El Juicio de Kim Philby: Crónica de una Traición Anunciada

El Encanto del Aristócrata Comprometido
Hay una cierta elegancia en la traición cuando se ejecuta con la maestría de un arte. Y Harold Adrian Russell ‘Kim’ Philby fue, ante todo, un artista. Nacido en el corazón del Imperio Británico, hijo de un diplomático, educado en Westminster y Cambridge, Philby era el arquetipo del caballero inglés destinado a gobernar. Tenía el acento correcto, los modales correctos y una membresía en los clubes adecuados. Resulta casi poético que decidiera usar todo ese capital social para demoler, desde adentro, el edificio que estaba destinado a administrar.
Su conversión al comunismo en la década de 1930 no fue un acto de rebeldía juvenil, sino una decisión fría y calculada. En un mundo que veía nacer al fascismo, la utopía soviética parecía, para ciertos intelectuales, una alternativa lógica, incluso moral. Reclutado por la inteligencia soviética, Philby se embarcó en su verdadera carrera. Su ingreso al Servicio de Inteligencia Secreto (SIS), más conocido como MI6, no fue una infiltración; fue un regreso a casa. Entró por la puerta grande, recomendado por sus pares, quienes vieron en él a un patriota impecable. La primera y más brillante de sus decepciones.
Una Carrera Brillante (para el Enemigo)
La trayectoria de Philby dentro del MI6 es un estudio de caso sobre cómo la audacia puede ser la mejor forma de camuflaje. Ascendió con una velocidad admirable, ganándose la confianza de sus superiores por su mente analítica y su dedicación. El pináculo de esta farsa llegó cuando fue nombrado jefe de la Sección IX, la división de contrainteligencia antisoviética. El hombre a cargo de detener la penetración del Kremlin en Gran Bretaña era, precisamente, el principal activo del Kremlin. Una disposición que seguramente provocó más de una sonrisa en Moscú.
Desde su privilegiada posición, Philby fue metódico y letal. Se encargó personalmente de que la operación para infiltrar agentes anticomunistas en Albania fuera un fracaso catastrófico, enviando a cientos a su captura y ejecución. Pasó información crucial sobre los planes aliados y secretos atómicos. No actuaba solo. Era la estrella más visible de los ‘Cinco de Cambridge’, un círculo de espías de buena cuna que compartían la misma fe ideológica. No eran renegados marginales, sino miembros de pleno derecho de la élite, lo que hacía su traición mucho más profunda y corrosiva.
El Arte de la Evasión Institucional
El castillo de naipes debió haberse derrumbado en 1951, con la súbita huida a Moscú de dos de sus compañeros, Guy Burgess y Donald Maclean. Philby era el principal sospechoso de haberles advertido; era el famoso ‘tercer hombre’. Fue sometido a investigación, pero aquí es donde la historia se vuelve realmente interesante. Philby no sobrevivió por su astucia, sino por la ceguera voluntaria de sus pares. Para la mentalidad del ‘old boy network’, era simplemente inconcebible que ‘uno de los nuestros’, un caballero con su trasfondo, pudiera ser un traidor. Era una ofensa contra la lógica de clase.
Su tartamudeo, su aire de perpetua distracción y su encanto desarmante funcionaron como el blindaje perfecto. En 1955, tras una investigación interna que parece diseñada para no encontrar nada, fue exonerado públicamente. Dio una conferencia de prensa, sereno y convincente, negando todas las acusaciones. El sistema prefirió una mentira confortable a una verdad devastadora. Proteger a Philby era protegerse a sí mismo de la humillante admisión de que sus criterios de confianza, basados en el origen y no en el mérito, eran un fracaso absoluto.
El Exilio Dorado y la Verdad Incómoda
Enviado a Beirut como corresponsal, una especie de exilio dorado, Philby siguió trabajando para ambos bandos. Pero el tiempo se agotaba. La deserción de un oficial de la KGB, Anatoli Golitsyn, aportó nuevas pruebas irrefutables. En enero de 1963, el MI6 envió a su amigo y colega, Nicholas Elliott, para confrontarlo. Sin estridencias, casi como una conversación entre caballeros, Philby confesó. Luego, simplemente desapareció. Se subió a un carguero soviético y navegó hacia su nuevo hogar.
Su fuga fue tan limpia que uno se pregunta si no fue la solución más conveniente para el gobierno británico. Un juicio público habría sido un desastre de relaciones públicas sin precedentes. Era mejor que el problema se desvaneciera en el Mar Negro. En Moscú, Philby fue recibido como un héroe, condecorado con la Orden de Lenin. Sin embargo, el paraíso de los trabajadores resultó ser un lugar gris y burocrático. Vivió sus últimos años con una pila de privilegios pero sumido en el alcohol y la desilusión, un extranjero perpetuo. La ironía final: traicionó a su país por un ideal, solo para descubrir que su nuevo hogar desconfiaba de él tanto como el anterior.
El verdadero juicio a Kim Philby no tuvo lugar en un tribunal. Su legado es el veredicto. Demostró que la lealtad de clase es un escudo frágil y que las amenazas más peligrosas no llevan un cartel, sino que se sientan en la misma mesa, comparten el mismo whisky y ríen de los mismos chistes. Su vida es una verdad incómoda sobre la complacencia, la ceguera y la inevitable decadencia de un mundo que se creía inmune a la traición interna.












