El escándalo de Roy Jones Jr. en Seúl 88: el robo olímpico
Había una vez un joven boxeador llamado Roy Jones Jr. que cometió el pecado más grave en unos Juegos Olímpicos: ganar sin dejar dudas. Era rápido, era preciso, y durante la final olímpica de Seúl 1988, le dio tal paliza al coreano Park Si-Hun, que hasta el árbitro parecía querer parar la pelea para proteger el orgullo nacional.

Pero no. No la pararon. Dejaron que Roy siguiera conectando golpes como si estuviera peleando contra un saco de papas. Y cuando terminaron los tres rounds, con la frente en alto, el estadounidense se fue al rincón a esperar su medalla de oro… y lo que recibió fue una lección de geopolítica aplicada al deporte.
Cómo perder después de golpear 86 veces más
Los números no mienten, aunque claramente los jueces sí. Roy conectó 91 golpes limpios. Park apenas devolvió 32. Para que se entienda: fue como si uno jugara al FIFA con los ojos vendados y ganara igual porque el joystick del rival era coreano.
Pero los jueces —tres almas patrióticas que probablemente habían almorzado kimchi con sobornos— votaron 3 a 2 a favor de Park. Sí, el mismo Park que recibió más piñas que promesas en campaña. Fue una decisión tan absurda que el propio coreano, con cara de “yo sólo vine a que me peguen”, levantó la mano de Roy Jones al terminar. Un gesto noble. O una súplica por perdón eterno.
El verdadero KO fue al sentido común
Este no fue solo un fallo, fue un atentado con premeditación contra el sentido común. Los periodistas, los entrenadores, los árbitros y hasta la señora que vendía ramen en la puerta del estadio sabían que Roy había ganado. ¿Entonces qué pasó?
Simple: Park era coreano. Y los Juegos Olímpicos eran en… exacto, Corea del Sur. Los jueces, como buenos anfitriones, pensaron que lo cortés no quita lo arbitrario, y decidieron que la medalla debía quedarse en casa, aunque hubiera que ignorar la física, las estadísticas, y todo concepto de justicia.
“Te robamos, pero con estilo olímpico”
Lo más insultante fue que, a pesar del escándalo planetario, Roy recibió un premio al “mejor boxeador del torneo”. O sea, algo así como decirle a alguien “te asaltamos en vivo por televisión, pero pegaste lindo, eh”.
Ningún juez fue sancionado. Ningún resultado se revirtió. Park, avergonzado, jamás volvió a pelear. Y Roy Jones Jr., en vez de deprimirse, se convirtió en uno de los mejores boxeadores profesionales de la historia. Porque a veces, la mejor venganza es cobrar en dólares, no en medallas.
Seúl, ciudad olímpica… y del choreo
Este episodio dejó muchas enseñanzas. La principal: nunca le pegues tan fuerte al favorito local en su casa. Porque aunque ganes con los puños, podés perder por decisión administrativa, política o nacionalista.
Roy Jones Jr. nos enseñó que en el boxeo amateur, el verdadero combate no es en el ring, sino contra el jurado. Y que la medalla de oro puede valer menos que el sentido común, pero mucho más que la credibilidad de un Comité Olímpico.
Final con campana (y campanadas)
Décadas después, Seúl 1988 sigue siendo un caso de estudio. De cómo robar con traje, con banderita, y con puntuación electrónica. Roy, al menos, se fue con la conciencia limpia. Park… bueno, se fue con una medalla que brilla tanto como el prestigio del fallo: oxidada y con olor a vergüenza olímpica.












