Camilo Sesto y la censura de su música durante la dictadura

El artista menos pensado y el oído más sensible
Uno podría imaginar que los aparatos de censura de una dictadura militar tendrían su atención puesta en himnos de protesta, en metáforas complejas sobre la libertad o en artistas de abierta militancia política. Parece lógico. El poder autoritario, por definición, teme a la palabra que lo desafía. Sin embargo, la historia nos ofrece desvíos que rozan lo cómico. Camilo Sesto, el ícono de la balada romántica, el hombre de la voz inmaculada y los pantalones ajustados, terminó en las listas negras. Un giro argumental que nadie pidió, pero que revela, con una claridad pasmosa, la naturaleza del pensamiento censor.
La propuesta de Sesto no era precisamente un llamado a la revolución. Sus canciones eran monumentos al amor, al desamor, al melodrama más puro y efectivo. Orquestaciones fastuosas, interpretaciones al borde del desgarro y letras que exploraban el universo de las relaciones personales. Nada que hiciera pensar en un peligro para la seguridad nacional. Pero aquí entra en juego el oído del censor, un órgano de una sensibilidad patológica, capaz de detectar gérmenes de insurrección en la súplica de un amante. En un contexto de puritanismo impuesto, donde el Estado se arrogaba el derecho de tutelar la moral pública y privada, el dramatismo de Camilo Sesto era, al parecer, un exceso intolerable. No hacía falta tener mucha pila para darse cuenta de que el problema no era él, sino el terror del régimen a cualquier emoción que no pudiera controlar.
‘Jamás’: Un atentado contra la institución familiar
La pieza del delito fue ‘Jamás’, una de sus canciones más emblemáticas. Analicemos el texto con la misma seriedad impostada que, presumiblemente, aplicaron los censores del Comité Federal de Radiodifusión. La letra narra la historia de un hombre que le ruega a su amada, a punto de dejarlo por otro, que se quede una noche más. ‘Jamás, jamás, he dejado de ser tuyo’, clama él, en un acto de desesperación romántica. Para un oyente común, es la quintaesencia del drama de telenovela hecho canción. Para el censor del Proceso de Reorganización Nacional, era un ataque directo a la sagrada institución de la familia.
La lógica, si se puede llamar así, es reveladora. La canción presenta una relación extramatrimonial, o al menos, una transacción afectiva fuera de los cánones bendecidos por la ley y la Iglesia. Glorifica, según esta óptica, la pasión por encima del deber conyugal. El simple hecho de pedir ‘una noche más’ implicaba validar un deseo individual y carnal que no respondía a la estructura familiar que el régimen defendía como pilar de la nación. La revelación, tan obvia que duele, es que no les preocupaba la familia. Les preocupaba el deseo. La autonomía del individuo para sentir y expresar algo que no estuviera previamente aprobado y empaquetado por el Estado. En su delirio controlador, un hombre triste cantando en la radio era tan peligroso como un panfleto clandestino.
La mecánica de la prohibición: un trámite burocrático del absurdo
El proceso no fue un rapto de furia ideológica, sino un frío trámite administrativo. Así funciona el terror más eficiente. El COMFER emitía comunicados con ‘listas negras’ de temas y artistas cuya difusión quedaba prohibida en todos los medios audiovisuales del territorio. Estas listas eran un catálogo heterogéneo del espanto censor: incluían desde obvios perseguidos políticos como Mercedes Sosa o León Gieco, hasta sorpresas como Eric Clapton por ‘Cocaine’ o Queen por ‘Bohemian Rhapsody’. Y allí, en medio de todos ellos, Camilo Sesto.
La prohibición de ‘Jamás’ se fundamentaba en un dictamen que la consideraba una apología del adulterio y, por ende, contraria a las ‘buenas costumbres’. Es fascinante imaginar a un comité de hombres serios, probablemente con un auto oficial esperando en la puerta, invirtiendo horas de trabajo estatal en desmenuzar baladas pop para proteger a la población de sus supuestos mensajes corrosivos. La burocracia del absurdo en su máxima expresión. No se trataba de un debate intelectual sobre el arte, sino de la aplicación de un reglamento diseñado para podar cualquier brote de expresión que se saliera de la maceta oficial. La censura no solo era una herramienta de represión política, sino también de una profunda y aburrida mediocridad estética.
El legado involuntario: la censura como curadora de arte
Lo más irónico de todo este asunto es el efecto no deseado. Al censurar a Camilo Sesto, el régimen le otorgó, sin quererlo, una nueva dimensión. Lo sacó del exclusivo ámbito del consumo romántico y lo inscribió, a la fuerza, en la historia de la resistencia cultural. Un artista que nunca pretendió ser un símbolo de nada, de pronto se vio condecorado con la medalla de ‘prohibido’, un galardón que, en dictadura, confiere un prestigio inigualable. La canción, antes un éxito de la radio, se convirtió en un pequeño fetiche, un placer culpable que se escuchaba en la intimidad, con la conciencia de estar cometiendo una mínima transgresión.
La verdad incómoda que emerge de todo esto es que la censura es una pésima crítica de arte, pero una excelente curadora. Al señalar algo como peligroso, inevitablemente lo vuelve interesante. El intento de suprimir un mensaje a menudo garantiza su supervivencia y lo carga de un significado que nunca tuvo. El poder, en su soberbia, creyó que podía dictaminar qué era arte y qué no, qué era moral y qué era disoluto. El resultado fue el opuesto: expuso su propia fragilidad, su miedo a algo tan inofensivo como una canción sobre un corazón roto. Al final del día, el legado más perdurable de la censura a Camilo Sesto no es el silencio que impuso por un tiempo, sino el ruido que generó después, una carcajada histórica a costa de quienes se tomaron demasiado en serio a sí mismos y demasiado poco en serio la inteligencia de la gente.












