Consentimiento, Alcohol y Acusaciones: La Realidad en Tribunales

Análisis de la prueba del consentimiento en delitos sexuales cuando el alcohol está presente. Las complejidades legales entre la inconsciencia y la vulnerabilidad.
Un vaso de cristal roto en mil pedazos, con un corcho de botella de vino a un lado y un vaso de agua intacto al otro. Representa: Un hombre y una mujer, tras una noche de copas, tienen relaciones sexuales. Al día siguiente, la mujer denuncia violación, alegando que estaba en estado de inconsciencia y no pudo consentir. El hombre sostiene que el acto fue consentido. La defensa solicita pruebas periciales para determinar el grado de lucidez de la víctima en ese momento y cuestiona la credibilidad del testimonio.

Cuando la noche termina en un expediente

Mire, dejemos de lado los manuales por un rato. La gente cree que la justicia penal es una ciencia exacta, una especie de laboratorio donde se destila la verdad. Pero la verdad es que esto es más parecido a un teatro, y en casos como estos, el guion ya viene más o menos escrito. Tenemos a un hombre y una mujer, alcohol, una cama, y al día siguiente, el teléfono de un fiscal. La defensa pide pericias, claro. Es lo que hay que hacer. Pedir, pedir y pedir. Se solicita un dosaje de alcohol retroactivo que es poco menos que ciencia ficción, se piden informes psicológicos para ver si la denunciante es ‘creíble’, como si la credibilidad fuera una cualidad medible, como la fiebre. Pero todo eso, en el fondo, es para la tribuna. Es ruido. El nudo del asunto, el verdadero problema, es que desde el momento en que se radica la denuncia, la balanza ya se inclinó. Y no lo digo como una queja, es una constatación de la realidad. El sistema, con su mentada ‘perspectiva de género’, que a veces es sensibilidad y a veces es un martillo para clavar cualquier clavo que se le cruce, parte de una premisa: la palabra de ella es sagrada. Casi. Y la del acusado es, por definición, interesada y sospechosa. Entonces, ¿de qué hablamos cuando hablamos de probar el consentimiento? Hablamos de una tarea titánica, casi imposible. No se trata de probar un hecho positivo, ‘ella dijo que sí’. Se trata de refutar un hecho negativo que se presume cierto: ‘ella no estaba en condiciones de decir que sí’. Y ahí, en esa pequeña inversión semántica, se juega el destino de una persona. La discusión no es fáctica, es narrativa. ¿Qué relato va a comprar el juez? ¿El del hombre que dice ‘fue consensuado, estábamos los dos en la misma’ o el de la mujer que dice ‘no recuerdo, estaba ida, se aprovechó de mí’? La práctica en los tribunales te enseña que la segunda narrativa tiene, de entrada, mucho más peso. Porque apela a una construcción de vulnerabilidad que el sistema está predispuesto a proteger. Y el alcohol, ese invitado incómodo, se convierte en el gran villano de la película, pero solo para uno de los lados. Para ella, es el factor que anula la voluntad. Para él, no es atenuante de nada; al contrario, es un agravante de su supuesta conducta predatoria. Así que cuando un colega joven me pregunta cómo encarar estos casos, le digo lo mismo: olvídate de la verdad objetiva. Eso no existe acá. Acá lo que existe es un expediente, una pila de papeles, y una lucha de relatos. Tu trabajo es hacer que el relato de tu cliente sea, si no creíble, al menos lo suficientemente sólido como para instalar una duda. Una duda razonable. Esa es toda la ciencia. El resto es burocracia, tiempo y, con suerte, algo de sentido común, que suele ser el menos común de los sentidos en este oficio.

Las herramientas del cirujano… o del carnicero

El sistema nos da herramientas, por supuesto. El Código Procesal es una caja de herramientas formidable. El problema es que a veces te dan un destornillador de precisión para desarmar un motor de camión. O peor, un mazo. La principal ‘herramienta’ en estos casos es el testimonio. La declaración de la víctima es la piedra angular de todo el edificio acusatorio. Lo que ella dice, cómo lo dice, si se quiebra, si es coherente… todo se analiza bajo un microscopio. Pero un microscopio con un filtro particular. Un filtro que se llama, como decíamos, perspectiva de género. Que en su formulación teórica es impecable: busca equilibrar una desigualdad histórica. En la práctica, a veces funciona como un dogma. ‘Se debe creer a la víctima’. Y la frase, que es un principio rector valioso, se transforma en una conclusión a priori. Cualquier fisura en su relato se interpreta como un síntoma del trauma, no como una inconsistencia. Cualquier duda que plantee la defensa es ‘re-victimización’. Es un campo minado. Entonces, la defensa tiene que usar sus herramientas con una delicadeza de cirujano. Las pericias psicológicas son un buen ejemplo. Uno las pide para evaluar la estructura de personalidad de la denunciante, para buscar indicadores de fabulación o manipulación. Pero el resultado casi siempre es el mismo: un informe ambiguo que dice que la persona presenta ‘angustia compatible con el hecho relatado’. Compatible. No que lo prueba. Pero para el fiscal y el juez, ‘compatible’ es prácticamente una confirmación. Es una herramienta que parece útil pero que, en la práctica, a menudo termina reforzando la acusación. Es como darle una pala al fiscal para que entierre un poco más a tu cliente. La defensa se queda con muy poco. Tiene que trabajar sobre los márgenes, sobre los detalles. ¿Hay mensajes de texto previos o posteriores? ¿Hay testigos que los vieron interactuar esa noche? ¿Cómo estaban? ¿Parecían alegres, coqueteaban? Se trata de construir una contra-narrativa, un contexto que haga que la versión del ‘acto no consentido’ parezca menos plausible. Pero es una tarea ingrata, porque estás luchando contra una presunción muy arraigada. Y la jurisprudencia, sobre todo en los últimos años, ha ido consolidando esta línea. Se habla mucho menos de violencia física y mucho más de ‘abuso de una situación de vulnerabilidad’. Y la vulnerabilidad, amigo, es un concepto elástico como un chicle. Estar alcoholizada es ser vulnerable. Estar triste es ser vulnerable. Estar en una situación de dependencia económica o emocional es ser vulnerable. El concepto se ha expandido tanto que casi cualquier interacción humana podría, con un poco de esfuerzo interpretativo, caer bajo ese paraguas. Y el consentimiento debe ser ‘explícito, claro y sostenido’. Un estándar altísimo que, seamos honestos, muy pocas interacciones sexuales en el mundo real cumplen a rajatabla, con actas firmadas y escribano público. El derecho va por un lado y la vida, la caótica y desprolija vida, va por otro. Y en el medio estamos nosotros, los abogados, tratando de que esas dos realidades no se destruyan mutuamente.

El famoso “estado de inconsciencia”: Un fantasma en la sala

Hablemos de esto, porque es el corazón del asunto. El ‘estado de inconsciencia’. La gente se imagina a alguien desmayado, en coma alcohólico. Y a veces es así, y esos casos son claros. Pero la mayoría de las veces no. El Código Penal no exige una inconsciencia total. Habla de la imposibilidad de dirigir las acciones o de consentir libremente. Y acá entramos en el pantano más profundo. ¿Cuál es el límite? ¿Cuántas copas de vino te quitan la capacidad de consentir? ¿Tres? ¿Cinco? ¿Depende de tu peso, de tu costumbre de beber, de si comiste algo? No hay un alcoholímetro para el consentimiento. Es una valoración que hace el juez a posteriori, basándose en indicios, en testimonios, en su propia percepción del mundo. Y esa percepción está, inevitablemente, teñida por el clima de época. Hoy, la vara está muy baja. La sola presencia de un nivel de alcohol significativo en la mujer puede ser suficiente para que un juez considere que no había consentimiento válido. Y la carga de la prueba, en la práctica, se invierte. Ya no es el fiscal el que tiene que probar que ella no podía consentir; es el acusado el que tiene que probar que ella sí podía. Una prueba diabólica, imposible. ¿Cómo demostrás la lucidez de otra persona horas después del hecho? Es absurdo. Por eso las pericias son un saludo a la bandera. Un toxicólogo te puede decir ‘tenía X gramos de alcohol en sangre’, pero no te puede decir cómo eso afectaba su voluntad específica en ese momento. Una persona con 1.5 de alcohol puede estar bailando en una mesa y otra, durmiendo la mona. No hay una regla. Y el sistema legal, que necesita reglas claras, acá se inventa una: el alcohol en la mujer anula el consentimiento; en el hombre, agrava su conducta. Es una simplificación, una caricatura de la realidad, pero es la regla con la que jugamos. Se ignora la complejidad de las interacciones humanas bajo los efectos del alcohol, donde las inhibiciones bajan para todos, donde las señales se vuelven confusas, donde dos personas pueden estar, sinceramente, en dos películas distintas. Uno cree que está en una comedia romántica y la otra, sin saberlo, está en una película de terror. Y al día siguiente, el sistema tiene que decidir cuál de las dos películas es la ‘verdadera’. Y casi siempre, elige la que se ajusta mejor a su guion de protección a la víctima vulnerable. Un guion noble en su intención, pero a veces terriblemente injusto en su aplicación ciega.

Consejos desde la trinchera: Manual de supervivencia

Si alguna vez te ves metido en un brete así, no hay consejos morales que valgan. Esto es estrategia pura. Fría. Calculada. Si sos el acusado, tu primer movimiento es uno solo: cerrar la boca. No hables con nadie. Ni con la policía, ni con el fiscal, ni con la amiga de ella que te llama para ‘entender’. Nada. Cada palabra que digas será usada en tu contra. Es el único derecho que nadie te puede quitar, el de no declarar contra vos mismo, y es el más importante. Llamá a un abogado. Inmediatamente. Y a partir de ahí, tu estrategia no es salir a gritar ‘¡fue consentido!’. Eso es un error de principiante. Tu estrategia es sembrar la duda. Atacar la narrativa de la fiscalía en sus puntos débiles. ¿Hay inconsistencias en la declaración? ¿Hay pruebas objetivas (mensajes, videos, testigos) que contradigan una parte, aunque sea mínima, del relato? Tenés que ser metódico, casi obsesivo. Tu objetivo no es probar tu inocencia, es hacer que la certeza de tu culpabilidad sea insostenible para una condena. Es una defensa negativa. Desgastante. Pero es la única que tenés. Porque probar el ‘sí’ explícito de una persona que ahora dice ‘no’, y que además estaba alcoholizada, es una misión imposible. Es un viaje a la luna sin cohete. Y tenés que aceptar que, desde el primer día, la sociedad ya te condenó. Tu pelea no es por tu reputación, es por tu libertad. Son dos cosas distintas. Y si sos la denunciante, el consejo es otro, pero igual de estratégico: la coherencia es tu única armadura. Tu relato tiene que ser uno solo, desde la primera vez que hablás con la policía hasta el último día del juicio. Cada detalle cuenta. No podés dudar. No podés cambiar versiones. La defensa se va a prender de cada mínima contradicción como un pitbull. Tenés que entender que el proceso va a ser un calvario. Te van a preguntar de todo, van a hurgar en tu vida, van a intentar presentarte como una mentirosa, como una persona inestable, como cualquier cosa que les sirva para minar tu credibilidad. El sistema te va a dar la razón, probablemente, pero no te la va a hacer fácil. Tenés que ser fuerte, tenés que tener apoyo y ten-es que ser una roca. Tu testimonio es, básicamente, toda la causa. Si tu testimonio se cae, se cae todo. Así de simple y así de brutal.

El veredicto final: ¿Justicia o lotería?

Al final del día, después de los peritos, los testigos, los alegatos lacrimógenos y los tecnicismos aburridos, un juez tiene que tomar una decisión. ¿Y en qué se basa? Seamos sinceros. Se basa en una impresión. En una ‘íntima convicción’. Una fórmula elegante para decir ‘me parece que fue así’. Porque en estos casos de alcoba, donde la única verdad la tienen dos personas y el alcohol, no hay certeza posible. Nunca. El juez lee el expediente, escucha a las partes y elige una narrativa. La que le parece más verosímil, más coherente, más ajustada a derecho, o más ajustada a lo que se espera de él. Es una apuesta. A veces le acertarán, y un culpable será condenado o un inocente absuelto. Otras veces, se equivocarán. Y el error, en un sentido o en el otro, destroza vidas. Porque el sistema no está diseñado para encontrar la verdad, está diseñado para resolver conflictos. Y los resuelve como puede, con las herramientas que tiene, que son imperfectas, como las personas que las usan. Uno, desde este lado del mostrador, ve pasar los casos y son siempre el mismo drama con distintos actores. La misma noche, la misma confusión, la misma acusación. Y al final, la misma sensación de que la justicia es, en el mejor de los casos, una aproximación. Una lotería con toga y martillo. Y uno se va a casa pensando que hizo lo que pudo, que luchó con las reglas que le dieron, pero con el sabor amargo de saber que la verdad, la de verdad, probablemente se quedó en esa habitación, evaporada junto con los últimos rastros del vino.