El Juicio del Hombre que Usó la Razón como Magia (1712)

El escenario: cuando la sensatez era una excentricidad
Corría el año 1712. Una época en la que la Ilustración ya asomaba la nariz, pero la superstición todavía pagaba el alquiler en la mayoría de las mentes. En este caldo de cultivo se nos presenta el caso de Jane Wenham, una viuda de la localidad de Walkern, quien tenía la mala costumbre de ser pobre, vieja y, al parecer de sus vecinos, una operadora de tiempo completo de las fuerzas oscuras. Las acusaciones en su contra formaban una pila considerable de agravios, que iban desde provocar enfermedades en el ganado hasta embrujar a una sirvienta para que corriera por los campos gritando que veía demonios. Pruebas, lo que se dice pruebas, había pocas; convicción, en cambio, sobraba.
La comunidad, unida en su certeza, la llevó a juicio. No era un evento aislado. Los juicios por brujería, aunque en decadencia, seguían siendo una forma aceptada de tercerizar la culpa por las desgracias cotidianas. La lógica era simple: si algo malo sucedía, alguien debía tener la culpa. Y si no había un culpable evidente, una bruja siempre era una opción prolija y satisfactoria. El escenario estaba montado para la tragedia de siempre, un drama predecible cuyo final ya todos conocían. Pero nadie contaba con la aparición de un elemento disruptivo, un hombre que no había leído bien el guion.
El protagonista inesperado: Sir John Powell
El juez asignado al caso fue Sir John Powell. No era un reformista ni un activista, sino, por lo que la historia nos deja ver, un tipo con un umbral de tolerancia bastante bajo para las estupideces. Desde el inicio, Powell abordó el juicio con una seriedad que parecía sarcasmo. Mientras los testigos desfilaban para contar sus encuentros con el mal, el juez escuchaba con la atención de quien analiza un problema matemático, no una revelación mística.
Uno de los cargos más espectaculares contra Wenham era que podía volar. Ante esta afirmación, presentada con total seguridad por la fiscalía, el juez Powell, en lugar de escandalizarse, replicó con una calma desconcertante: «No hay ninguna ley en contra de volar». Con esa simple frase, no solo desarmó la acusación, sino que expuso el absurdo fundamental del proceso. Otro testigo juró que Wenham conversaba con el diablo, que se le aparecía bajo la inofensiva forma de un gato. Powell, en lugar de pedir un exorcismo, simplemente preguntó si el testigo había visto al diablo o solo al gato. La distinción, para él, era crucial; para el resto de la sala, una pedantería insufrible.
La «magia»: un truco llamado evidencia
El gran acto de ilusionismo de Sir John Powell consistió en aplicar los estándares básicos de la ley a un asunto que todos consideraban por encima de ella. Su «magia» no requería varitas ni conjuros, sino algo mucho más potente: el método. Exigió pruebas materiales donde solo había rumores. Interrogó a los testigos hasta que sus relatos, inflados por el pánico y la imaginación, se desinflaron como un globo pinchado. La sirvienta «embrujada», por ejemplo, resultó tener un historial de ataques nerviosos.
Powell trató cada acusación no como una verdad revelada, sino como una hipótesis que debía ser demostrada. Esta perspectiva, que hoy nos parece el ABC de cualquier sistema de justicia, en 1712 era casi una herejía. El juez insistía en detalles mundanos: ¿dónde?, ¿cuándo?, ¿quién más lo vio? Desnudó la estructura del pánico moral, demostrando que estaba sostenida por alfileres. Su escepticismo no era una pose; era una herramienta forense. Al final de su performance, había reducido el caso a lo que realmente era: un cúmulo de chismes, miedos y rencores personales disfrazados de teología. Había demostrado, con la frialdad de un cirujano, que detrás del monstruo no había nada.
El veredicto: una victoria irónica y el futuro
Aquí es donde la historia da su giro más exquisito y, a la vez, deprimente. A pesar del desmantelamiento lógico perpetrado por Powell, el jurado, compuesto por doce hombres buenos y temerosos de Dios, deliberó y encontró a Jane Wenham culpable de brujería. Un final perfecto. La razón había presentado su caso de forma impecable, y la fe ciega, simplemente, había decidido ignorarlo. Fue el triunfo de la narrativa sobre los hechos, una lección que, por cierto, nunca pierde vigencia.
Pero Powell tenía un último truco bajo la manga. Ante el veredicto, y con la autoridad que le confería su cargo, decidió que la sentencia no se ejecutaría. Usó su influencia para escalar el caso y asegurar un perdón real de la Reina Ana. Jane Wenham fue liberada. Vivió el resto de su vida bajo la protección de una familia compasiva, lejos de sus antiguos vecinos. La victoria de Powell no fue clamorosa. Fue una victoria administrativa, burocrática, casi furtiva. No convenció a nadie en esa sala, pero salvó una vida y, más importante, sentó un precedente. El caso de Jane Wenham es recordado como uno de los últimos juicios importantes por brujería en Inglaterra. La actuación de ese juez, un tipo con la pila suficiente para oponerse al delirio general, contribuyó de manera significativa a la Witchcraft Act de 1735, la ley que finalmente descriminalizó la brujería y la reclasificó como un fraude. La magia de la razón, al final, resultó ser más lenta, pero mucho más duradera.












