El Asesino del Zodiaco: El Juicio de la Opinión Pública

La historia del Asesino del Zodiaco demuestra la ineficacia de la justicia frente a un ego criminal que priorizó la fama póstuma sobre la identidad.
Un laberinto circular con múltiples entradas y ninguna salida. En el centro, una silueta borrosa con un sombrero. Representa: Juicio del Asesino del Zodiaco (casos no resueltos)

El ego como arma y debilidad

Hay una verdad incómoda en el corazón del caso Zodiaco: el asesino era, antes que nada, un artista mediocre con una imperiosa necesidad de público. Sus crímenes, brutales y aparentemente aleatorios, no eran el fin, sino el medio. El verdadero escenario eran las redacciones de los diarios, y su obra magna, las cartas burlonas y los criptogramas que enviaba. Se autodenominó «Zodiaco», un alias con resonancias cósmicas que apenas ocultaba a un tipo profundamente terrenal, probablemente aburrido. Entre 1968 y 1969, se le atribuyen con certeza cinco homicidios, aunque él, en su afán publicitario, reclamó haber matado a 37 personas. Una cifra inflada, como todo en su personaje.

El primer acto de su performance ocurrió en diciembre de 1968, con el asesinato de dos adolescentes en su auto. Siguió una escalada cuidadosamente orquestada para captar la atención. Su método era simple: atacar parejas en lugares apartados, buscando la vulnerabilidad. Pero su verdadera firma no era la pistola o el cuchillo, sino la pluma. Exigía que sus cartas, con sus delirantes mensajes y códigos, fueran publicadas en primera plana bajo amenaza de más violencia. Un chantaje mediático de manual. La sociedad, por supuesto, obedeció. El Zodiaco nos dio el espectáculo que creía que merecíamos, y nosotros lo consumimos con una mezcla de horror y fascinación. Su genialidad no residía en su intelecto para crear códigos —uno fue resuelto por un profesor y su esposa en pocos días— sino en su comprensión de que el miedo es el mejor agente de prensa.

La coreografía de un fantasma

Analizar los ataques confirmados del Zodiaco es como revisar la puesta en escena de una obra de teatro amateur con consecuencias letales. Cada crimen tenía una preparación, pero también una dosis de improvisación y suerte que desafía la idea de un cerebro criminal maestro. Tras el doble homicidio de Lake Herman Road, atacó de nuevo en Blue Rock Springs en julio de 1969. Fue después de este ataque que realizó su primera llamada a la policía, con una voz monótona y ensayada, para adjudicarse el «laburo». Quería el crédito, necesitaba que su firma quedara registrada.

El clímax de su teatralidad llegó en septiembre de 1969, en el Lago Berryessa. Allí, se presentó ante una pareja con una capucha de verdugo y un pechero adornado con su símbolo. Un atuendo ridículo si no fuera por el contexto. Apuñaló a ambos, dejando al hombre gravemente herido y a la mujer muerta. Luego, con una calma pasmosa, caminó hasta el auto de las víctimas y escribió en la puerta las fechas de sus crímenes anteriores. No era un simple asesinato; era una performance, un acto simbólico para alimentar su propia leyenda. El último crimen confirmado fue el de un taxista en octubre de 1969. Aquí cometió errores: dejó testigos, un retrato hablado y un trozo de camisa ensangrentada. Parecía que el fantasma por fin se había vuelto tangible, pero resultó ser otra ilusión.

La caza de sombras y pistas inútiles

La investigación fue un ejercicio monumental en futilidad. La policía se encontró persiguiendo a un espectro que dejaba tras de sí un reguero de pruebas contradictorias. El retrato hablado más famoso, el del hombre con anteojos, se convirtió en un ícono, pero podría ser cualquiera. Se investigó a miles de personas. El problema es que cuando buscas a un «hombre blanco, robusto, de entre 35 y 45 años», te das cuenta de que has descrito a una parte considerable de la población.

Y luego está el sospechoso estrella, Arthur Leigh Allen. Un tipo con un pasado turbio, que fue despedido de su trabajo como maestro por conducta inapropiada, que poseía relojes marca Zodiac y que, según un amigo, había confesado sus intenciones de matar gente y usar ese alias. Parecía el culpable perfecto, casi escrito por un guionista. Sin embargo, la ciencia, esa aguafiestas, se interpuso. Sus huellas no coincidían, su caligrafía no era un emparejamiento definitivo y, décadas después, el ADN extraído de la saliva de los sobres no era el suyo. Se invirtió una pila de recursos en seguir a un tipo que encajaba en el perfil, demostrando que un perfil no es una persona, es solo una teoría con forma humana. El Zodiaco había dejado un quilombo de pistas falsas y callejones sin salida, probablemente riéndose de los detectives que intentaban armar un rompecabezas al que le faltaban la mitad de las piezas.

El legado: un acertijo sin solución es la mejor publicidad

La verdadera victoria del Zodiaco no fue evadir a la justicia. Fue trascenderla. Logró convertirse en un producto cultural, un ícono del misterio irresoluble que garantiza la inmortalidad. Su nombre es más famoso que el de sus víctimas, una verdad tan trágica como inevitable. No necesitaba ser atrapado y juzgado; el juicio de la opinión pública y de la historia le era mucho más favorable, porque la duda siempre es más interesante que la certeza. Nos legó una marca, un símbolo y una pregunta abierta que ha alimentado libros, películas y foros de internet durante más de medio siglo.

De forma casi poética, uno de sus criptogramas más complejos, el «código 340», permaneció indescifrable durante 51 años, hasta que en 2020 un equipo internacional de civiles —un programador, un matemático y un experto en logística— lo resolvió. Un logro que los profesionales no consiguieron. ¿Y qué revelaba el mensaje cifrado? Más bravuconadas y delirios de un tipo que aseguraba no tenerle miedo a la cámara de gas porque iría antes al «paraíso» a reunir esclavos para su vida en el más allá. Ni una pista, ni un nombre. Solo más ego. El Zodiaco demostró que para ser recordado no hace falta ser un genio, solo hay que saber contar una historia y, lo más importante, nunca revelar el final. Su legado es un recordatorio de nuestra propia fascinación por la oscuridad y de que, a veces, el misterio es un refugio mucho más perdurable que la verdad.