El 'game penalty' a Serena Williams en el US Open 2018

El escenario: una final y una acumulación de faltas
Hay narrativas que, por conveniencia o simple pereza intelectual, se instalan en el imaginario colectivo con la fuerza de una verdad revelada. Una de ellas es la del supuesto ‘punto otorgado’ a Serena Williams en aquella tormentosa final del US Open 2018. Corresponde, con la paciencia del artesano, desmantelar esta falacia. No hubo ningún punto a su favor; por el contrario, la crónica de ese partido es la historia de una implosión documentada a través de una escalada de sanciones reglamentarias. El punto de partida de este análisis no es una concesión, sino una pérdida. Y luego, una pérdida aún mayor.
La situación era la siguiente: final del último Grand Slam del año. De un lado, Serena Williams, la leyenda viviente buscando igualar el récord de 24 títulos grandes. Del otro, Naomi Osaka, una joven japonesa de un talento descomunal que estaba jugando el partido de su vida, superando a su ídola con una autoridad pasmosa. Osaka ya había ganado el primer set por 6-2 y el partido avanzaba en el segundo. En ese contexto de altísima tensión, el árbitro de silla, el portugués Carlos Ramos, observó algo que las cámaras también captaron: Patrick Mouratoglou, entrenador de Serena, realizaba gestos desde su box. En el tenis de Grand Slam, esto se llama ‘coaching’ y está explícitamente prohibido. Ramos, cumpliendo con su deber, emitió una primera advertencia, un ‘code violation warning’. Serena se acercó a la silla, visiblemente ofendida, y negó haber visto a su entrenador, argumentando que ella no hacía trampa. Lo curioso, y que añade una capa de fina ironía al asunto, es que Mouratoglou admitiría más tarde, con una honestidad casi cándida, que efectivamente estaba dándole indicaciones. La advertencia, por lo tanto, no solo era correcta, sino que estaba fundamentada en un hecho real, aunque la jugadora no fuera partícipe activa del mismo.
Este fue el primer eslabón de la cadena. El segundo llegó poco después. Frustrada por un error no forzado, Serena estrelló su raqueta contra el suelo, destrozándola. Esta acción es un manual de ‘abuso de raqueta’, una de las faltas más comunes y automáticas del circuito. Siendo la segunda violación del código de conducta, la sanción escaló conforme al reglamento: pérdida de un punto. Así, Naomi Osaka comenzó su siguiente juego de servicio con un marcador de 15-0 a su favor, sin haber tocado la pelota. Aquí yace la corrección fundamental: el punto no fue para Serena, fue para su rival, como consecuencia directa de una acción de la propia Williams. Hasta este momento, todo transcurría dentro de los carriles de una sanción deportiva estándar, de esas que se ven con cierta frecuencia. Sin embargo, la mecha ya estaba encendida y el auto mental de Serena se estaba quedando sin nafta.
El punto de quiebre: «Ladrón» y el ‘game penalty’
La pérdida del punto fue la gota que rebalsó un vaso que ya estaba hasta el borde. La discusión entre Williams y Ramos subió de tono. Serena, sintiéndose víctima de una injusticia por la advertencia inicial de ‘coaching’, exigió una disculpa del árbitro. La conversación, captada por los micrófonos de ambiente, fue un documento en vivo del colapso. «Me estás atacando mi carácter», «Me debes una disculpa», «Nunca he hecho trampa en mi vida». Ramos, con una calma que a algunos les pareció profesionalismo y a otros, provocación, se mantuvo firme. El clímax llegó cuando, al regresar a su silla en un cambio de lado, Serena lo señaló y lo llamó «ladrón» por haberle «robado» un punto. Esta palabra, ‘thief’ en inglés, cruzó una línea invisible pero muy clara en el reglamento.
Calificar a un oficial de ladrón constituye ‘abuso verbal’, la tercera categoría en la infame lista de violaciones al código. Y el reglamento del Grand Slam es tan predecible como la física: primera violación, advertencia. Segunda violación, punto de penalización. Tercera violación, ‘game penalty’, la pérdida de un juego completo. Carlos Ramos, aplicando el manual al pie de la letra, anunció la penalización. El marcador pasó de 4-3 a favor de Osaka a un lapidario 5-3. El estadio Arthur Ashe, que hasta entonces había sido un hervidero de apoyo a su heroína local, enmudeció y luego estalló en un coro de abucheos. Serena, entre lágrimas, llamó a los supervisores del torneo, pero la decisión ya estaba tomada y, reglamentariamente, era inobjetable. El partido estaba, para todos los efectos prácticos, sentenciado. No por un golpe de tenis, sino por la aplicación estricta de un código de conducta.
La anatomía del reglamento: ¿interpretación o automatismo?
Para comprender la magnitud del suceso, es necesario despojarse de la pasión y analizar el texto frío, casi quirúrgico, del Grand Slam Code of Conduct. El artículo III, sección P, prohíbe el ‘coaching’ y estipula la advertencia. La sección Q cubre el ‘abuso de raquetas o equipamiento’. Y la sección R, el ‘abuso verbal’, definido como «declaraciones dirigidas a un oficial, oponente, espectador u otra persona que impliquen deshonestidad o sean despectivas, insultantes o de otra manera abusivas». La palabra «ladrón» encaja, sin mucho espacio para el debate, en esa definición.
La controversia posterior se centró en si Ramos debió tener más ‘tacto’ o ‘sentido común’, considerando el escenario. Se invocaron acusaciones de sexismo, argumentando que a un hombre no se lo hubiese sancionado con tanta severidad por un exabrupto similar. Es un debate válido y con pila de antecedentes en el deporte. Jugadores como John McEnroe construyeron carreras enteras sobre la base de confrontaciones mucho más virulentas con los árbitros, a menudo con consecuencias menores. Sin embargo, ese debate, aunque pertinente en un plano más amplio sobre la equidad en el deporte, no invalida la corrección técnica de la decisión de Ramos en ese momento y bajo esa secuencia de eventos. El árbitro no operó en un vacío; reaccionó a una serie de infracciones acumulativas. Se podrá discutir si la regla es buena o mala, si debería ser más flexible o si se aplica con el mismo rigor a todos por igual, pero lo que no se puede discutir es que, en este caso, se aplicó. El reglamento, para bien o para mal, no contempla el ‘factor emocional’ ni el estatus de leyenda del infractor. Es un algoritmo simple: si ocurre A, luego B, y luego C, la consecuencia es D. Serena completó el formulario y Ramos simplemente le entregó el resultado.
El legado de una controversia: más allá del trofeo
El epílogo de esta historia es quizás la parte más amarga. Naomi Osaka, quien había jugado un tenis casi perfecto para dominar a la mejor jugadora de la historia en su propia casa, se vio obligada a recibir su primer trofeo de Grand Slam en medio de una atmósfera funeraria, pidiendo disculpas al público como si ella fuera la culpable de algo. La propia Serena, en un gesto de grandeza que contrastó con su arrebato anterior, tuvo que consolar a su joven rival y pedirle al público que dejara de abuchear y reconociera el mérito de la nueva campeona. Una campeona cuya hazaña deportiva quedó sepultada bajo toneladas de análisis, debates y polémicas.
Años después, el recuerdo de esa final sigue teñido por la controversia. Se habla de la sanción, del árbitro, del sexismo, de la reacción de Serena. Se habla poco, o no lo suficiente, del revés fulminante de Osaka, de su servicio impecable, de su compostura admirable hasta que la situación la desbordó en la ceremonia de premiación. Ella no necesitó de ninguna sanción para ganar; estaba en control total del partido. El ‘game penalty’ simplemente aceleró un desenlace que parecía inevitable. La reflexión final, entonces, apunta al núcleo de la competencia de élite. El deporte de alto rendimiento no es solo una prueba de habilidad física o táctica, es un ejercicio brutal de control mental. En una final de Grand Slam, la presión es una entidad física, tangible, que busca la más mínima grieta para filtrarse y demolerlo todo desde adentro. A Serena, esa tarde, se le soltó la cadena. No fue un robo ni una conspiración. Fue el espectáculo, tan humano como incómodo de ver, de una campeona extraordinaria perdiendo la batalla más importante: la que se libra dentro de la propia cabeza. Y todo quedó registrado en la planilla de un árbitro que, esa noche, decidió que las reglas estaban por encima del show.












