Jeff Koons: Los Múltiples Juicios por Plagio y Fait d'Hiver

Los veredictos judiciales contra Jeff Koons por plagio en obras como ‘Fait d’Hiver’ cuestionan la delgada línea entre apropiación artística y copia.
Un montón de globos de acero inoxidable, idénticos, ligeramente desinflados, con una fina capa de polvo encima, apilados torpemente en una esquina. Representa: Jeff Koons ha perdido múltiples juicios por plagio en obras como 'Fait d'Hiver'

El Arte de la Copia, o la ‘Apropiación’

Pocos artistas han entendido el pulso de la cultura de consumo como Jeff Koons. Su figura es menos la de un artista de taller y más la de un director de orquesta que sabe exactamente qué notas tocar para que el mercado resuene con precios astronómicos. Sus obras, pulidas, brillantes y monumentalmente kitsch, son el reflejo perfecto de una época que valora más el envase que el contenido. Y en el centro de su método productivo se encuentra un concepto que el mundo del arte ha bautizado con un eufemismo sofisticado: la apropiación.

Apropiarse, en este contexto, significa tomar un objeto o una imagen ya existente —un juguete inflable, una aspiradora nueva, una estatuilla de porcelana— y presentarlo como arte. La justificación teórica es que, al descontextualizar el objeto, el artista lo carga de un nuevo significado, usualmente una crítica a la banalidad, el consumismo o la propia historia del arte. Es una idea que tiene pedigrí, desde el urinario de Duchamp en adelante. Sin embargo, hay una verdad incómoda que suele pasarse por alto en las discusiones académicas: cuando el ‘objeto encontrado’ no es un producto industrial anónimo, sino la creación de otra persona, el sofisticado concepto de ‘apropiación’ empieza a parecerse peligrosamente a algo mucho más mundano. Y es ahí donde los tribunales tienen algo que decir.

Fait d’Hiver: Crónica de un Plagio Anunciado

El caso de la escultura ‘Fait d’Hiver’, de 1988, es quizás el ejemplo más claro de cómo la filosofía de Koons choca de frente con la ley, como un auto de lujo contra una pared de ladrillos. La obra, parte de su famosa serie ‘Banality’, presenta a una mujer de cabello oscuro recostada en la nieve, con una expresión vacía, siendo olfateada por un cerdito que lleva un barril de San Bernardo al cuello. A su lado, un pingüino observa la escena. Fue exhibida con gran fanfarria y vendida por millones.

El problema, tan obvio que resulta casi poético, es que esa misma escena había sido concebida y fotografiada en 1985 por Franck Davidovici para una campaña publicitaria de la marca de ropa Naf Naf. La publicidad mostraba a una mujer idéntica, en la misma pose, siendo auxiliada por el mismo cerdo. Koons ni siquiera se molestó en cambiar sustancialmente la composición. Simplemente la tradujo a su lenguaje escultórico tridimensional.

Davidovici, como es lógico, inició una demanda. En 2017, un tribunal de París dictaminó que ‘Fait d’Hiver’ era, efectivamente, un plagio. La corte no se dejó impresionar por los argumentos sobre la parodia o la crítica cultural. Vio una idea original y su copia casi literal. Koons y el Centro Pompidou, que exhibió la obra, fueron condenados a pagar una indemnización por daños y perjuicios. La revelación no fue que Koons copiara, sino la confirmación de que las reglas del mundo real a veces tienen la mala costumbre de aplicarse también al Olimpo del arte contemporáneo.

Una Pila de Demandas: La Banalidad de la Recurrencia

Creer que lo de ‘Fait d’Hiver’ fue un desliz aislado sería un acto de notable inocencia. La carrera de Koons está pavimentada con acusaciones similares, que forman un patrón tan consistente que parece parte de la obra misma. Mucho antes del caso francés, Koons ya había perdido un juicio resonante en Estados Unidos por su escultura ‘String of Puppies’ (1988). La obra representaba a una pareja sentada en un banco sosteniendo a ocho cachorros azules. La imagen era una copia directa de una postal fotografiada por Art Rogers. El tribunal estadounidense rechazó la defensa de ‘parodia’ de Koons, concluyendo que un artista no puede simplemente copiar el trabajo de otro para lucrarse, por más que lo llame ‘crítica’.

La lista sigue. Otra obra de la serie ‘Banality’, titulada ‘Naked’, fue declarada plagio de una fotografía del francés Jean-François Bauret. Una pintura suya, ‘I Could Go For Something Gordon’s’, se basó de manera evidente en una fotografía de un anuncio de gin. En cada caso, el patrón se repite: Koons o su estudio identifican una imagen de la cultura popular o comercial, la replican con alta fidelidad técnica y la presentan como un comentario sobre la misma cultura de la que se nutrieron. La defensa es siempre la misma: es una reflexión, una deconstrucción, una parodia. Y los veredictos, con una regularidad pasmosa, suelen ser los mismos: es una infracción de copyright.

La Delgada Línea entre Genio y Gerente

Al final del día, la saga judicial de Jeff Koons revela la naturaleza de su verdadero talento. Quizás no se trate tanto de un genio de la creación visual como de un extraordinario gerente de marca y productor conceptual. Su estudio, que funciona más como una fábrica de alta tecnología que como el taller de un bohemio, ejecuta sus ideas con una perfección industrial. Ideas que, como han demostrado los tribunales, a menudo no son suyas en origen.

La ironía suprema es que la defensa de Koons —que su obra critica la superficialidad y la falta de originalidad de la sociedad de consumo— se ve confirmada, pero no de la manera que él quisiera. Sus acciones, y las consecuencias legales que acarrean, son la verdadera performance. Demuestran que en un sistema capitalista del arte, la originalidad puede ser una variable negociable, siempre y cuando se tenga el capital simbólico y financiero para defender la copia como un acto de genialidad. Los fallos en su contra son apenas recordatorios de que, a veces, los creadores originales de las imágenes ‘banales’ también quieren su parte del cheque.