Banksy y el uso de animales: arte, provocación o maltrato

El uso de animales vivos en las obras del artista Banksy genera controversia sobre los límites éticos del arte y el bienestar animal.
Un grupo de globos aerostáticos con forma de cerdos, atados a una jaula de metal oxidada, flotando a media altura. Uno de los globos tiene un parche. Representa: Banksy ha sido criticado por el uso de animales en algunas de sus exposiciones generando debate sobre el maltrato animal

El Arte de Poner el Dedo en la Llaga

Hay una especie de mandato no escrito en el arte contemporáneo que dicta que la indiferencia es el peor de los fracasos. El artista, en su rol de agitador profesional, debe buscar la reacción, sacudir la modorra del espectador. Y en ese afán, algunos descubren que no hay nada más efectivo para generar un cortocircuito en el público que involucrar a seres vivos no humanos. De repente, el debate ya no es sobre la técnica o el color, sino sobre la vida misma. Banksy, el omnipresente y anónimo comentarista social, ha entendido esto a la perfección.

Su obra, que usualmente dialoga con las paredes de las ciudades, ha tenido incursiones en espacios cerrados donde el lienzo fue reemplazado por piel, plumas o pelo. Estas acciones, lejos de ser meras excentricidades, funcionan como catalizadores de un debate tan antiguo como incómodo: ¿el fin justifica los medios? ¿Puede un mensaje, por más potente que sea, legitimar el uso de un animal como si fuera un simple objeto, un pote de pintura más en la caja de herramientas del creador? La respuesta del público y de las organizaciones de bienestar animal ha sido, previsiblemente, un rotundo «no». La de la crítica y el mundo del arte, un más ambiguo y conveniente «depende».

Ratas en la Galería: Una Revelación No Tan Subterránea

Corría el año 2005 y en una galería de Notting Hill, Banksy presentaba «Crude Oils», una colección de óleos clásicos intervenidos. Pero la verdadera intervención estaba en el suelo. Cerca de doscientas ratas vivas corrían libremente entre los asistentes, convirtiéndose en parte central de la obra. La reacción fue inmediata. La Real Sociedad para la Prevención de la Crueldad contra los Animales (RSPCA) inició una investigación. La defensa, por supuesto, fue impecable: las ratas habían sido criadas en un laboratorio, estaban limpias, bien alimentadas y un consultor de bienestar animal supervisaba su participación artística. Una declaración que suena más a una formalidad para evitar problemas legales que a una genuina preocupación ética.

La revelación obvia aquí es que la comodidad humana se ve directamente amenazada por la presencia de lo que consideramos una plaga en un entorno de supuesta sofisticación. La rata, símbolo de lo subterráneo y lo sucio, expuesta bajo las luces de una galería, nos obliga a confrontar nuestros propios prejuicios. El problema es que, para lograrlo, se utilizó a los propios animales, reduciéndolos a una metáfora andante para nuestro propio disfrute intelectual. Un sacrificio, dirían algunos. Un abuso, dirían otros. Al final, las ratas volvieron a sus jaulas y los humanos a sus casas, con una nueva anécdota para contar.

El Elefante en la Habitación (Literalmente)

Si las ratas fueron una provocación calculada, lo de 2006 en Los Ángeles fue subir la apuesta a niveles paquidérmicos. Para su exposición «Barely Legal», Banksy presentó a Tai, una elefanta india de 38 años, pintada con un patrón floral de color rosa y dorado. La idea era representar, sin sutilezas, la expresión «the elephant in the room» (el elefante en la habitación), para señalar la incapacidad de la sociedad de hablar sobre problemas evidentes como la pobreza mundial. Una intención loable, ejecutada de una manera espectacularmente problemática.

Las organizaciones de derechos animales, con PETA a la cabeza, pusieron el grito en el cielo. El Departamento de Servicios para Animales de Los Ángeles tuvo que intervenir. Tras una inspección, concluyeron que la pintura a base de agua no era tóxica y que el animal no sufría daño físico. El organizador recibió una multa, pero no por pintar al animal, sino por no tener el permiso correspondiente para estacionar un elefante en un depósito industrial. Una vez más, la burocracia triunfa sobre la ética. La pregunta que nadie pareció hacerse en su momento es si Tai, la elefanta, estaba de acuerdo con ser el lienzo viviente para una crítica social que, con toda seguridad, no comprendía. El medio no solo opacó el mensaje, sino que lo devoró por completo.

De la Carne al Peluche: Una Epifanía Mecánica

Quizás como resultado de las polémicas anteriores, o simplemente por una evolución en su discurso, en 2013 Banksy presentó una de sus obras más potentes y, a la vez, libres de controversia animal. «Sirens of the Lambs» consistía en un camión de reparto para mataderos, similar a los que vemos en la ruta, pero cargado con una pila de animales de peluche —vacas, corderos, cerdos— que se movían y chillaban gracias a un sistema de títeres y altavoces. El vehículo recorrió las calles de Nueva York, sembrando una incomodidad palpable y directa sobre el origen de lo que ponemos en nuestro plato.

El impacto fue igual o incluso mayor que el del elefante pintado, pero esta vez sin involucrar a un solo ser vivo. Se demostró que es posible generar una reflexión profunda sobre el sufrimiento animal sin contribuir, ni siquiera potencialmente, a él. Una verdad tan evidente que casi parece una genialidad haberla descubierto. Este cambio de estrategia deja en evidencia el núcleo del asunto. El arte de Banksy, cuando utiliza animales, no expone tanto una verdad sobre el arte, sino sobre nuestra propia hipocresía. Nos indignamos por la pintura en un elefante mientras un camión lleno de animales reales camino al matadero nos resulta un paisaje cotidiano. Banksy solo pone el auto en frente del espejo. Que no nos guste lo que vemos ya es problema nuestro, no del conductor.