El Desacuerdo en la División de Bienes Matrimoniales

La liquidación de la comunidad de ganancias disuelta por el divorcio implica la partición de activos y pasivos, un proceso regido por el Código Civil.
Dos perros, uno a cada lado de un hueso, tirando con fuerza en direcciones opuestas, hasta que el hueso se rompe en dos. Representa: Desacuerdo sobre la división de bienes conyugales

El Inventario de los Afectos: ¿Qué Entra en la Bolsa?

Cuando el proyecto de vida en común se archiva, emerge una tarea de una prosaica brutalidad: la división de bienes. Es el momento en que el amor, los recuerdos y las promesas se traducen a un lenguaje contable. El sistema legal, en su infinita sabiduría y falta de sentimentalismo, establece un régimen patrimonial por defecto: la comunidad de ganancias. Una ficción jurídica encantadora que presume que desde el “sí, quiero” hasta la sentencia de divorcio, se conformó una sociedad de hecho.

En esta sociedad, todo lo adquirido con el fruto del esfuerzo, el trabajo o incluso la suerte (un premio de lotería, por ejemplo) es ganancial. No importa si el auto lo pagó uno con sus ingresos y está a su nombre, o si la casa de veraneo se escrituró a nombre del otro. La ley, con una lógica aplastante, considera que ambos contribuyeron al patrimonio común, ya sea aportando dinero o cuidando del hogar y los hijos, lo que permitió al otro generar esos excedentes. Todo va a una misma bolsa que, al final, se dividirá en dos mitades perfectas.

Claro que existen excepciones, los llamados bienes propios. Son los activos que cada uno trajo al matrimonio, como un departamento de soltero, o aquellos que recibió sin contraprestación alguna durante el mismo, típicamente una herencia familiar o una donación. Estos bienes, y los frutos que generan, quedan fuera de la división. El problema, por supuesto, es que la vida es mucho más desordenada. Un bien propio se vende para comprar, con un crédito adicional, un bien nuevo. Ahí comienza el baile de las “recompensas”, donde se debe calcular cuánto dinero propio se invirtió en la comunidad, y viceversa. Un ejercicio de memoria y arqueología contable no apto para impacientes.

Estrategias de Combate: El Rol del Reclamante y el Defendido

En este escenario, las partes suelen adoptar roles casi teatrales. Por un lado, está el reclamante, quien sospecha, a veces con razón y a veces con una creatividad admirable, que el patrimonio es mayor al declarado. Su tarea es la de un detective. La fe es inútil; la prueba lo es todo. El consejo es simple: obsesiónese con los papeles. Extractos bancarios de años, resúmenes de tarjetas de crédito, escrituras, boletos de compraventa, registros de la propiedad automotor. No se trata de “sentir” que hay plata oculta, se trata de demostrarlo. La carga de la prueba es el antídoto más eficaz contra la especulación. Si la sospecha es robusta, se necesitarán peritos contadores que sigan el rastro del dinero con la tenacidad de un sabueso.

En la vereda de enfrente se encuentra el defendido, acusado de evaporar activos. Su mejor defensa no es el ataque, sino una transparencia calculada y pulcra. Negar la existencia de un bien que puede rastrearse es un error estratégico de principiante. Los jueces y abogados han visto todas las maniobras posibles, desde la venta simulada a un primo hasta la creación de sociedades en el extranjero. La mejor estrategia es presentar una contabilidad impecable que justifique cada movimiento. La clave es demostrar que los gastos existieron y fueron para mantener el nivel de vida familiar, o que una inversión fallida fue eso, un mal negocio, y no una distracción de fondos. Ocultar información suele terminar en sanciones procesales y, peor aún, en la pérdida total de credibilidad ante quien debe decidir.

La Valuación de lo Invaluable y Otras Ficciones Legales

Una vez que se tiene el inventario de bienes y deudas —porque sí, las deudas contraídas para el consumo del hogar también son gananciales—, llega el segundo acto: ponerles un precio. Y aquí el realismo mágico se hace presente. ¿Cuánto vale el fondo de comercio de un pequeño negocio familiar? ¿El “valor llave”, esa etérea combinación de clientela y reputación? ¿Y la colección de arte que uno considera una inversión y el otro una pila de cosas juntando polvo?

La ley habla del “valor real de mercado”. Una hermosa abstracción. Para los inmuebles y los autos, la cosa es relativamente sencilla. Pero para el resto, se abre la puerta a un fascinante debate entre tasadores. Cada parte contrata a su experto, quien elaborará un informe técnico fundamentando por qué ese cuadro vale una fortuna o apenas el costo del marco. Es una batalla de opiniones calificadas, donde la verdad es, a menudo, un punto intermedio negociado con agotamiento. Se tasa todo, desde la empresa hasta los muebles del living, en un esfuerzo por convertir una vida compartida en dos columnas de Excel que sumen lo mismo.

Verdades Incómodas: Lo que el Código Civil No Susurra al Oído

Finalmente, hay ciertas revelaciones que surgen de la práctica y que conviene asimilar cuanto antes para evitar un desgaste innecesario. Son verdades obvias, pero que el fragor de la batalla tiende a nublar.

La primera: el tiempo es dinero, sobre todo en un litigio. Cada mes que pasa discutiendo si el juego de comedor vale diez o doce, es un mes de honorarios profesionales. El patrimonio a dividir se va consumiendo para alimentar el propio proceso de división. A veces, un mal arreglo rápido es infinitamente superior a una victoria pírrica obtenida tras años de juicio y con la mitad de los bienes licuados en el camino.

La segunda: el juez no es un terapeuta. La narrativa sobre quién fue más infiel, quién amó menos o quién sacrificó más su carrera profesional es, para fines de la división de bienes, irrelevante. La ley no divide culpas, divide activos y pasivos. Es una operación matemática, no una evaluación moral. Intentar introducir el componente emocional en el debate patrimonial solo genera frustración y prolonga el conflicto.

La tercera y más importante: el sistema está diseñado para volver al 50/50. La presunción de ganancialidad es la viga maestra de todo el edificio. Probar que un bien es propio o que la división debe ser desigual requiere evidencia contundente, casi irrefutable. Luchar por un 60/40 es, en la mayoría de los casos, una batalla épica y costosa contra la corriente. El objetivo realista no debería ser “ganar”, sino cerrar la etapa financiera del matrimonio de la forma más rápida, limpia y económica posible. Para eso, paradójicamente, se necesita la cabeza fría de un tercero que nos recuerde que, al final del día, solo estamos hablando de plata.