Richard Prince y la demanda por su arte de 'apropiación'

El arte de tomar prestado (o robar, según a quién le preguntes)
En el panteón de los artistas que han hecho del ‘copiar y pegar’ una forma de arte elevado, Richard Prince ocupa un lugar de honor. Su especialidad, la “re-fotografía”, consiste en tomar una imagen existente, fotografiarla de nuevo y presentarla como propia. Una maniobra que, para los no iniciados en las altas esferas del arte conceptual, puede sonar sospechosamente parecida a sacarle una foto al auto del vecino y decir que uno diseñó el motor. Pero, claro, en el arte, el contexto lo es todo. Y el contexto de Prince suele valer millones.
La apropiación artística, como la llaman los entendidos, no busca crear desde cero. Su genialidad, nos dicen, radica en despojar a una imagen de su significado original para darle uno nuevo. Es un juego de significantes, un comentario sobre la cultura de la imagen en la que vivimos ahogados. O, quizás, una justificación elocuente para no tener que salir con la cámara a la calle. En 2008, Prince llevó esta práctica a un nuevo nivel con su serie ‘Canal Zone’, un conjunto de obras donde tomó fotografías del libro ‘Yes Rasta’ del fotógrafo francés Patrick Cariou y les aplicó su “toque mágico”: brochazos de pintura, collages torpes y la yuxtaposición de elementos ajenos.
Patrick Cariou entra en escena, sin invitación
Patrick Cariou es un fotógrafo de la vieja escuela. De esos que invierten años de su vida y una pila de recursos en un proyecto. Durante seis años, convivió con una comunidad de rastafaris en Jamaica, ganándose su confianza para poder documentar su modo de vida con una intimidad y respeto palpables. El resultado fue ‘Yes Rasta’, un libro de fotografía documental publicado en el año 2000. Un trabajo de autor, fruto de la paciencia y la dedicación.
Imaginen la sorpresa de Cariou al descubrir, ocho años después, que sus retratos íntimos y paisajes jamaiquinos colgaban en las paredes de la prestigiosa galería Gagosian en Nueva York, intervenidos, con precios que alcanzaban las siete cifras. Prince no solo no le había pedido permiso, sino que ni siquiera se había molestado en notificarle. Comprensiblemente, Cariou sintió que su trabajo había sido no solo plagiado, sino también profanado. Y así, como es natural cuando el diálogo se rompe y el dinero habla, interpuso una demanda por infracción de derechos de autor contra Prince y sus socios comerciales.
La defensa: el ‘Uso Justo’ y la magia transformadora
Aquí es donde la historia se pone técnica y, por qué no, algo absurda. La defensa de Richard Prince se aferró al concepto de ‘fair use’ (uso justo), una doctrina legal que permite usar material protegido por derechos de autor sin permiso bajo ciertas condiciones. La condición clave, en este caso, era que el nuevo uso debía ser ‘transformativo’. Es decir, que la obra de Prince no era una simple copia, sino una creación nueva que transformaba la original al darle un “nuevo significado o mensaje”.
Según Prince, sus añadidos de guitarras eléctricas, cuerpos femeninos y manchas de pintura convertían los solemnes retratos de Cariou en una crítica sobre la comercialización y la sexualización de las culturas primitivas. El tribunal de primera instancia, en un raro ataque de sentido común, no compró el argumento. El juez dictaminó que para que una obra fuera transformativa, debía, como mínimo, comentar o criticar la obra original, y que las modificaciones de Prince eran mayormente estéticas e insuficientes. Veinticinco de las treinta obras de la serie fueron consideradas una infracción. Parecía una victoria para los creadores originales.
El veredicto de apelación: cuando la ley se pone ‘conceptual’
Pero en el mundo del arte, como en tantos otros, la lógica no siempre prevalece sobre la influencia. El equipo legal de Prince apeló la decisión y, en 2013, el Tribunal de Apelaciones del Segundo Circuito le dio la razón, revirtiendo la mayor parte del fallo anterior. La nueva sentencia fue una revelación, y no precisamente por su claridad.
El tribunal determinó que una obra secundaria no necesita comentar sobre la obra primaria para ser considerada transformativa. Bastaba con que presentara una “estética fundamentalmente diferente y nueva”. El baremo ya no era el mensaje, sino la apariencia. Si a un juez le parece que se ve suficientemente distinto, entonces es legal. Bajo este nuevo y elástico criterio, la corte salvó casi todas las obras de Prince, dejando solo cinco en un limbo legal para ser reevaluadas. El mensaje fue contundente: si eres un artista consagrado y tu obra se vende en galerías de primer nivel, es mucho más probable que tu “apropiación” sea vista como una genialidad transformadora y no como un simple plagio.
El caso Cariou v. Prince no solo validó la carrera de un artista; redefinió las reglas del juego. Abrió una puerta enorme para que el concepto de ‘apropiación’ se estirara hasta límites insospechados, dejando a los autores originales en una posición de vulnerabilidad. Al final, la justicia, en su intento por comprender el arte contemporáneo, terminó por proteger el valor de mercado por sobre el valor de la creación. Una verdad incómoda, pero una que el mundo del arte parece haber aceptado con un resignado y rentable encogimiento de hombros.












