El Juicio de Carlos I: Cuando la Corona Pesó Demasiado

El proceso judicial contra Carlos I de Inglaterra en 1649 desafió la noción del derecho divino de los reyes y culminó en la ejecución del monarca.
Un gran trozo de queso suizo (con agujeros) sobre una balanza, con un solo agujero enorme en un lado y nada en el otro. Representa: Juicio de Carlos I de Inglaterra

El escenario: un rey con problemas de popularidad

Hay una verdad incómoda, casi de mal gusto, sobre los grandes conflictos: al final, alguien gana y alguien pierde. Y el ganador, por una cuestión de practicidad, se queda con la potestad de escribir el epílogo. En 1649, tras años de una guerra civil que dejó el terreno lleno de muertos y de ideas nuevas, el perdedor era Carlos I, rey de Inglaterra. El bando parlamentario, con Oliver Cromwell como su cara más visible y eficiente, tenía un problema entre manos: qué hacer con un rey derrotado que seguía pensando que era rey. La opción de un exilio dorado parecía poco práctica; la de devolverle el trono, directamente una broma. Así que se decantaron por una solución bastante más creativa y, sobre todo, definitiva.

La idea de someter a juicio a un monarca era, en sí misma, una pieza de vanguardia legal. No se trataba simplemente de eliminar a un adversario. Se trataba de un acto performático de una escala monumental. Se buscaba sentar un precedente, demostrar que la autoridad del rey no era un cheque en blanco firmado por una entidad divina, sino un contrato con cláusulas que, si se incumplían, podían tener consecuencias. Carlos, por supuesto, no estaba de acuerdo con esta relectura de su contrato laboral. Para él, su poder emanaba de Dios, y la única auditoría posible era en otra instancia, una mucho más elevada y considerablemente menos accesible para los miembros del Parlamento.

El pequeño detalle de la legitimidad

La defensa de Carlos I fue, en su simpleza, una obra maestra de la coherencia. Desde el primer día del juicio en Westminster Hall, su estrategia fue una sola: el ataque preventivo a la jurisdicción del tribunal. No se defendió de las acusaciones, no presentó testigos, no entró en el juego. Simplemente, cada vez que le daban la palabra, preguntaba con una calma exasperante: «Quisiera saber con qué poder se me ha traído aquí. ¿Con qué autoridad, quiero decir, una que sea legal?». Era una pregunta brillante porque exponía la debilidad fundamental de todo el proceso. El tribunal, bautizado pomposamente como la «Alta Corte de Justicia», no era una institución preexistente. Había sido creado ad hoc por el «Parlamento Remanente» o «Rump Parliament», que a su vez era el resultado de una purga militar que había expulsado a todos los miembros que se oponían a juzgar al rey. En resumen, un comité de amigos para un trabajo específico.

Frente a la lógica del derecho divino de Carlos, el Parlamento oponía una idea todavía más radical: la de la soberanía popular. El fiscal, John Cook, argumentó que el rey había recibido un poder limitado para gobernar según las leyes del país y para el bien del pueblo, no para satisfacer sus propias ambiciones. Al declarar la guerra a su propio Parlamento, argumentaban, Carlos había traicionado esa confianza. Era el pueblo, representado en el Parlamento, la fuente última de todo poder legítimo. Por lo tanto, el pueblo tenía derecho a pedirle cuentas. Una revelación tan obvia y tan peligrosa que solo podía sostenerse con un ejército detrás. Carlos hablaba de un orden celestial; Cromwell y los suyos, del orden que se impone con la espada.

«Traición, tiranía y otros hobbies reales»

Los cargos contra Carlos eran un resumen contundente de sus años más complicados: «Tirano, traidor, asesino y enemigo público del buen pueblo de esta nación». Cada palabra estaba elegida con precisión quirúrgica. «Tirano» por gobernar sin el Parlamento. «Asesino» por las muertes de la guerra civil. Pero el cargo más audaz era el de «traidor». Tradicionalmente, la traición era un delito contra el rey. ¿Cómo podía un rey cometer traición? Aquí reside el genio legal y propagandístico del juicio. La acusación redefinía el concepto: Carlos no había traicionado a la Corona, se había traicionado a sí mismo como encarnación del Estado. No, la traición había sido contra el pueblo de Inglaterra. De repente, el objeto de la lealtad ya no era la persona del monarca, sino una entidad más abstracta y, convenientemente, representada por quienes lo estaban juzgando. Era una maniobra jurídica que ponía el mundo del revés. El auto acusaba al conductor de haberlo manejado mal, y el jurado eran los mecánicos que querían quedarse con el taller.

El veredicto: crónica de un final anunciado

El juicio fue más un monólogo que un diálogo. Carlos preguntaba por la autoridad; el presidente de la corte, John Bradshaw, le respondía que la autoridad era evidente y que debía contestar a los cargos. Un bucle que duró varios días hasta que la paciencia de los jueces, que nunca fue mucha, se agotó. Como Carlos se negaba a reconocer al tribunal, se interpretó su silencio como una confesión. La sentencia estaba escrita antes de que empezara la primera sesión. El 27 de enero de 1649, 59 de los comisionados firmaron la sentencia de muerte.

El 30 de enero, Carlos fue conducido a un patíbulo erigido frente al Banqueting House del Palacio de Whitehall. Su final fue, paradójicamente, uno de sus momentos de mayor dignidad. Preocupado porque el frío de la mañana le hiciera temblar, pidió una segunda camisa para que la multitud no interpretara un escalofrío como un signo de miedo. En sus últimas palabras, mantuvo su postura: no era culpable de los cargos, perdonaba a sus verdugos y seguía creyendo en un gobierno de rey, lores y comunes. Luego, una señal, un hacha, y el silencio. La monarquía fue abolida y se proclamó una república, la Commonwealth. Un experimento que duraría poco más de una década antes de que el hijo de Carlos, Carlos II, fuera restaurado en el trono. Sin embargo, algo se había roto para siempre. La cabeza de Carlos I fue un mensaje brutalmente claro para todos los futuros monarcas: el derecho divino era una hermosa teoría, pero la autoridad real tenía límites muy, muy terrenales.