Tom Sachs y el problema de fabricar armas funcionales como arte

Un artista, su taller y una pila de problemas legales
En el universo del arte contemporáneo, donde el concepto a menudo pesa más que el objeto, Tom Sachs se ha tallado un nicho particular. Es el tipo de artista que mira un logo de Chanel y piensa en una motosierra, o que observa el programa espacial de la NASA y decide recrearlo en su taller con madera terciada y pegamento. Su método, conocido como bricolage, es una celebración casi infantil del «hacelo vos mismo», pero con una capa de crítica ácida hacia los sistemas que veneramos: el consumo de lujo, la tecnología, la autoridad. Sachs no solo replica objetos; deconstruye y reconstruye la mística que los rodea con materiales mundanos, casi de ferretería.
Su laburo es una obsesión con los manuales de instrucciones, los procesos y las reglas. Crea manifiestos para su propio taller, imponiendo un orden riguroso en medio de un caos creativo. Este enfoque metódico es lo que hace que sus obras sean más que simples maquetas. Son sistemas funcionales a su manera, comentarios tangibles sobre la estructura de las cosas. Un inodoro con el logo de Prada no es solo una broma; es una reflexión sobre cómo una marca puede convertir el objeto más banal en un símbolo de estatus. Y es precisamente esta fascinación por la funcionalidad lo que, inevitablemente, lo llevaría a un terreno mucho más complicado que el de la crítica de arte.
«Connecticut»: la exposición que apretó el gatillo
El año 2006 fue, digamos, un punto de inflexión. En su exposición individual titulada «Connecticut» en la galería Sperone Westwater de Nueva York, Sachs presentó una serie de obras que exploraban su visión de la cultura estadounidense. Entre ellas, una pieza central llamada «Gun Locker». Como su nombre lo indica, sin ninguna sutileza, era un armario de armas. Contenía varias réplicas de pistolas y una escopeta, meticulosamente fabricadas a mano por el artista. Pero había un detalle, un pequeño agregado técnico que cambiaría todo: las armas eran funcionales. No eran esculturas inertes que simulaban ser pistolas; eran, en la práctica, pistolas capaces de disparar munición real, también incluida en la muestra.
Al parecer, la policía de Nueva York no tiene un gran aprecio por las instalaciones de arte conceptual que incluyen armas de fuego no registradas y operativas. Alguien alertó a las autoridades y el resultado fue un despliegue digno de una película: la galería fue allanada y Tom Sachs fue arrestado. De repente, el debate ya no era sobre la estética del bricolage, sino sobre la posesión ilegal de armas. La galería se convirtió en la escena de un crimen, y las esculturas, en evidencia. El choque de mundos fue total: el espacio etéreo del arte, donde todo es metáfora, se dio de bruces contra el asfalto de la ley, donde un arma es un arma.
El arte como evidencia del delito
Aquí es donde la historia se pone interesante. El argumento de Sachs y la galería era evidente: se trataba de una obra de arte, una crítica a la omnipresente cultura de las armas en Estados Unidos. La funcionalidad de las pistolas era parte del concepto. ¿Cómo comentar sobre el poder letal de un objeto sin que ese poder esté, al menos, latente? Una pistola de juguete no genera la misma incomodidad. Sin embargo, para el sistema judicial, la intención artística es un factor secundario, casi una nota al pie de página. La definición legal de un arma de fuego es bastante clara y no incluye cláusulas sobre su exhibición en un cubo blanco.
Si un objeto está diseñado para expulsar un proyectil por la acción de un explosivo, es un arma. Fin de la discusión. Este pragmatismo legal, tan aburrido y tan lógico, desmanteló toda la sofisticación del discurso curatorial. Se produjo una revelación casi cómica en su simpleza: el arte no opera en un vacío legal. La libertad de expresión tiene límites, y uno de ellos parece ser la fabricación casera de una 9mm funcional. El quilombo legal, la detención y la confiscación de las «obras» terminaron siendo, irónicamente, la performance que completaba la pieza. El arte de Sachs provocó al sistema, y el sistema respondió exactamente como se esperaba, validando el punto del artista de una manera mucho más poderosa que cualquier reseña en una revista especializada.
La revelación: a veces, un tubo que dispara es un tubo que dispara
Al final, los cargos contra Sachs fueron retirados, pero el episodio quedó como una anécdota fundamental en el arte contemporáneo. Demostró que la línea entre un objeto conceptual y un objeto criminal puede ser peligrosamente delgada. En un mundo del arte a veces saturado de gestos vacíos, Tom Sachs creó algo demasiado real. No era una banana pegada a la pared con cinta adhesiva, cuyo valor es puramente simbólico y debatible. Era una escopeta que podía hacer un agujero en esa misma pared. La diferencia, para la policía, el fiscal y probablemente para cualquiera que se encontrara del lado equivocado del caño, es bastante clara. El verdadero triunfo de la obra no fue su manufactura, sino la prueba empírica de que la sociedad, cuando se la presiona, deja de lado las metáforas y se aferra a las definiciones literales. Una lección invaluable, cortesía de un artista y su peligrosa afición por el «hacelo vos mismo».












