Güemes y Los Infernales: Cuando la Patria se defendía con bigote, lanza y pocas pulgas
Mientras en Buenos Aires los próceres discutían si la patria debía tener escarapela celeste y blanca o blanca con una pizca de celeste, en el norte del país un tipo de bigote poblado, mirada intensa y nombre triple —Martín Miguel de Güemes— estaba haciendo algo tan poco burgués como salvar la independencia a pura lanza y chiripá. Sí, mientras algunos se sacaban retratos de tres cuartos, Güemes fundaba el infierno… pero del lado bueno.
Porque si algo tuvo de particular este héroe salteño fue que, en vez de formar un ejército con generales que firmaban proclamas, lo hizo con gauchos descalzos, poncho al viento, y un temple que asustaba más que mil cañones: Los Infernales. El nombre no fue casual: los realistas no sabían si estaban peleando contra humanos o contra “Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis con acento criollo”.

Los Infernales eran básicamente el torbellino de trompadas de la revolución. Te llegaban a domicilio, sin timbreo ni protocolo, con una lanza en la mano y un par de malas noticias para los realistas. Eran especialistas en la guerra de guerrillas, esa forma de combate que, según las élites porteñas, era “poco elegante”, pero según los españoles era “un problemón”.
Mientras en Tucumán se declaraba la independencia entre tinta y discursos altisonantes, Güemes la aseguraba con sangre, barro y pezuñas. Literalmente. El gauchaje norteño —instruido por la vida y no por manuales militares— sabía que la revolución no se mantenía con palabras lindas, sino con emboscadas bien hechas, caballos rápidos y una geografía más jodida que una sesión en el Congreso actual.
¿Y cuál era el presupuesto del ejército de Güemes? Bueno… el equivalente a dos empanadas y media por soldado, y eso si era día de fiesta. Mientras los generales del sur desfilaban con uniformes importados, Güemes se vestía de patria andante con lo que había: poncho, bombacha, botas y actitud. Y funcionó. Porque lo que le faltaba de presupuesto le sobraba de épica.
A Güemes no lo ayudó nadie. Ni San Martín, que estaba ocupado trepando cordilleras, ni Belgrano, que ya bastante tenía con pelear y explicar por qué su bandera era válida. A Güemes lo dejaron solo, pero eso no le importó. Convirtió a cada campesino en soldado y cada brecha del cerro en una trinchera. No necesitó reconocimiento ni placas: necesitó territorio, coraje y un buen caballo.
Y cuando los realistas lo quisieron frenar, descubrieron que detener a Güemes era como intentar frenar una topadora con un flan. Lo mataron, sí, con una traición digna de novela barata. Pero aún herido, siguió cabalgando. Porque así era el tipo: no podía morir como un mortal común, tenía que morir galopando, resistiendo y dando órdenes.
El dato que nadie cuenta es que mientras moría, el pueblo seguía peleando. La resistencia no era un ejército: era un pueblo entero haciendo historia con lo que tenía a mano (que a veces era una cuchara y un insulto bien dirigido).
En fin, mientras algunos tienen plazas, billetes y canciones de escuela, Güemes tiene algo mucho más jodido de conseguir: el respeto eterno de quienes saben que sin barro no hay libertad. Así que brindemos por él, por Los Infernales, y por cada vez que la historia la escribió un tipo con bigote y sin presupuesto, pero con el coraje donde hay que tenerlo.












