Stelarc: El cuerpo como lienzo, prótesis y debate artístico

Un cuerpo, al parecer, obsoleto
En el gran catálogo del arte contemporáneo, hay figuras que decoran y otras que incomodan. Stelarc, nacido como Stelios Arcadiou, pertenece con honores a la segunda categoría. Su premisa fundamental, expuesta con la seriedad de un ingeniero de sistemas, es que el cuerpo humano es una pieza de hardware que se ha quedado sin actualizaciones. Una máquina a la que, para decirlo en criollo, le falta pila. Esta declaración, que a muchos les suena a provocación, es para él un simple diagnóstico técnico, el punto de partida para una obra que se desarrolla sobre su propia piel, músculos y huesos.
Sus primeras incursiones en esta reingeniería corporal fueron las suspensiones. Entre 1976 y 1988, realizó más de veinticinco performances en las que su cuerpo era colgado mediante ganchos de acero insertados en su piel. La imagen es potente, claro, pero el objetivo trasciende el dolor o el espectáculo masoquista. Al someterse a la pura fuerza de la gravedad, Stelarc despojaba al cuerpo de su aura sagrada y lo presentaba como lo que es en su nivel más básico: materia, un conjunto de tejidos con una determinada resistencia a la tracción. Lo convertía en una escultura temporal, un objeto pasivo en el espacio, revelando una vulnerabilidad que usualmente preferimos ignorar, ocupados como estamos en construirle pedestales de dignidad y propósito.
La prótesis como declaración de principios
Si las suspensiones eran un análisis de la materia, sus trabajos posteriores fueron una propuesta de modificación. Stelarc comenzó a explorar la prótesis no como un reemplazo de algo faltante, sino como una adición, una mejora. Proyectos como la Tercera Mano, un apéndice mecánico controlado por señales electromiográficas (EMG) de sus músculos abdominales y de las piernas, son una declaración de intenciones. No se trata de un truco de magia, sino de una interfaz funcional que extiende las capacidades de su cuerpo. Mientras el resto del mundo se maravilla con poder encender la luz con la voz, Stelarc ya estaba operando un tercer miembro con los músculos del abdomen. Una pequeña diferencia de escala.
Este gesto pone en evidencia una verdad que preferimos mantener velada. Nuestra vida entera es una búsqueda de prótesis: el auto para ir más rápido, el celular para estar siempre conectados, las herramientas para hacer lo que nuestras manos no pueden. Stelarc simplemente elimina los intermediarios y acopla la tecnología directamente al chasis biológico. Su obra se vuelve un espejo de nuestras propias ambiciones, pero sin el elegante diseño de producto que nos permite olvidar que estamos, poco a poco, fusionándonos con nuestras máquinas. Él es la versión sin filtro de nuestro anhelo posthumano.
Una oreja de más, por si acaso
Quizás su intervención más célebre y, para muchos, la más desconcertante, es la Oreja en el Brazo. Mediante un complejo proceso que incluyó un andamiaje biocompatible y varias cirugías, se le implantó una réplica de su propia oreja en el antebrazo izquierdo. La idea original, siempre un paso más allá, era dotarla de un micrófono y un transmisor de wifi para que cualquiera, en cualquier parte del mundo, pudiera escuchar lo que su brazo escuchaba. La oreja no era para él, era para la red. Un órgano sensorial público.
Aquí la reflexión se agudiza. Ya no se trata de aumentar la capacidad física, sino de disolver las fronteras del yo. ¿Dónde termina el individuo y dónde empieza el colectivo cuando un pedazo de tu cuerpo se convierte en un nodo de acceso público? Es la misma pregunta que subyace en nuestras redes sociales, donde transmitimos voluntariamente fragmentos de nuestra vida para el consumo masivo. Stelarc, una vez más, se limita a hacerlo explícito, a darle una forma biológica y tangible a un comportamiento que ya hemos normalizado en el plano digital. La oreja en el brazo no es una anomalía; es el avatar físico de nuestro perfil de Instagram.
El arte como campo de pruebas (y de paciencia)
El cuerpo de Stelarc, por lo tanto, no es un lienzo. Es un laboratorio, una plataforma de beta-testing para las preguntas que definen nuestra era. Él asume el costo físico, el riesgo médico y el juicio social para que el resto pueda reflexionar desde la comodidad de una galería o la pantalla de una computadora. El debate recurrente sobre si lo que hace ‘es arte’ resulta, en este contexto, de una simpleza casi conmovedora. Es una pregunta que sirve como mecanismo de defensa para no enfrentar la verdadera cuestión: ¿qué significa ser humano en una época donde la biología se ha vuelto editable y la tecnología, una extensión de nuestra conciencia?
Su obra es radical no por las imágenes que produce, sino por la honestidad que impone. Nos obliga a confrontar nuestra propia relación con la tecnología, despojada de la retórica de marketing sobre la ‘conveniencia’ y la ‘conexión’. Stelarc muestra los cables, la carne y el proceso de acople. Exhibe la incomodidad inherente a la fusión hombre-máquina que tanto nos seduce en la ciencia ficción y tanto nos perturba en la realidad.
Al final, Stelarc no es un profeta ni un visionario de un futuro lejano. Es, más bien, el cronista de un presente en plena transición. Su cuerpo es el testimonio de que la condición ‘cyborg’ no es una fantasía futurista, sino un proceso en marcha. Un proceso que la mayoría vivimos de forma discreta y mediada por dispositivos pulcros. Él, simplemente, decidió llevar la interfaz puesta. Su cuerpo es la verdad incómoda de nuestro siglo: ya somos seres protésicos, solo que todavía nos da un poco de vergüenza admitirlo en público.












