conveniente ceguera. El perro se fue, pero la pregunta que dejó flotando en el aire sigue ahí, ladrando en silencio: ¿de qué nos preocupamos realmente cuando nos preocupamos por el arte?