El Juicio del Hombre que se Declaró Dueño de un Asteroide

La declaración de propiedad privada sobre un cuerpo celeste y la posterior disputa legal con una agencia espacial por su uso no autorizado.
Un pequeño hombrecito con un gorro de papel de aluminio, sentado en un banquillo de madera, intentando alcanzar una luna gigante hecha de queso suizo, con agujeros que lo miran fijamente. Representa: El Juicio del Hombre que se Declaró Dueño de la Luna y la Demandó (2004

La Arquitectura de una Reclamación Cósmica

Parece una premisa extraída de la imaginación más febril, pero la historia es rigurosamente cierta y sus documentos son públicos. En el año 2000, un residente de Carson City, Nevada, llamado Gregory W. Nemitz, observó el creciente interés científico en el asteroide 433 Eros y llegó a una conclusión de una lógica impecable: si nadie lo había reclamado, podía ser suyo. Fundó una empresa con el resonante nombre de “Orbital Development” y, el 3 de marzo de 2000, registró formalmente su reclamo de propiedad sobre la totalidad del cuerpo celeste en un registro de propiedad autogestionado llamado Archimedes Institute.

La genialidad de su planteo no residía en la audacia, sino en la interpretación de los vacíos legales. Nemitz había estudiado el Tratado del Espacio Exterior de 1967, pilar del derecho espacial internacional. El Artículo II de dicho tratado prohíbe explícitamente la “apropiación nacional por reclamo de soberanía, por uso u ocupación, o por cualquier otro medio”. La palabra clave, para Nemitz, era “nacional”. El tratado, argumentaba, era un acuerdo entre países que les impedía a ellos plantar una bandera en la Luna o en Marte. Pero, ¿qué decía sobre un particular, un simple emprendedor con visión de futuro? Absolutamente nada. Se trataba de una distinción sutil, casi poética, que abría una grieta por la cual intentaría colar todo el concepto de propiedad privada interplanetaria.

Una Factura de Estacionamiento Interestelar

El universo, indiferente a las escrituras terrícolas, siguió su curso. La NASA, por su parte, también. Su sonda espacial NEAR Shoemaker (Near Earth Asteroid Rendezvous – Shoemaker) había estado orbitando Eros desde hacía un año, enviando una pila de datos de valor incalculable. El 12 de febrero de 2001, en una maniobra no planificada originalmente pero técnicamente posible, la agencia decidió hacer historia y aterrizar la sonda en la superficie del asteroide. Fue un éxito rotundo, la primera vez que una nave humana se posaba sobre un cuerpo de esa naturaleza.

Para Gregory Nemitz, sin embargo, la NASA acababa de estacionar su auto en su jardín sin pedir permiso. Con una coherencia admirable, procedió como lo haría cualquier propietario ante una ocupación indebida: envió una factura. El 14 de febrero de 2001, la NASA recibió una notificación de “tarifa de estacionamiento” de Orbital Development por la suma de 20 dólares. El cálculo era exquisito: 0.20 dólares por año, durante un plazo de 100 años. Nemitz, en su comunicación, se mostraba dispuesto a negociar. La NASA, en una respuesta que hoy es pieza de museo de la burocracia, acusó recibo y, tras un análisis interno, declinó cortésmente el pago, argumentando que el reclamo de Nemitz carecía de fundamento legal. La negativa a pagar veinte dólares puso en marcha una maquinaria judicial mucho más costosa.

El Tratado del Espacio Exterior: Un Detalle Menor

El núcleo de la disputa legal y filosófica reside en ese tratado de 1967. Concebido en plena Guerra Fría, su objetivo era evitar que la carrera espacial se convirtiera en una carrera por la conquista territorial. Declaró el espacio ultraterrestre, incluida la Luna y otros cuerpos celestes, como “provincia de toda la humanidad”. Este principio es la base de la exploración pacífica y cooperativa. Nemitz no lo negaba, pero proponía una lectura alternativa: si es de todos, entonces es de nadie en particular a nivel estatal, dejando la puerta abierta a la apropiación individual, como quien encuentra una tierra virgen en la antigüedad.

Su argumento era un intento audaz de aplicar la lógica del “homesteading” —el principio por el cual una persona adquiere la propiedad de una tierra sin dueño mediante su uso y mejora— al vacío cósmico. Desde su perspectiva, el hecho de que el tratado silenciara la propiedad privada no era una omisión, sino un permiso tácito. Era una interpretación que ignoraba deliberadamente el espíritu del acuerdo, pero que se aferraba a su letra con la tenacidad de un náufrago a una tabla. Para que la ley prohíba algo, sostenía su línea de pensamiento, debe prohibirlo explícitamente. Y la frase “prohibida la apropiación por parte de individuos” no figuraba en ninguna parte.

La Inevitable Colisión con la Realidad Terrestre

Ante la negativa de la NASA, Nemitz no se amedrentó. Llevó su reclamo a los tribunales, presentando una demanda contra el gobierno de los Estados Unidos en el Tribunal de Distrito de Nevada en 2003. El caso Nemitz v. United States obligó al sistema judicial a pronunciarse sobre un asunto que parecía de ciencia ficción. ¿Puede un ciudadano estadounidense reclamar un asteroide como propiedad privada y exigir una compensación al propio gobierno por usarlo?

La respuesta de los tribunales, emitida en 2004, fue un rotundo no. El juez de distrito desestimó el caso, y su decisión fue posteriormente confirmada por el Tribunal de Apelaciones del Noveno Circuito en 2005. El razonamiento judicial fue una lección de derecho fundamental: el concepto mismo de “propiedad” no existe en un vacío. Es una construcción social y legal que requiere del reconocimiento y la protección de una autoridad soberana. Para que Nemitz pudiera ser dueño de Eros, un gobierno con soberanía sobre Eros tendría que reconocer y hacer valer ese derecho. Y dado que el Tratado del Espacio Exterior prohíbe a cualquier nación reclamar dicha soberanía, el reclamo de Nemitz era un castillo construido en el aire.

El caso se cerró, y el asteroide 433 Eros sigue siendo, legalmente, provincia de toda la humanidad. Sin embargo, la historia de Gregory Nemitz permanece. Es el testimonio de un intento perfectamente lógico, dentro de sus propios términos, de llevar las reglas de nuestro pequeño mundo a un escenario infinitamente más grande. No ganó el juicio, pero logró algo quizás más interesante: obligó al poder a detenerse un momento, mirar hacia las estrellas y explicar con el lenguaje pesado de la ley por qué, a pesar de todo, no podemos ser dueños de ellas. Al menos, no todavía.