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Piero y la persecución de la dictadura por su música

La obra del cantautor Piero fue considerada una amenaza por la maquinaria represiva del estado, lo que derivó en su persecución y exilio forzado.
Un pequeño muñeco de trapo (representando a Piero) siendo tragado por una gran máquina industrial (representando el estado), con engranajes oxidados y chirriantes. El muñeco está a punto de desaparecer por completo. Representa: Piero sufrio el embate de la maquinaria represiva del estado durante la dictadura argentina

El arte de molestar sin querer queriendo

Existe una curiosa noción, casi tierna en su simpleza, que asume que el arte comprometido debe anunciarse con bombos y platillos, con panfletos y puños en alto. La trayectoria de Piero durante la década del setenta es un elegante desmentido a esa idea. Nadie podría haber acusado a canciones como «Mi Viejo» o «Llegando, llegaste» de ser manifiestos revolucionarios. Eran postales de una sensibilidad popular, crónicas de afectos y distancias que conectaban con una fibra íntima y universal. Y precisamente ahí radicaba su inadvertido peligro.

El problema nunca fue la estridencia, sino la resonancia. En un ambiente donde el discurso oficial buscaba imponer una realidad homogénea, gris y disciplinada, cualquier expresión auténtica de la vida popular se convertía, por defecto, en un acto de disidencia. Piero no necesitaba escribir un manual de guerrilla; le bastaba con poner en palabras y melodías los sentimientos de la gente común. El régimen no perseguía ideólogos de tiempo completo, sino cualquier foco de identidad colectiva que no proviniera del propio Estado. La sensibilidad, al parecer, era material inflamable. Cuando un artista logra que miles de personas canten al unísono sobre sus propias vidas, está construyendo una comunidad. Y toda comunidad no controlada es, para un poder autoritario, una conspiración en potencia. Una revelación que no sorprende a nadie con dos dedos de frente.

«Para el pueblo»: La canción que firmó una sentencia

Toda crónica de una persecución necesita su detonante, su pieza clave. En este caso, fue una canción de título transparente: «Para el pueblo lo que es del pueblo». Grabada en 1975, junto a otros temas de similar calibre social, se volvió un himno casi de inmediato. La frase, atribuida a una figura política histórica, encapsulaba una demanda de justicia y soberanía popular que, en la víspera del golpe de estado más brutal de la historia del país, sonaba como un trueno en un cielo que se oscurecía por momentos.

La canción en sí no es un llamado a las armas. Es una afirmación. Y esa es su mayor ofensa. Al declarar que lo que pertenece al pueblo debe estar en manos del pueblo, deslegitima de raíz a cualquier poder que se arrogue la representación popular sin serlo. Para la maquinaria represiva que se instalaría meses después, esta simple idea era veneno puro. Cuestionaba su misma existencia. La popularidad masiva del tema solo agravó la situación. Ya no era la reflexión de un cantautor; era el sentir de multitudes coreando una verdad que el régimen buscaba aniquilar. La maquinaria estatal, con su peculiar lógica, no vio una canción, vio un desafío directo. Y su manual de procedimiento para los desafíos no incluía el debate de ideas, sino la eliminación del mensajero.

La delgada línea entre el escenario y el exilio

Con el aparato represivo funcionando a pleno rendimiento, el nombre de Piero no tardó en aparecer donde nadie querría verlo: en las listas negras. Estas listas, una especie de condena extrajudicial, significaban el fin de la difusión en radios y televisión, la cancelación de conciertos y, en el peor de los casos, la atención personal de los grupos de tareas. Las amenazas telefónicas se volvieron parte de la rutina. El clima se enrareció de tal forma que seguir en el país era un ejercicio de ruleta rusa.

La decisión de marcharse no fue un arrebato. Fue el resultado de una evaluación de riesgos donde la única variable segura era el peligro. En 1976, Piero y su familia tomaron sus cosas, se subieron a un auto y emprendieron el camino hacia el exilio. Primero Italia, luego España. No era una gira artística, era una huida. El mensaje del poder había sido inequívoco: tu voz molesta, tu presencia es intolerable. Resulta fascinante cómo un sistema que se jactaba de su poderío bélico y su control absoluto podía sentirse tan profundamente amenazado por un tipo con una guitarra. Al parecer, no había mucha pila para tolerar una melodía disonante con la marcha militar. El exilio se presentó no como una derrota, sino como la única estrategia de supervivencia disponible.

Regresar para encontrar el vacío

El retorno, años después, con la restauración de la democracia, no fue el cierre idílico de una historia con final feliz. El exilio no es una pausa; es una amputación. Al volver, Piero se encontró con las secuelas imborrables de la represión. La más dolorosa fue la ausencia de su representante y amigo, Francisco «Paco» Jamandreu, quien había sido secuestrado y desaparecido. El vacío dejado por los desaparecidos es una herida que no cicatriza, un recordatorio perpetuo de la barbarie. No se trata solo de una silla vacía, sino de un proyecto de vida truncado, de un futuro robado.

Además de la pérdida humana, estaba la material. La chacra que poseía, un proyecto de vida y producción, había sido ocupada y desmantelada. El Estado no solo lo había expulsado, sino que también se había encargado de borrar sus huellas, de despojarlo de su arraigo. Este ensañamiento demuestra que el objetivo no era solo silenciarlo temporalmente, sino castigarlo de forma integral, atacando sus afectos, su patrimonio y su historia personal. El regreso fue, entonces, un acto de reconstrucción sobre ruinas. La historia de Piero es, en definitiva, el retrato a escala humana del método de un régimen: no solo buscaba controlar el presente, sino también aniquilar el pasado y el futuro de aquellos a quienes consideraba sus enemigos. Y a veces, para ganarse ese título, solo hacía falta cantar lo que el pueblo ya sentía.