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El arte contemporáneo, Ese hermoso terreno donde una silla cubierta de miles de cristales Swarovski es tanto una obra millonaria como una trampa mortal para turistas despistados. Y esta semana, en el muy refinado Palazzo Maffei de Verona, fuimos testigos de una nueva obra maestra: “El turista idiota que rompió una silla Van Gogh”.
Sí, pasó. Porque en el siglo XXI ya no hacen falta guerras ni saqueos coloniales para destruir arte. Ahora basta con que venga un par de turistas con alma de Instagrammer, una dosis de ignorancia bien cargada y una silla vacía que parecía demasiado cómoda como para no sentarse.
La protagonista del escándalo es una silla de artista italiano Nicola Bolla, cubierta de cristales Swarovski. Es lo que llamaríamos “la trampa mortal del diseño contemporáneo”. Estaba ahí, brillante, reluciente, como un canto de sirena para culos desorientados. Se llamaba informalmente la “silla Van Gogh”, en homenaje al pintor que, paradójicamente, también sufrió por el maltrato ajeno.

Dos turistas —de esos que al momento de entrar al Louvre piden la contraseña del Wifi y que las obras están ahí para “vivir la experiencia”— decidieron que la silla era para descansar los pies, como si estuvieran en la antesala de una peluquería. ¿Carteles? ¿Cintas? ¿Personal de sala? Nada de eso. Porque cuando el sentido común está de vacaciones.
Uno de los héroes anónimos se sentó con confianza absoluta sobre la obra, que por supuesto se rompió. Miles de cristales Swarovski volaron por el aire como si fuera una piñata de lujo. Una instalación que tardó meses en diseñarse y ensamblarse quedó reducida a una escena del crimen decorativo en cuestión de segundos. Todo por confundir una obra de arte con una reposera.
¿Y qué hicieron nuestros protagonistas tras el “evento artístico performático”? ¿Lloraron? ¿Pidieron disculpas? ¿Llamaron al museo? No, no, no. Escaparon. Como si hubieran robado una empanada en una feria. Un “perdón, me senté” habría sido demasiado arte conceptual para ellos. Optaron por el clásico humano: “hacerse los boludos” y salir por la tangente antes de que alguien con uniforme les pidiera explicaciones.
Desde el Palazzo Maffei, por supuesto, los ánimos no estaban en modo zen. Llamaron al incidente “una pesadilla”, lo cual es generoso. Yo lo llamaría la venganza de la falta de neuronas. Pero para no perder el tono institucional, emitieron un comunicado poético donde recordaban que “el arte no solo se ve, se ama, se protege”. Un mensaje tan emotivo que casi me siento mal por no haber abrazado la fotocopia de mi título universitario.
La buena noticia es que lograron restaurar la obra. Milagrosamente, tras una cirugía estética de emergencia, los cristales regresaron a su lugar y la silla volvió a lucir esplendorosa. Aunque ahora, lo más probables es que la rodeen con una valla electrificada.
¿Y los turistas? Aún no se sabe si serán responsables por los daños. Pero yo propongo algo mejor: que les den trabajo como instaladores de carteles de “NO TOCAR”, ya que demostraron ser expertos en lo contrario. O bien, que recorran museos del mundo dando charlas tituladas “Cómo destruir una obra sin levantar sospechas”.












