Tomás Díaz Cueto: el escándalo de tener opinión (y mostrarla)

Finalmente, un periodista cometió el peor pecado posible en la Argentina del siglo XXI: tener una postura política clara y celebrarlo en un video. Sí, amigas y amigos, Tomás Díaz Cueto descorchó un espumante para brindar por la confirmación de una condena a Cristina Fernández de Kirchner y lo subió a redes. Lo que vino después fue la inevitable inquisición moral, esa que se disfraza de «profesionalismo periodístico» mientras se arrodilla ante la corrección política.

omás Díaz Cueto descorchó un espumante para brindar por la confirmación de una condena a Cristina Fernández de Kirchner y lo subió a redes.

Porque seamos honestos: ¿quién no quiere ver a un periodista que parezca un decorado neutral, sin sangre ni nervio, apenas una planta de interiores con micrófono? Acá no queremos movilero con opiniones, queremos hologramas. Que pregunten lo que tienen que preguntar, pero que no molesten. Que informen pero no sientan. Que estén, pero que no vivan.

Hay algo profundamente tierno en cómo ciertos sectores del periodismo argentino se rasgan las vestiduras cuando uno de los suyos rompe la fantasía. ¿Acaso pensaban que no sabíamos que cada medio tiene línea editorial? ¿Que los noticieros no están teñidos de intereses, sponsors y pactos tácitos? Vamos, por favor. Nosotras sabemos leer entre líneas desde que nos enseñaron a identificar a Majul por el tono y a Brancatelli por la ceja levantada.

Díaz Cueto rompió el hechizo. Fue un hereje en la iglesia de la hipocresía. Tuvo la osadía de decir lo que piensa, grabarlo y compartirlo, como si no estuviera trabajando en un medio que requiere de movilidades, chalecos antibalas y contratos de papel higiénico. Y lo pagó caro: lo echaron. Pero claro, no por el video. Jamás. Fue por su seguridad, dijeron. Porque en este país donde se vive en paz y amor fraternal, brindar con champagne en Instagram puede derivar, al parecer, en una tragedia diplomática o una guerra civil.

¿Qué queremos de los periodistas, exactamente? ¿Que denuncien la corrupción o que hagan la plancha? Porque cuando alguno se entusiasma demasiado con una condena —no una denuncia, no una tapa de revista, una condena judicial en segunda instancia— lo tratamos como si hubiese atropellado a un caniche y se hubiese dado a la fuga.

Pero atención: si hubiese celebrado en silencio, con su familia, una sonrisa sutil mientras cambiaba de canal, habría sido un héroe del bajo perfil. Pero se filmó. ¡Qué horror! La exhibición de convicciones, en este país, es más grave que los hechos que se celebran.

Díaz Cueto no brindó por una condena. Brindó por una grieta, y cayó en ella. Y ahora lo tenemos ahí, excomulgado por los defensores de la pulcritud, catadores de periodistas,  como un ejemplo de lo que no se debe hacer: pensar en voz alta en un medio que prefiere que pienses bajito, si es que pensás.

Pero no te preocupes, Tomás. Hay muchos que sí queremos periodistas de carne y hueso, que se emocionan, que opinan, que se juegan. Que no necesitan careta. Y que, cuando creen que se hace justicia, lo celebran como corresponde: con un descorche y un brindis bien argentino.