Censura de Marcha de la Bronca de Pedro y Pablo en la dictadura

El Himno Inoportuno de una Generación
Hay una verdad incómoda en el arte: a veces, la simpleza es más subversiva que el panfleto más elaborado. En 1970, Miguel Cantilo y Jorge Durietz, bajo el alias de Pedro y Pablo, lanzaron su álbum debut “Yo vivo en esta ciudad”. Entre sus temas se encontraba una pieza de folk acústico, casi una enumeración de fastidios, llamada “Marcha de la Bronca”. No había en ella estridencias ni llamados a la insurrección armada. Solo dos guitarras, una flauta traversa y un catálogo de motivos para sentir esa indignación sorda y visceral que el argentino conoce bien: la injusticia, la hipocresía del poder, la corrupción y la frivolidad de los privilegiados. La canción era un espejo. Reflejaba un sentimiento que flotaba en el aire, que se comentaba en las cocinas y en los cafés.
Su éxito fue inmediato. Los jóvenes de la época, que ya navegaban aguas políticas turbulentas, la adoptaron como un himno propio. No necesitaba un análisis complejo; la letra era directa. “Bronca porque roba el que puede y el que no, va preso”, “Bronca cuando ríen satisfechos al haber comprado sus derechos”. Eran frases que no requerían un doctorado en ciencias políticas para ser comprendidas. Y ahí, precisamente, radicaba su potencia y, como se demostraría más tarde, su peligro. La canción le ponía nombre y melodía a una emoción colectiva, la volvía tangible y, sobre todo, compartible. Era la antítesis del silencio que algunos ya empezaban a considerar como una virtud cívica.
El Manual del Buen Censor: Prohibir lo Evidente
Cuando el 24 de marzo de 1976 las botas militares tomaron el control del Estado, inauguraron un período de reorganización nacional que, entre otras cosas, incluía una profunda limpieza cultural. El arte, y en especial la música popular, se convirtió en un campo de batalla. En este nuevo orden, la sinceridad era sospechosa y la crítica, un delito. Y la “Marcha de la Bronca”, con su cándida honestidad, pasó de ser un éxito de ventas a una pieza de evidencia. El Comité Federal de Radiodifusión (COMFER) se erigió como el gran curador del gusto nacional, elaborando listas negras de canciones y artistas que no se ajustaban al proyecto. La lógica era impecable: si una canción expresa descontento, y el descontento es indeseable, la canción debe desaparecer.
El tema de Pedro y Pablo era un candidato ideal para la proscripción. Su pecado no era la violencia, sino la descripción. Nombraba lo que el poder quería invisible. La “Marcha…” fue prohibida, su difusión por radio y televisión, vetada. Los discos fueron retirados de la venta. El dúo, naturalmente, fue silenciado. Miguel Cantilo debió exiliarse en España para preservar su integridad física y su libertad. Jorge Durietz permaneció en el país, pero el proyecto de Pedro y Pablo quedó congelado, víctima de su propia pertinencia. Resulta una revelación asombrosa que un gobierno que basaba su poder en la fuerza y el silenciamiento considerara peligrosa una canción que decía, justamente, “bronca sin fusiles y sin chapas”.
Una Lógica de Hierro: Si no se Nombra, no Existe
El acto de censurar la “Marcha de la Bronca” revela, con una claridad pasmosa, la psicología de un poder autoritario. La creencia casi mágica de que eliminando el símbolo se elimina lo simbolizado. Pensaron, quizás, que si nadie cantaba sobre la bronca, esta se disiparía como el humo. Es una forma de pensamiento infantil aplicada a la ingeniería social. Se buscaba construir una realidad paralela, un país aséptico donde solo existieran las marchas militares y el optimismo impostado de los comunicados oficiales. Un lugar sin fisuras, sin críticas, sin “bronca”.
Lo fascinante es la torpeza del gesto. Al prohibir la canción, el régimen no hizo más que validar cada una de sus estrofas. Cada acto de censura era, en sí mismo, un motivo más de bronca. La prohibición transformó una canción popular en un artefacto de resistencia. Un tema que se pasaba en casetes gastados, que se cantaba en voz baja en reuniones íntimas, que se convirtió en una contraseña entre quienes se negaban a aceptar la realidad oficial. La censura le otorgó un aura mítica que, quizás, nunca habría alcanzado de haber seguido sonando en todas las radios. Fue la confirmación definitiva de que su mensaje era certero. El poder, en su intento por borrarla, la grabó a fuego en la memoria colectiva.
El Eco de lo Silenciado
La historia, que tiene una fina apreciación por las vueltas de tuerca, le dio a la canción su revancha. Con el retorno de la democracia en 1983, la “Marcha de la Bronca” resurgió, pero ya no era solo una canción de protesta. Era un documento histórico, la banda sonora de una resistencia sorda. Volvió a sonar en las radios, en los actos políticos, en las guitarras de una nueva generación que aprendía sobre un pasado reciente. Su letra, escrita más de una década antes, seguía teniendo una vigencia dolorosa. La bronca por “la guita que se queda en el camino” o por “la gente que se muere de repente” adquirió un peso nuevo y terrible a la luz de los crímenes que salían a la luz.
La trayectoria de la “Marcha de la Bronca” es, en última instancia, una lección sobre la inutilidad del autoritarismo cultural. Ningún decreto puede anular un sentimiento genuino. Ninguna lista negra puede borrar una melodía que ha conectado con la gente. Al intentar silenciarla, la dictadura solo consiguió amplificar su eco a través del tiempo. Pedro y Pablo no necesitaron fusiles ni chapas; les bastó con una guitarra, una flauta y una verdad tan obvia que resultaba intolerable. Demostraron que, a largo plazo, no hay nada más poderoso que una canción que se atreve a nombrar las cosas por su nombre. Y esa es una victoria que ningún censor puede arrebatar.












