Exhibit B de Brett Bailey: ¿Arte antirracista o espectáculo racista?

La noble intención y el pequeño detalle
Hay que reconocer que la premisa tenía todo para ser aplaudida en el circuito del arte contemporáneo. Un artista blanco, sudafricano, Brett Bailey, decide crear una obra para obligar a Europa a mirarse en el espejo de su propio pasado colonial. Una idea valiente, qué duda cabe. El plan consistía en montar una serie de instalaciones, o ‘cuadros vivientes’, inspiradas en los infames “zoológicos humanos” que fueron furor en el viejo continente, donde se exhibían personas de las colonias como si fueran especímenes exóticos.
El objetivo, según el propio Bailey, era puramente antirracista. Se trataba de generar una experiencia visceral, incómoda, que sacudiera la conciencia del espectador y lo hiciera reflexionar sobre la deshumanización, tanto la histórica como la que persiste hoy en las políticas de inmigración. En el papel, la propuesta tenía una pila de buenas intenciones. Un artista usando su plataforma para una crítica social profunda. Un acto de reparación simbólica, casi. El problema, como suele suceder cuando las buenas intenciones se topan con la realidad, estuvo en el ‘cómo’. En la ejecución. Y en el arte, ese pequeño detalle lo es todo.
Una visita al zoológico (humano)
La experiencia de recorrer ‘Exhibit B’ estaba diseñada para ser perturbadora. El público ingresaba en silencio y avanzaba por un recorrido de doce escenas. En cada una, un performer negro, con vestuario de época, se mantenía inmóvil y en silencio, representando a una víctima de la explotación colonial. Un hombre con un grillete, una mujer encadenada a una cama, otra exhibida por sus características físicas. El único sonido era un coro de lamentos de Hereros de Namibia, grabado para la ocasión. Un recordatorio del genocidio perpetrado por Alemania a principios del siglo XX.
Los espectadores se convertían, voluntaria o involuntariamente, en voyeurs. En partícipes de la mirada colonial. Algunos performers devolvían la mirada, rompiendo la cuarta pared y confrontando directamente al observador. La técnica no es nueva; es una lección básica sobre la dialéctica del poder en la representación visual: el sujeto que mira, el objeto que es mirado. Bailey buscaba que el público blanco se sintiera cómplice de esa dinámica de poder. Y, en ese aspecto, la obra era un éxito rotundo. Era imposible salir de allí sin sentir una profunda incomodidad.
La rebelión de los observados
Pero sucedió algo que, al parecer, no estaba en el libreto del artista. Aquellos a quienes la obra representaba, las comunidades negras de las ciudades donde se presentaba, decidieron que ya habían tenido suficiente de ser el ‘objeto’ de estudio, incluso en nombre del arte más crítico. Las protestas estallaron con fuerza, siendo las de Londres, en 2014, frente al prestigioso Barbican Centre, las más notorias. Activistas, artistas y ciudadanos negros se plantaron en la puerta con un mensaje claro: la obra era racista.
La acusación era directa. Argumentaban que, más allá de las intenciones de Bailey, ‘Exhibit B’ era un “espectáculo de trauma negro” curado por un hombre blanco para el consumo de una audiencia mayoritariamente blanca. Sostenían que usar cuerpos negros como recipientes pasivos y silenciosos de un sufrimiento histórico no era una crítica al racismo, sino una repetición del mismo. Era, en esencia, un zoológico humano del siglo XXI con una coartada intelectual. La presión fue tal que el Barbican tuvo que cancelar la obra. El silencio de las salas fue reemplazado por el grito de quienes se negaron a ser una pieza de museo.
El arte, el espejo y el martillo
Naturalmente, la defensa de la obra no se hizo esperar. Se invocó la libertad de expresión, la intención antirracista del autor, y se acusó a los manifestantes de censores que no habían entendido la complejidad de la propuesta. Una narrativa bastante conveniente. Pero aquí reside la revelación, esa verdad tan obvia que casi da vergüenza tener que señalarla: el arte no opera en un vacío. No es un monólogo del artista, sino un diálogo con su tiempo y su público. Y cuando una parte significativa de ese público, precisamente la que se supone que estás ‘honrando’ o ‘representando’, te dice que tu obra es una agresión, quizás lo más sensato sea escuchar.
La pregunta fundamental que ‘Exhibit B’ terminó planteando, muy a su pesar, no es si era “buen” o “mal” arte. La cuestión es a quién servía. ¿Servía para que el público blanco progresista se sintiera un poco mal por el colonialismo durante una hora para luego volver a casa con la conciencia tranquila por haber participado de un evento cultural ‘importante’? ¿O servía a las comunidades negras, forzadas a ver su trauma histórico empaquetado y vendido como una experiencia estética de vanguardia? La ironía final es que ‘Exhibit B’ fue, en efecto, una exhibición brillante. No del colonialismo del siglo XIX, sino de las dinámicas de poder del siglo XXI. Una muestra perfecta de quién tiene el privilegio de contar las historias y quién, hasta que se harta y sale a la calle, está relegado al papel de extra silencioso en la película de otro. El auto de Bailey no chocó contra un muro de censores, sino contra el reflejo que él mismo puso en el espejo.












