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Ariel Ramírez: la censura a un ícono en la dictadura

La obra de Ariel Ramírez, incluida la Misa Criolla, fue objeto de censura y persecución por parte de la maquinaria represiva estatal durante la dictadura.
Un pequeño y delicado instrumento musical (como un arpa o un laúd) siendo aplastado por una enorme y tosca prensa industrial. Representa: Ariel Ramirez sufrio el embate de la maquinaria represiva del estado durante la dictadura argentina

La música como acto de sospecha

Uno podría suponer, con cierta lógica, que un artista de la talla de Ariel Ramírez, con un prestigio internacional que apabullaba y una obra anclada en la tradición y hasta en lo litúrgico, estaría a salvo de las paranoias de un régimen militar. Uno podría pensarlo, pero la realidad, como de costumbre, tiene un sentido del humor bastante más retorcido. En el manual no escrito del Proceso de Reorganización Nacional, cualquier manifestación cultural que no fuera un aplauso explícito al poder era, por defecto, sospechosa. No hacía falta ser un agitador con panfletos; bastaba con ser auténtico. Y la música de Ramírez era insoportablemente auténtica.

Su nombre, junto al de otros cientos de artistas, escritores y periodistas, apareció en las célebres “listas negras”. Estos listados, confeccionados con una prolijidad burocrática que hiela la sangre, no eran una simple sugerencia. Eran una orden. Significaban que sus obras no podían ser difundidas por los medios de comunicación estatales, y que su presencia en cualquier escenario era, como mínimo, un dolor de cabeza. La maquinaria represiva no solo apuntaba a los cuerpos, sino también a las ideas y, por supuesto, a las melodías. Una canción popular, con su capacidad de generar identidad y emoción colectiva, era vista como una amenaza latente, un desorden potencial en el silencio marcial que se pretendía imponer.

El expediente de la ‘Misa Criolla’

El caso más emblemático, y que roza lo absurdo, fue el intento de prohibir la Misa Criolla. Cuesta creerlo. Una obra cumbre de la música sacra del siglo XX, estrenada en el Vaticano, elogiada en todo el mundo y basada en textos litúrgicos aprobados por la propia Iglesia, de repente bajo la lupa de un censor. ¿El motivo? Vaya uno a saber. Quizás el uso de ritmos folclóricos como el carnavalito o la chacarera para alabar a Dios fue interpretado como una peligrosa desviación populista. O quizás, simplemente, la obra era demasiado universal, demasiado humana, para un régimen que se alimentaba de la división y el miedo.

El propio Ramírez contó que fue citado por las autoridades para dar explicaciones. El compositor, con la pila de partituras bajo el brazo, tuvo que defender su creación ante funcionarios que probablemente no distinguían una corchea de un tornillo. La situación era tan delirante que, según se cuenta, fue necesaria la intervención de altas esferas eclesiásticas, como la del cardenal Raúl Primatesta, para recordarle al poder de turno que estaban a punto de prohibir una misa católica en nombre de la defensa de la civilización “occidental y cristiana”. La obra se salvó por un pelo, pero el episodio dejó al descubierto la lógica interna del aparato represivo: una ignorancia supina disfrazada de celo ideológico.

SADAIC: El arte de la resistencia burocrática

Por si fuera poco, durante este período aciago, Ariel Ramírez ocupaba la presidencia de la Sociedad Argentina de Autores y Compositores (SADAIC). No era un simple músico enfocado en su arte; era el tipo que tenía que poner la cara por todos sus colegas. Su despacho se convirtió en una trinchera. Recibía a diario las “sugerencias” de los censores, las listas de temas y artistas prohibidos, y las presiones para que la entidad se alineara con el discurso oficial. Su gestión fue un ejercicio constante de equilibrio sobre una cuerda floja, en un circo sin red.

Ramírez utilizó su puesto y su prestigio como un escudo. Se movió en los pasillos del poder, negoció, discutió y, en la medida de lo posible, protegió a los compositores perseguidos. Usó la propia burocracia del sistema para frenar sus peores impulsos, demorando expedientes, pidiendo aclaraciones y ganando un tiempo que, en ese contexto, podía significar la diferencia entre el exilio y algo mucho peor. Fue una forma de resistencia silenciosa, menos épica que un enfrentamiento directo, pero de una eficacia vital. Defender el derecho de un autor a cobrar por una canción prohibida era, en sí mismo, un acto de desafío político monumental.

El legado de una partitura incómoda

Al final del día, la historia tiene estas ironías que parecen escritas por un guionista inspirado. El intento de silenciar a Ariel Ramírez y a tantos otros no hizo más que agigantar su figura. La censura, en su torpeza, funciona como un formidable agente de prensa: le señala al público qué es lo que de verdad vale la pena escuchar. Las canciones prohibidas se transformaron en himnos cantados en voz baja, y sus autores, en símbolos de una dignidad que se negaba a ser pisoteada.

El régimen se desmoronó por el peso de su propia brutalidad e incompetencia, y hoy es apenas un capítulo oscuro en los libros de historia. La Misa Criolla, en cambio, se sigue interpretando en iglesias y teatros desde Tokio hasta la Quiaca. Sobrevivió no solo por su belleza innegable, sino porque encarnaba algo que ningún decreto podía aniquilar: el alma de una cultura. La maquinaria estatal, con todos sus recursos, sus armas y sus espías, no pudo contra una melodía. Y esa es, quizás, la revelación más obvia y, al mismo tiempo, la más profunda de todas. El poder de un puñado de notas bien puestas para recordarnos quiénes somos, sobre todo cuando alguien se empeña en que lo olvidemos.