La Corte habló: Cristina condenada, el peronismo en mute, y la República… ¿funcionando?
La Corte Suprema, esa señora mayor que camina lento pero a veces llega, finalmente dijo lo que todos sabíamos pero nadie quería confirmar en voz alta: Cristina Fernández de Kirchner está condenada. Firme. Inapelable. Y políticamente muerta, al menos en términos formales. Porque ya sabemos: en Argentina la proscripción no siempre mata, a veces te convierte en mártir, o peor, en trending topic.

Seis años de prisión por administración fraudulenta en la causa Vialidad. Más la inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos. No está mal para una jornada judicial que, por un rato, nos hizo creer que la justicia funciona. O que al menos, cuando se decide a moverse, lo hace con precisión quirúrgica, aunque la anestesia venga vencida.
Ahora bien, nadie se engaña. Cristina no va a pisar una cárcel común. Tiene 72 años, una salud blindada por sus médicos, y una red política que aún late. La prisión domiciliaria parece más probable que un acuerdo entre la CGT y un gobierno que no subsidie el asado. Pero eso no es lo interesante.
Lo interesante es el efecto sísmico que genera el fallo. El kirchnerismo —ese ecosistema emocional y pragmático a la vez— entró en modo resistencia. “Lawfare”, “proscripción”, “golpe blando”, las mismas etiquetas de siempre salieron del cajón, junto a las banderas dobladas de las marchas de 2019. El decorado no cambió: el poder judicial es el enemigo, el sistema está manipulado y la ex presidenta es víctima de una operación.
Lo cierto es que, por primera vez en la historia democrática argentina, un expresidente es condenado con sentencia firme por corrupción. Y si eso no es una noticia, ¿qué lo es? Que Cristina intente convertir esa condena en capital político es tan esperable como que Lázaro Báez aparezca con una valija nueva. El peronismo ya tantea alternativas, como si esto no fuera una derrota, sino un obstáculo logístico.
Milei, por su parte, hace lo que sabe hacer: festejar. Aprovecha el fallo para insistir con su narrativa de limpieza moral, como si su gobierno fuera una mezcla de Kant con alfajor Jorgito. La república funciona, dice, mientras el Congreso arde, la inflación persiste y la motosierra ya no arranca con tanta fuerza.
Pero volvamos a Cristina. Lo que duele no es solo su condena, sino lo que representa: la confirmación judicial de que el poder fue usado como herramienta de saqueo. Y lo más trágico es que muchos lo aceptan con resignación, otros con romanticismo, y algunos con indiferencia. Como si robar fuera parte del paisaje, como el obelisco o el dólar blue.
Hoy, el país se sienta frente al televisor, escucha el fallo y, por un segundo, siente que algo se movió. Pero como en toda buena tragedia argentina, nadie está seguro de si fue un avance o apenas un gesto decorativo en esta larga obra de teatro llamada democracia.












