El Partenón, el British Museum y el noble arte del "robar"
El friso del Partenón, esa obra maestra del siglo V a.C., no solo es uno de los mayores tesoros artísticos de la Antigua Grecia, sino también uno de los souvenirs más descarados que alguien se haya robado en la historia del arte. Y cuando decimos “souvenir”, no hablamos de una postal o una miniatura comprada en el free shop, sino de 75 metros de mármol esculpido que hoy, muy cómodamente, decoran el Museo Británico, esa especie de cajita feliz de objetos robados con entrada gratuita.
La historia comienza en 1801, cuando Lord Elgin, un aristócrata británico decidió que los frisos del Partenón estarían mucho mejor en Londres que en Atenas, que por aquel entonces estaba bajo dominio otomano. Claro, porque si algo grita «justicia artística», es que una potencia imperial pida permiso a otra potencia imperial para robarle algo a un tercero.

Armado con un documento ambiguo (el famosísimo firman que ni siquiera sobrevivió en original y que bien podría haber sido una lista de compras en turco), Elgin se dedicó a desmantelar a lo bestia partes del Partenón como si estuviera jugando al Jenga, metiendo bloques de 2 toneladas en barcos con destino al Reino Unido. Por el camino, perdió algunas piezas en un naufragio, pero ¿qué son unos pedacitos más o menos cuando uno está democratizando la cultura?
Ya en Londres, su “colección” causó furor: todos los intelectuales babeaban ante los frisos, el gobierno británico los compró por monedas y los metió en el Museo británico, ese templo de la moral selectiva donde el mensaje es claro: “Esto no es robo”.
Los griegos, con su paciencia milenaria, vienen pidiendo la devolución de los frisos desde hace más de 200 años. Primero se los negaron porque Grecia no era un país independiente. Luego, porque no tenía museo para cuidarlos. Luego, porque sí tenía museo pero “no era lo suficientemente bueno”. Hoy, con el Museo de la Acrópolis al pie del Partenón, ultramoderno y con aire acondicionado, los británicos siguen diciendo “no, gracias”. Porque la historia se cuenta mejor cuando la contás vos con tus propios objetos robados.
El argumento favorito del Museo Británico es que “preservan la historia para el mundo”, que es como decir que si le robas el perro a tu vecino es porque “vos tenés patio más grande y él se lo olvidaba sin correa”. También insisten en que los frisos, en Londres, tienen más visibilidad. Y eso es cierto: no hay nada como ver arte griego en la mismisima Grecia.
Por supuesto, la discusión continúa. De vez en cuando, algún político inglés amenaza con devolverlos y queda como héroe progresista durante cinco minutos, hasta que el tabloide de turno lo acusa de “traicionar el legado imperial británico”. ¿Qué es más británico que robar cosas y jamás pedir perdón?
En Atenas, los griegos exhiben copias esperando el milagro de la restitución, que probablemente llegue después de que nos colonicen los marcianos y repartan el planeta en museos interestelares.
contenido 2












