Abel Azcona: arte, profanación y las hostias de la discordia

La obra de Abel Azcona, utilizando hostias consagradas para denunciar la pederastia en la Iglesia, desató una batalla legal sobre los límites del arte y la fe.
Un inodoro de porcelana blanca con varias hostias consagradas flotando en el agua, y una pequeña cruz dorada atascada en el desagüe. Representa: Abel Azcona fue denunciado por usar hostias consagradas en una instalación crítica con la Iglesia

La materialidad del escándalo

En el universo del arte contemporáneo, a veces, una idea necesita poco más que una ejecución precisa y una pila de paciencia para detonar. Abel Azcona, un artista que no se caracteriza precisamente por su sutileza, lo demostró con su obra ‘Amén’. La instalación, en su superficie, era simple: la palabra ‘Pederastia’ escrita en el suelo. El detalle, el que desató el vendaval, fue el material utilizado: 242 hostias consagradas.

Uno se pregunta por el método, y Azcona, con la meticulosidad de un coleccionista, lo documentó. Asistió a 242 misas, hizo la fila como cualquier feligrés, puso la cara de circunstancia, y en el momento de la comunión, en lugar de consumirla, guardó la hostia. Un acto de performance sigiloso, repetido hasta el hartazgo, que precede y fundamenta la obra final.

Porque en el arte de acción, la obra no es solo el objeto que queda, sino el proceso, la narrativa que el artista construye. Sin el relato de esas 242 misas, las hostias serían solo obleas. Con el relato, se convierten en la crónica de una infiltración, en la evidencia material de una crítica que se gestó desde adentro mismo del rito.

Cuando el símbolo pesa más que el código penal

Naturalmente, la cosa no quedó en una simple muestra de galería. La Asociación Española de Abogados Cristianos, un colectivo que parece tener como misión divina el monitoreo de la moral artística, le saltó a la yugular. Lo denunciaron por, entre otras cosas, ‘profanación’ y ‘delitos contra los sentimientos religiosos’. Y acá es donde el asunto se pone fascinante. El debate legal no era sobre la libertad de expresión, al menos no al principio. Era sobre la ontología de un pedazo de pan.

¿Puede el derecho civil reconocer la transubstanciación? Para la justicia, ¿una hostia consagrada es legalmente distinta a una sin consagrar? Es un quilombo metafísico en un juzgado. La obra de Azcona obligó al sistema legal a pronunciarse sobre la fe. Por supuesto, la causa fue archivada y reabierta una cantidad de veces que marea, demostrando que ni los propios jueces sabían bien cómo agarrar ese fierro caliente. Al final, tras un largo peregrinaje por los tribunales, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos zanjó el asunto, amparando a Azcona en la libertad de expresión. Un alivio para el sentido común, pero una revelación sobre la fragilidad de la frontera entre Estado laico y creencia personal.

El arte como espejo incómodo

Pero reducir la obra a su batalla legal es quedarse con la foto y tirar el rollo. La elección de las hostias no fue un capricho para hacerse el polémico. Fue una decisión quirúrgica. Azcona usó el símbolo más sagrado de la institución —el supuesto cuerpo de su fundador— para escribir la palabra que representa su crimen más vergonzoso y encubierto. No hay metáfora más directa. Es un acto de canibalismo simbólico.

Se apropia del cuerpo de Cristo para denunciar lo que se hizo con los cuerpos de los niños. El escándalo, la ofensa que sintieron miles de fieles, no es tanto por la oblea en sí, sino por la brutal honestidad del mensaje. El arte, cuando funciona, no decora el living. Te agarra del cuello y te obliga a mirar lo que no querés ver. La reacción visceral es la prueba de su eficacia. La obra no es un insulto gratuito a la fe de la gente, sino un espejo que devuelve una imagen monstruosa a la jerarquía eclesiástica.

La obra que sobrevive al ruido

Pasada la tormenta judicial y mediática, que incluyó una bonita colección de amenazas de muerte y el dudoso honor de ser declarado persona non grata en varios círculos, ¿qué queda de ‘Amén’? Queda una obra cuyo significado se expandió mucho más allá de la intención original del artista. La pieza ya no son solo las hostias en el suelo; son también las denuncias, los titulares de los diarios, los debates televisivos, los comentarios furibundos en internet y hasta la sentencia del Tribunal de Estrasburgo. Todo eso es parte de la obra.

Azcona no solo expuso un material, expuso una llaga social y la reacción fue la verdadera performance colectiva. Y como para cerrar el círculo con una capa más de ironía, la instalación, con sus 242 hostias ‘profanadas’, fue adquirida y forma parte de la colección de un museo. Aquellos objetos que, según algunos, contenían una esencia divina y fueron mancillados, ahora están catalogados, asegurados y conservados con una temperatura controlada.

Su valor se ha transmutado de nuevo: de símbolo religioso a evidencia de un crimen, y de ahí a activo cultural. Un objeto de fe se convirtió en un objeto de arte crítico, que a su vez se convirtió en patrimonio. Un viaje verdaderamente notable para unas simples obleas de harina y agua.