Francia vs. España 2006: El Mito del Arbitraje Polémico

Un Espejismo de Dominio y la Cruda Realidad
Hay memorias en el fútbol que se instalan con la terquedad de una mancha de humedad. Relatos que, repetidos hasta el hartazgo, adquieren un barniz de verdad irrefutable. Uno de ellos es la narrativa del supuesto despojo arbitral sufrido por España ante Francia en los octavos de final del Mundial de Alemania 2006. Una historia conveniente, un bálsamo para el orgullo herido, pero que se desmorona con una mínima dosis de rigor analítico. Para empezar, corrijamos la premisa fundamental: no hubo un «arbitraje polémico». Hubo un arbitraje, a secas. Y hubo un equipo que fue superado. La selección española de Luis Aragonés llegaba con el envión de una fase de grupos perfecta, desplegando un fútbol de toque que ilusionaba a propios y extraños. Se hablaba del fin de la ‘furia’ y el nacimiento de un estilo. Del otro lado, una Francia crepuscular, con un Zinedine Zidane que había anunciado su retiro post-mundial y un equipo que había clasificado a octavos con más dudas que certezas. El escenario parecía servido para el golpe de mesa español.
El partido, de hecho, comenzó a pedir de boca para los de Aragonés. A los 28 minutos, una internada de Pablo Ibáñez en el área francesa terminó con un contacto de Lilian Thuram. El árbitro italiano, Roberto Rosetti, no dudó y pitó penal. David Villa, con una frialdad quirúrgica, lo transformó en gol. 1-0. En ese momento, la narrativa del triunfo parecía escribirse sola. Aquí es donde el mito del robo empieza a construirse, o mejor dicho, a necesitarse. Porque lo que vino después no fue una conspiración arbitral, sino una lección de fútbol. El penal, para empezar, es discutible pero de ninguna manera un escándalo. Thuram, un defensor de una nobleza y una torpeza ocasional legendarias, llega tarde y desestabiliza a Pablo. Es un contacto torpe, de esos que se pitan con frecuencia. ¿Pudo no cobrarlo? Quizás. ¿Fue un invento flagrante? En absoluto. El problema no fue el silbato de Rosetti, sino la incapacidad española para gestionar la ventaja. Creyeron que con el gol y la posesión estéril, el auto francés, supuestamente sin nafta, se quedaría tirado en la banquina. Subestimaron que en el motor de ese auto todavía quedaba la genialidad de un tipo que jugaba a otra cosa.
España se dedicó a mover la pelota de lado a lado, con una lentitud previsible, sin profundidad, enamorada de su propio reflejo en el espejo. Francia, con la paciencia del cazador experimentado, esperó. Sabía que el momento llegaría. No necesitaba el favor de nadie, solo el error del rival y el chispazo de su genio. El gol del empate de Franck Ribéry al filo del primer tiempo no fue una casualidad ni un error arbitral. Fue la consecuencia directa de una pérdida en el mediocampo y una asistencia magistral de Patrick Vieira que dejó pagando a toda la defensa española. Ribéry, con una velocidad endiablada, eludió a Casillas y definió con el arco vacío. Fue un golazo por concepción y ejecución. No hubo falta previa, no hubo offside, no hubo nada que un silbato pudiera corregir. Simplemente, fútbol. El 1-1 fue un golpe de realidad, la primera grieta en el castillo de naipes del favoritismo español.
La Anatomía de la Derrota: Táctica y Experiencia
El segundo tiempo fue un tratado de cómo la jerarquía individual y la inteligencia táctica pueden desmantelar un sistema basado en la posesión. Mientras España seguía en su letanía de pases intrascendentes, Raymond Domenech, un técnico a menudo ridiculizado pero que en ese Mundial acertó en lo esencial, le había entregado las llaves del equipo a Zidane. Y Zizou, en su gira de despedida, decidió que todavía tenía un par de funciones de gala para ofrecer. Flotando entre líneas, Zidane se convirtió en el faro que ordenaba cada ataque francés. A su lado, Vieira y Makélélé formaron un muro de contención y recuperación que ahogó por completo la sala de máquinas española compuesta por Xavi, Xabi Alonso y un superado Marcos Senna. España tenía la pelota, sí. Pero era una posesión inocua, un monólogo sin conclusiones. Francia, en cambio, cada vez que recuperaba, era un puñal. Cada contraataque llevaba el sello del peligro inminente.
El equipo de Aragonés, joven y talentoso, carecía de la malicia y el oficio necesarios para este tipo de cruces. Se notaba la falta de ‘pila’ en los momentos clave, no física, sino mental. La incapacidad para leer que el partido no se ganaba teniendo la pelota, sino sabiendo qué hacer con ella en los metros finales y, sobre todo, cómo evitar que el rival te lastimara. La defensa, con un Puyol que debía multiplicarse para tapar agujeros y un Sergio Ramos todavía impetuoso, sufría ante la movilidad de Henry y Ribéry. El mediocampo, el supuesto fuerte español, perdió la batalla. No fue una cuestión de actitud, sino de madurez competitiva. Francia jugó un partido de eliminación directa de Copa del Mundo; España pareció jugar un amistoso de pretemporada donde lo importante era gustarse. La diferencia, abismal, quedó plasmada en el césped de Hannover. La superioridad francesa no fue abrumadora en posesión, pero sí en efectividad y en la gestión de los tiempos del partido.
El Relato como Refugio: Cuando la Culpa es del Otro
Y entonces, llegamos al minuto 83. El momento que la mitología del robo señala como la prueba irrefutable. Un tiro libre ejecutado por Zidane desde la derecha. La pelota vuela al área, Xabi Alonso la peina hacia atrás en su intento de despeje y Patrick Vieira, entrando solo por el segundo palo, la cabecea al fondo de la red. La queja española se centró en una supuesta falta de Vieira sobre Mariano Pernía en el salto. Ver la repetición, incluso a velocidad reducida y con el corazón en la mano, es un ejercicio de honestidad brutal: no hay nada. Vieira salta limpiamente, más alto y con más decisión que su marcador, y cabecea. Es un gol de manual de pelota parada. Un gol producto de la astucia y la potencia, dos atributos que a España le faltaron en esa jugada y en muchas otras. Culpar a Rosetti por validar ese gol es, sencillamente, buscar un chivo expiatorio. Es más fácil gritar «¡robo!» que admitir una desatención defensiva fatal en el minuto 83 de un partido de Mundial. Es el recurso del que se siente superado y no quiere aceptarlo.
El relato de la conspiración arbitral es un analgésico muy potente en el deporte. Permite evitar la autocrítica, desviar la atención de las propias carencias y construir una épica de victimización. Se habló de una falta no cobrada, de un criterio desigual. Pura retórica. La única falta de criterio fue la de pensar que un equipo con Zidane, Henry, Vieira, Thuram y Makélélé, por más ‘veterano’ que fuera, se iba a rendir fácilmente. La tarjeta amarilla a Puyol que precedió a ese tiro libre, por una falta sobre Henry, fue tan clara como inevitable. Puyol tuvo que cortar un contraataque peligroso. Eso es fútbol. No hay complot, hay causa y consecuencia. España perdió el partido porque Francia fue mejor en los momentos decisivos. Porque tuvo un plan y los jugadores para ejecutarlo. El arbitraje de Roberto Rosetti fue correcto, discreto. Un buen arbitraje, en definitiva. La polémica nunca estuvo en su silbato, sino en la redacción de las crónicas del día después.
Lección Magistral de un «Jubilado» y el Fin de un Sueño
Si quedaba alguna duda sobre quién había sido el dueño del partido, Zinedine Zidane se encargó de disiparla en el tiempo de descuento. Con España volcada desesperadamente en busca de un empate heroico, un contraataque francés dejó a Zizou mano a mano con Carles Puyol, el último hombre. Lo que siguió fue una obra de arte, una metáfora perfecta de todo el partido. Zidane, con la tranquilidad de quien está tomando un café en el living de su casa, amagó, dejó sentado a un Puyol que se jugó la vida en la barrida, y definió con sutileza ante la salida de Casillas. 3-1. Fin de la discusión. No fue un gol más. Fue la firma del maestro, el punto final a cualquier debate. Fue la demostración de que la clase y el talento no entienden de fechas de nacimiento. El «jubilado» acababa de mandar a casa a la prometedora nueva generación.
Ese gol fue la lapidaria confirmación de que España había perdido en el campo de juego, no en los despachos ni por el silbato de un árbitro. La derrota fue dolorosa, por supuesto. Marcó el final del camino para leyendas como Raúl y Cañizares en la selección. Pero, en perspectiva, fue absolutamente necesaria. A veces, para aprender a ganar, primero hay que saber por qué se pierde. Y España perdió en 2006 por ingenua, por previsible y por carecer de la jerarquía que a Francia le sobraba. Esa derrota fue la semilla del cambio. Luis Aragonés tomó nota. Entendió que la posesión sin agresividad no servía, que el talento sin carácter competitivo era un adorno. Dos años después, en la Eurocopa 2008, un equipo español mucho más maduro, más rápido en la circulación y con una mentalidad ganadora forjada en cicatrices como la de Hannover, comenzó a escribir la página más gloriosa de su historia. Quizás, sin la lección de aquel Zidane crepuscular y sin la falsa excusa de un arbitraje polémico que nunca existió, esa historia de éxito nunca se hubiera podido contar. A veces, la verdad más incómoda es el mejor punto de partida.












