Robert Mapplethorpe y el escándalo de 'The Perfect Moment'

El Escenario de la Virtud Ofendida
Parece que cada ciertas décadas, la sociedad tiene la necesidad de redescubrir, con el asombro de un niño que ve un truco de magia por primera vez, que el arte puede ser provocador. A finales de los años ochenta, el encargado de impartir esta lección elemental fue Robert Mapplethorpe. Un fotógrafo de una pulcritud técnica exasperante, capaz de aplicar los mismos principios de composición clásica y equilibrio formal tanto a un lirio como a un puño enguantado en cuero. Su obra es un ejercicio de belleza formal, casi matemática, aplicada sobre sujetos que, para un sector considerable de la población, no debían salir del clóset, y mucho menos entrar a un museo.
Mapplethorpe falleció en 1989, justo antes de que su retrospectiva, ‘The Perfect Moment’, iniciara una gira que prometía ser, como mínimo, movida. El contexto era ideal para un buen escándalo: la crisis del SIDA alimentaba una hoguera de pánico moral y una cruzada conservadora, con sus respectivos paladines políticos, buscaba enemigos visibles. Y qué mejor enemigo que un artista gay, muerto de SIDA, cuya obra celebraba sin disimulo la sexualidad explícita. La Corcoran Gallery of Art en Washington D.C., en un acto de admirable prudencia y visión de futuro, decidió cancelar la muestra para no ofender a sus financistas. Un gesto valiente que simplemente pateó el problema a la siguiente ciudad del tour, asegurando que el quilombo fuera aún mayor.
La Fotografía como Acto Delictivo
El testigo lo recogió el Contemporary Arts Center (CAC) de Cincinnati. Su director, Dennis Barrie, seguramente pensó que su trabajo consistía en mostrar arte contemporáneo, una idea bastante ingenua, visto lo que pasó después. En abril de 1990, apenas inaugurada la muestra, un jurado de instrucción acusó al CAC y a Barrie de dos cargos: obscenidad y uso de un menor en material con desnudez. De pronto, colgar unas fotos en la pared era un delito. El sistema judicial, con toda su solemnidad, se disponía a determinar si unas imágenes en gelatina de plata sobre papel eran arte o simple mugre.
El foco del conflicto eran siete de las 175 fotografías de la exposición. Cinco de ellas pertenecían al infame ‘Portfolio X’, una colección que documentaba la escena sadomasoquista y homoerótica neoyorquina con una franqueza monumental. Las otras dos mostraban a niños con los genitales expuestos. Para la fiscalía, el caso era sencillo: si algo se parece a la pornografía, huele a pornografía y un político dice que es pornografía, entonces es pornografía. Se ignoró, convenientemente, el resto de la obra: los retratos de celebridades, las naturalezas muertas de flores con una carga erótica sutil pero potente. La estrategia era clara: aislar lo más chocante y presentarlo como la totalidad, un método de una fineza intelectual notable.
El Juicio: El Arte Puesto en el Banquillo
El juicio fue una pieza teatral magnífica. De un lado, la acusación, apelando al sentido común y a la decencia de la gente de bien. Del otro, la defensa, que tuvo la extraña idea de llevar a expertos en arte para que hablaran de, bueno, arte. Curadores y críticos subieron al estrado para explicarle a un jurado, compuesto por personas que probablemente preferían los paisajes en el living de su casa, conceptos como la línea, la forma, la luz y la composición. Tuvieron que desglosar por qué la tensión en un retrato de Mapplethorpe no era la misma que la de una foto sacada con el auto en marcha. Fue, en esencia, una clase de apreciación artística forzosa, patrocinada por el estado.
La revelación fundamental, el eje de la defensa, fue que el mérito de una obra no reside únicamente en lo que muestra, sino en cómo lo muestra. Una verdad tan obvia que resulta incómodo tener que explicarla en un tribunal. Se argumentó que Mapplethorpe no estaba simplemente registrando actos, sino construyendo imágenes con una intención estética y un lenguaje visual propio, heredero de una larga tradición artística. Estaba elevando sus sujetos, no explotándolos. Una distinción que, al parecer, no era evidente para todos.
El Veredicto y la Incómoda Conclusión
Para sorpresa de los cruzados morales, el jurado absolvió al museo y a su director de todos los cargos. La victoria se celebró como un gran triunfo para la libertad de expresión y el arte. Y lo fue, en cierto modo. Pero la procesión iba por dentro. El hecho de que se llegara a un juicio para debatir algo tan básico demuestra una fragilidad alarmante en la comprensión pública del rol del arte. La lección de Mapplethorpe no es que el arte ganó, sino que estuvo a punto de perder por no ser lo suficientemente decorativo o complaciente.
El escándalo de ‘The Perfect Moment’ funciona como un recordatorio periódico. Un recordatorio de que la libertad artística no es un estado permanente, sino un territorio que hay que defender cada vez que a alguien le parece buena idea legislar el buen gusto. Al final, el legado de Mapplethorpe no son solo sus fotografías impecables, sino también la pila de documentos legales que demuestran, con una claridad pasmosa, lo mucho que puede costar que te dejen colgar un cuadro en paz.












