Proscripta con honores: el retorno glorioso de la casta judicial
Ayer, la democracia argentina recibió una clase magistral de institucionalidad: se consagró, por fin, la condena que todos esperaban… o que algunos venían escribiendo hace años, con tinta judicial y olor a fotocopia. Cristina Fernández de Kirchner ha sido oficialmente condenada, lo cual —según ciertas interpretaciones más creativas que jurídicas— la deja automáticamente proscripta. Bravo. Aplausos para la república. Aplausos de pie, pero mirando para otro lado.

Porque no hay nada más democrático que sacar de la cancha a quien lidera en las encuestas sin haber perdido una sola elección. Se ve que el problema no era que “voten bien”, sino que voten a quien no debían. El pueblo puede elegir, claro, pero solo entre opciones previamente aprobadas por el politburó togado de Comodoro Py. Todo en orden. Todo según las reglas, al menos las que se escriben en letra chica.
Es curioso cómo funciona esta moral selectiva. Los mismos que hablan de “república” con la mano en el corazón (o en la billetera) aplauden que un tribunal con el timing de un sketch de Capusotto decida —casualmente— justo antes de un año electoral. Claro, la Justicia no tiene calendario político… tiene casualidades. Qué suerte la de algunos: los amigos del poder pueden recibir bolsos, offshore, coimas en VTV, pero jamás una condena firme. Mientras tanto, a Cristina le inventan una obra pública y le ponen moño de “asociación ilícita”. ¡Qué eficiencia! Si hubieran usado ese mismo entusiasmo para investigar deuda externa, fuga de capitales o los aportantes truchos, hoy Argentina sería Suiza.
Dicen que no está proscripta, que es todo un “relato”. Que puede presentarse, si quiere. Pero, casualmente, le inventan una condena que no está firme pero que ya sirve para destruir reputaciones en cadena nacional. Es como decirle a alguien “no estás preso, pero te vamos a poner una pulsera, guardias y una celda, por si acaso”.
Lo más grotesco es el acting de los medios: de repente, los mismos que durante años repitieron que “Cristina ya fue” ahora festejan que no pueda presentarse. ¿No era que nadie la quería? ¿Entonces por qué tanto esfuerzo para que no juegue? ¿O será que el problema nunca fue ella, sino todo lo que representa? Nacionalismo popular, derechos laborales, jubilaciones dignas, ciencia, universidades… ¡qué amenaza para la libertad!
La proscripción de Cristina no es solo una persecución a una dirigente. Es una advertencia al resto: si te corrés del libreto, terminás en el banquillo. No importa cuánto te vote la gente. No importa si ganás elecciones. Te vamos a perseguir igual. Porque la verdadera casta no se elige: se hereda con apellido, traje gris y fallos copiados de los expedientes de Magnetto.
En resumen, la condena de Cristina no es un acto de justicia. Es el acto final de un circo judicial montado para disciplinar la política por vía indirecta. No la proscribieron por corrupta. La proscribieron por no ser sumisa.
Y eso, justamente, es lo que la hace peligrosa. Y necesaria.












