El Hombre que Demandó a sus Padres por Nacer Sin su Permiso

La demanda de un hombre a sus progenitores por nacer sin su consentimiento expone las bases filosóficas y éticas del antinatalismo.
Un bebé, con un megáfono, apuntando con el dedo acusador a dos huellas de pies que se alejan. Representa: El Juicio del Hombre que Demando a sus Padres por Nacer (2019 India)

El Contrato que Nadie Firmó

Parece el comienzo de un chiste malo o el capricho de un adolescente con demasiado tiempo libre, pero la historia es tan real como el suelo que pisamos. En 2019, un muchacho llamado Raphael Samuel anunció su intención de demandar a sus padres. El cargo: haberlo concebido. La base de la acusación era tan simple que resultaba genial en su audacia: lo hicieron sin su consentimiento. Una obviedad que, al parecer, a nadie se le había ocurrido formalizar con un abogado. Él no eligió nacer, no firmó ningún contrato de adhesión a la existencia, con sus cláusulas de sufrimiento inevitable y su fecha de caducidad ineludible. Simplemente, un día, se encontró acá, en el medio del bondi, sin haber pagado el boleto y sin saber bien a dónde se dirigía el viaje.

Este no era un reclamo por una infancia infeliz o por falta de afecto. De hecho, Samuel afirmaba tener una excelente relación con sus padres. El problema era de índole filosófica, casi burocrática. Era una queja contra el sistema mismo de la vida. Él se presentaba como una víctima de la procreación, un acto que, según su lógica, es inherentemente egoísta. Los padres, argumentaba, tienen hijos por sus propias razones —satisfacción, presión social, perpetuación—, pero nunca por el bien del niño, cuya opinión es, por definición, imposible de consultar. La existencia, con su pila de problemas, desde el primer diente de leche doloroso hasta la última declaración de impuestos, le fue impuesta. Y él, muy cortésmente, quería dejar constancia de su disconformidad en un tribunal.

Antinatalismo para Principiantes

Detrás de este gesto aparentemente estrafalario se esconde una filosofía con todas las letras: el antinatalismo. No se trata de un club de amargados que odian a los niños, sino de una postura ética que cuestiona la moralidad de traer nuevas personas al mundo. El pilar de su argumento es una ecuación desoladora: la vida contiene una garantía de sufrimiento, pero solo una posibilidad de felicidad. Cualquier vida, por más privilegiada que sea, incluye dolor, enfermedad, ansiedad, pérdida y, como cierre de telón, la muerte. Traer a alguien a este escenario es, para un antinatalista, someterlo a un daño seguro y evitable. El único modo de evitarle a alguien el sufrimiento es, sencillamente, no creándolo.

La cuestión del consentimiento es la llave maestra. Como es lógicamente imposible pedirle permiso a un ser no existente para que exista, todo acto de procreación es una acción unilateral. Es como comprarle un auto a alguien sin preguntarle si sabe manejar, si lo necesita o si prefiere una bicicleta, con el agravante de que el auto, tarde o temprano, se va a prender fuego con él adentro. Los antinatalistas ven la procreación no como un regalo, sino como una ruleta rusa en la que se obliga a otro a jugar. Una apuesta que, incluso en el mejor de los casos, termina perdiendo.

La Defensa Más Insólita: Los Propios Padres

Aquí es donde la historia se pone verdaderamente interesante. Frente a la amenaza de una demanda por parte de su propio hijo, cualquier padre convencional hubiese reaccionado con una mezcla de horror, indignación y, probablemente, quitándole el acceso a internet. Pero los padres de Raphael Samuel eran cualquier cosa menos convencionales. Ambos abogados de profesión, recibieron la noticia no solo con calma, sino con una pizca de orgullo intelectual. Entendieron que el pibe no estaba haciendo un acting, sino llevando una convicción filosófica hasta sus últimas consecuencias lógicas.

La madre de Samuel, Kavita Karnad, se convirtió en la coprotagonista de esta obra. En declaraciones a la prensa, expresó su admiración por su hijo. Afirmó que, si Raphael era capaz de encontrar una forma racional de demostrar que se puede obtener el consentimiento de un no-nacido, ella aceptaría su culpa. Su respuesta fue una obra maestra de la fina ironía: «Admito que fue injusto para con él, y me alegro de que me lleve a juicio porque me permitirá reconocer mi error». En lugar de un drama familiar, la situación se transformó en un debate público y civilizado, donde los demandados parecían estar de acuerdo con el demandante en el plano teórico. Una familia discutiendo la ética de su propia existencia con la misma tranquilidad con la que otras discuten a dónde ir de vacaciones.

El Veredicto que Nunca Llegó (y por qué no importa)

Como era de esperar, la demanda nunca llegó a una sala de audiencias. Ningún juez selló un papel declarando la existencia como un acto ilegal. El objetivo de Samuel no era realmente ganar un juicio imposible ni obtener una compensación. Su verdadera victoria fue mediática y filosófica. Usó la estructura de una demanda como un vehículo perfecto para difundir sus ideas antinatalistas a una escala global. El mundo entero se detuvo un instante a pensar en la extraña idea de tener que pedir permiso para nacer. Logró que millones de personas se rascaran la cabeza y consideraran, aunque fuera por un momento, la premisa fundamental que damos por sentada: que la vida es, por defecto, un regalo.

Al final, el caso de Raphael Samuel no es la historia de una demanda, sino la de una pregunta. Una pregunta incómoda, de esas que preferimos guardar debajo de la alfombra porque su respuesta podría desarmar la estructura sobre la que construimos nuestras vidas, familias y sociedades. Nos recuerda que las ideas más disruptivas a menudo no vienen de complejos tratados, sino de alguien que se atreve a mirar la realidad desde un ángulo ligeramente distinto y pregunta en voz alta lo que nadie se anima a susurrar. El juicio nunca ocurrió, pero la deliberación, en la mente de muchos, probablemente continúa. Y ese, quizás, era el único veredicto que realmente importaba.