Corte Suprema: Récord de 45.678 causas nuevas en 2024

Una avalancha de papel (o de bits)
Las cifras oficiales no suelen admitir segundas lecturas, pero a veces su contundencia obliga a una pausa reflexiva. La Corte Suprema de Justicia de la Nación informó que durante el año 2024 ingresaron 45.678 causas nuevas. No es un error de tipeo. Es un récord histórico que supera con holgura las ya abultadas cifras de años anteriores, como las casi 39.000 de 2023 o las 36.000 de 2022. Este torrente de expedientes, ya sean físicos o digitales, representa mucho más que una carga de trabajo para los ministros y su personal. Es el síntoma febril de una sociedad que ha hecho de la litigiosidad su principal modo de resolver conflictos.
Resulta fascinante observar cómo se celebra la capacidad del sistema para registrar semejante volumen, como si se tratara de una proeza logística. Lo es, sin duda. Pero es como aplaudir la eficiencia de un hospital para admitir pacientes en medio de una epidemia. La pregunta de fondo no es cuántos pueden entrar, sino por qué hay tantos buscando entrar. Cada una de esas causas es un fragmento de una disputa que no pudo, o no supo, resolverse en instancias previas: en una negociación privada, en un debate parlamentario, en una decisión administrativa. Es el resultado final de una cadena de frustraciones que termina, como un río que desemboca en el mar, en la mesa de entradas del máximo tribunal.
Esta pila de expedientes es, en realidad, un monumento a la discordia. Una radiografía precisa del estado de las cosas. La justicia, concebida como el último recurso, se ha convertido en la primera y, a veces, única opción para una cantidad cada vez mayor de ciudadanos, empresas y hasta para los propios organismos del Estado. Un panorama que invita a pensar menos en la fortaleza del Poder Judicial y más en la fragilidad de todo lo demás.
El cuello de botella y la virtud de la paciencia
Frente a este diluvio de 45.678 expedientes, la estructura de la Corte opera como un formidable cuello de botella. Un puñado de jueces y un equipo de colaboradores deben procesar una demanda que excede cualquier capacidad razonable de respuesta inmediata. Aquí es donde la maquinaria judicial revela sus mecanismos más curiosos, como el famoso artículo 280 del Código Procesal Civil y Comercial de la Nación. Esta herramienta permite a la Corte rechazar recursos extraordinarios por la mera causal de no encontrarlos trascendentes, sin siquiera dar fundamentos. Es una válvula de escape, un filtro necesario para no colapsar. En 2024, se estima que más del 80% de los casos que llegaron encontraron su fin a través de esta vía expeditiva.
Visto desde afuera, podría parecer un acto de arbitrariedad. Visto desde adentro, es pura supervivencia. El sistema, de forma implícita, le enseña al ciudadano una virtud olvidada: la paciencia. La justicia que tarda no es necesariamente justicia que se niega; a veces es, simplemente, justicia que está en una lista de espera kilométrica. El que presenta un recurso ante la Corte sabe que ha comprado un billete de lotería, con la esperanza de que su número sea el elegido para un análisis profundo.
La diversidad de los asuntos es asombrosa. En la misma pila conviven reclamos jubilatorios de personas que llevan años esperando una actualización, con complejas disputas de patentes entre multinacionales, causas de lesa humanidad, conflictos de competencia entre provincias y, por supuesto, las cada vez más frecuentes contiendas donde se dirime la constitucionalidad de las políticas públicas. El auto embargado de un particular compite por la atención de los jueces con una ley que afecta a millones. Todos forman parte del mismo récord, de la misma estadística que celebra el volumen sin detenerse a pensar en el drama humano y social que cada expediente encierra.
Cuando la Justicia se convierte en política (y viceversa)
Una revelación que ya no sorprende a nadie es la creciente judicialización de la política. Cuando el Congreso se paraliza por falta de acuerdos, cuando el Poder Ejecutivo toma decisiones por decreto que bordean sus atribuciones, el conflicto se traslada inevitablemente a los tribunales. La Corte Suprema se ve forzada a actuar como un árbitro de la contienda política, un rol para el que no fue diseñada originalmente pero que la realidad le impone con una insistencia abrumadora. Una parte significativa de esos 45.678 expedientes no son otra cosa que rounds de una pelea política que se libra con escritos judiciales en lugar de discursos parlamentarios.
Este fenómeno tiene consecuencias profundas. Transforma a los jueces en actores políticos y a las sentencias en herramientas de poder. El ciudadano común observa, entre perplejo y resignado, cómo las grandes decisiones que afectan su vida cotidiana no se toman en la Casa Rosada o en el Palacio Legislativo, sino en el Palacio de Justicia. No es una conspiración, es una consecuencia lógica de un sistema de frenos y contrapesos puesto al límite. La Corte, al fallar sobre tarifas, impuestos o reformas estructurales, no solo interpreta la ley; de facto, gobierna. Y cada fallo sienta un precedente que alimenta nuevas y futuras disputas, en un ciclo que parece no tener fin.
El veredicto no es el final del camino
Finalmente, es necesario desmontar la fantasía de que una sentencia de la Corte Suprema es una solución mágica. El récord de casos ingresados es también un testimonio de una fe casi ciega en el poder del papel sellado. Sin embargo, obtener un fallo favorable es, muchas veces, solo el comienzo de otra batalla: la de su cumplimiento. Una orden judicial para restituir un derecho, para pagar una deuda o para anular un acto administrativo depende de la voluntad y la capacidad de otros organismos del Estado para ejecutarla.
El sistema judicial se ha vuelto el gran receptor de los problemas del país, una especie de depósito final de todo aquello que la sociedad no puede o no quiere resolver por otras vías. La cifra de 45.678 no es un indicador de la vitalidad del derecho, sino de la cantidad de fracturas expuestas en el cuerpo social. Es el motor de un auto que funciona constantemente en la zona roja del tacómetro. Impresiona por su potencia, pero la pregunta inevitable es cuánto tiempo más puede soportar ese nivel de exigencia antes de fundirse. El récord está registrado. Queda para la reflexión si es motivo de orgullo o de profunda preocupación.












